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Opinión Editorial

17 de noviembre de 2017

Parece mentira, o no, pero en el año 2009, los vecinos de la Plaza de la Primicia de Barbastro denunciaron públicamente, a través de estas páginas, su hartazgo con situaciones incívicas, rayanas en ocasiones con el delito, que se habían adueñado de un espacio concebido dentro de un proyecto que buscaba regenerar el centro histórico de la ciudad. Dedicábamos entonces nuestro Editorial, como hoy, a señalar la inoperancia de las inversiones públicas que no van acompañadas del debido mantenimiento, la preocupante dejadez que reinaba en algunas zonas que los ciudadanos evitaban, y la necesidad de garantizar derechos básicos como la limpieza o la seguridad.

Ocho años han pasado y vuelve este entorno a ser noticia por causas similares a las de entonces pero agravadas, un compendio de situaciones anormales, de cuyo debate público huyen nuestros representantes políticos, refugiados bajo el paraguas de un Foro Económico y Social del Somontano que, cuando menos, podría tildarse de lento en reflejos y parco en palabras. Quizá piensan, unos y otros, que no nombrar los problemas logrará que estos desaparezcan mágicamente, olvidando que el silencio de los que pueden hablar y no lo hacen es cómplice de las injusticias.

Uno de los fundamentos de la convivencia es el cumplimiento de las reglas que entre todos convenimos, pero que no en pocas ocasiones nos saltamos. Para eso, de forma consensuada, hemos acordado también dotarnos de una serie de herramientas para ayudar y vigilar la correcta aplicación de esas normas, sancionar si es el caso su incumplimiento y corregir los desajustes que puedan producirse en el proceso. Cuando eso no sucede, el pegamento que nos une sufre un doloroso menoscabo, ensanchando las grietas sociales y aumentando la vulnerabilidad de los colectivos afectados.

Lo que denuncian los vecinos es real. Algunos sienten temor y otros están cansados de quejarse porque sienten que nadie les escucha, mientras la mancha de aceite se extiende. Si el Ayuntamiento de Barbastro tiene un plan para atajar, con el horizonte temporal que sea necesario, lo que está sucediendo, haría bien en hacerlo público. Tiene una buena ocasión este martes, en el Consejo Ciudadano que tras mucho rogar han convocado, y cuyo orden del día anuncia que se hablará de los proyectos para desarrollar en Barbastro durante los próximos meses. Éste, el de recuperar la convivencia, el aspecto y el optimismo de una zona degradada, habría de resultar prioritario. La foto de la primera piedra no será muy lucida pero la obra valdrá la pena.

 

10 de noviembre de 2017

Podría ser que tantas Jornadas, «Días», no causen ya asombro y las dejemos pasar como se deja pasar lo que no importa. Y todas, aunque siempre haya un más y un menos, son importantes. Y todas suelen tener su lema, su mensaje. La que hoy comentamos también lo tiene: «Somos una gran familia contigo». ¿Qué quiere decir, en definitiva, el mensaje? Quiere decir, claramente, que en una familia todos son importantes y nadie sobra. Y en este caso, y como complemento del citado mensaje se añade: «Día de la Iglesia diocesana». Y nos parece que el símbolo de la familia es apropiado de verdad para indicar la verdadera esencia de una comunidad cristiana, sea diocesana, parroquial o de grupo apostólico: es una familia en las que todos, cada uno desde su función, colaboran para que todo vaya bien. En una familia lo más importante son los lazos que se tienen y mantienen y la pertenencia común a mismo núcleo vital.  Sus cimientos son la ayuda mutua, el afecto y la compañía.

Este es el objetivo del «Día de la Iglesia diocesana»: sentir que la diócesis a la que uno pertenece, como miembro bautizado en la Iglesia, es como una familia que renueva sus lazos de fe y de amor de manera especial cada domingo y que, en el día a día, sus miembros se acompañan para poder vivir bien los desafíos de la vida iluminándolos con la luz del Evangelio. Porque forman una familia, también ponen en su interés común las necesidades de los más pobres, las obras que se necesitan para reparar los templos, la comunicación sobre los recursos materiales y sobre el dinero que se tiene o se necesita.

Esa corresponsabilidad en el quehacer pastoral de la diócesis, que se va concretando en el obrar de las parroquias, lleva a sus miembros a poner en común tiempo, trabajo, colaboración con dinero y bienes materiales, ofrecimiento de cualidades personales o de grupo, etc. Una parte importante de los bienes que se ponen en común está dedicada a compartir con quien lo necesita, aunque no sea o no se sienta parte ni de la diócesis ni de las comunidades parroquiales que la forman. De lo que se trata es de tener caridad y ofrecer a todos el amor de Dios que es universal.

Deseamos que esta Jornada reavive los sentimientos de unidad y de corresponsabilidad con la Iglesia diocesana compartiendo sus alegrías y sus dificultades, sus necesidades y su misión evangelizadora en este tiempo.

 

3 de noviembre de 2017

Este otoño inusual y veraniego que estamos sufriendo da qué pensar. Algo está pasando cuando llevamos casi medio año sin ver la lluvia y, si por fin se abren los cielos, el agua cae tan desconsiderada como peligrosamente. Hay pueblos y ciudades de nuestro entorno en situación de alarma porque la sequía, pertinaz y agresiva, empieza a amenazar el agua de boca. Quien se acerque estos días a la capital de España podrá ver, en las vallas publicitarias, un gran póster que, junto al rostro avinagrado de un corredor de fondo, reza: «¡Que respirar hondo sea deporte de riesgo no es plan!». Y aunque aún no sea ése el riesgo que corren los deportistas de estas tierras, gracias al ventilador de nuestras montañas domésticas, todo se andará si no nos tomamos más en serio a nuestra hermana-madre tierra.

Vuelve a anunciarse la tercera edición del ciclo de cine «Con otra mirada», que comenzará la próxima semana con el hilo conductor, en esta ocasión, de nuestra responsabilidad para con la naturaleza. Van a proyectarse cuatro historias en las que las mujeres y hombres que las protagonizan se sienten llamados a tomar partido y a romper con las formas utilitarias y plausibles de relacionarse con la tierra. Esas historias obligarán probablemente al espectador a hacerse preguntas, más ineludibles todavía por el apremio de este otoño estrambótico y amenazador.

Las precedentes consideraciones tienen la pretensión ?¡ojalá no sea vana!? de sacudir las conciencias para que todos y cada uno nos responsabilicemos de lo que está en nuestras manos, por ejemplo: de hacer un uso exquisitamente cuidadoso de ese bien tan precioso como escaso que es el agua, de implicarnos en la tarea de mantener limpio el suelo que pisamos por el sistema más barato y razonable que es no ensuciarlo, de reducir la emisión de esos gases que convierten en riesgo el respirar a fondo... Si llegáramos a pensar en lo que está en juego antes de abrir los grifos, de tirar un papel o una colilla al suelo, de reciclar los deshechos domésticos o de girar la llave de contacto del automóvil, habríamos dado un paso de gigante, porque en el ámbito de la ecología, si no eres parte de la solución, es que eres parte del problema.

 

27 de octubre de 2017

Una de las principales certezas que nos acompaña toda la vida es que ésta acabará. La muerte llega a todos, sin distinción, y solo el modo en que nos despedimos difiere: con dolor o sin él, conscientes o no, solos o acompañados. El envejecimiento de la población, que vive más y con más patologías, estimula la reflexión médica desde múltiples prismas sobre cómo intervenir en ese hecho natural que es la muerte. Dice, y dice bien, el responsable de la Comisión de Paliativos del Sector Salud que su labor no es ayudar a bien morir, sino a vivir bien y con la mayor comodidad y dignidad ese último tramo del camino cuando la enfermedad, o la edad, no se pueden curar, pero sus manifestaciones sí pueden ser aliviadas. «Los cuidados paliativos expresan la actitud humana de cuidar unos de otros, especialmente de los que sufren, y atestiguan que la persona es siempre preciosa, también cuando es anciana o está enferma», manifestó el papa Francisco hace dos años, denunciando que el abandono, precisamente, puede ser la primera enfermedad de los ancianos.

Por eso, el acompañamiento riguroso, certero y cercano, que ni acelere ni prolongue la vida, ha de ser, como lo fue la semana pasada, materia de estudio y debate. No es poca cosa. A esta sociedad nuestra, tan colmada de retoques éticos y estéticos, no le gusta mirar de frente a la muerte, a todas las realidades que la rodean. La médica es una y bueno parece que tan cerca de nosotros, aquellos que quizá nos hayan de cuidar,  no dejen de prepararse a paliar el dolor que en tantas ocasiones acompaña a la vida.

 

20 de octubre de 2017

Si hace falta ser audaces, sin olvidar la debida prudencia, para lleva adelante obras importantes, se necesita por fuerza para salir de uno mismo, pensar en los demás y, resistiendo hoy al viento contrario de la incredulidad, lanzarse a ser misionero y soñar con llegar a donde sea necesario para anunciar la buena noticia del Evangelio de Jesucristo. Es esta la hora del valor para tomar parte en la actividad misionera de la Iglesia. Algo de esto debe querer decir el cartel y el lema que anuncian el Domund de este año: «Sé valiente. La misión te espera».

Queremos subrayar, en torno a esta Jornada misionera, que la misión de la Iglesia no tiene límites ni fronteras y que el compromiso bautismal hace a todos los bautizados misioneros en su ambiente, testigos de la fe y cooperadores de la justicia y de la paz. Comprometer la vida con el Dios cristiano es comprometerla a fondo con el bien de los demás, de todos, y especialmente de los más necesitados. Y de entre los bautizados, algunos son llamados especialmente para ir a las fronteras de la evangelización: son los misioneros y misioneras que ofrecen su tiempo y su vida entera para que todos puedan recibir la luz que puede iluminar cualquier oscuridad. Los misioneros quieren trasmitir valores que van más allá de lo puramente pragmático y que están por encima de la ciencia y de la técnica, por importante que esto sea, y nos conforta decir hoy que ellos son servidores cualificados de la sociedad. Los misioneros son espejo de generosidad en el que pueden mirarse todos los egoísmos de este mundo para comprender que hay un modo de vivir distinto del que suele hablarse en las tertulias habituales.

La Jornada misionera del Domund lleva en su esencia interrogantes profundos que pueden surgirnos a todos cuando contemplamos, por una parte, las necesidades materiales, humanas y espirituales del mundo y, por otra, la generosidad y fidelidad de los misioneros que dejando su propia geografía se han identificado con la historia de otros pueblos a los que entregan su vida. Hoy es tiempo de misión y es tiempo de valor. Insistimos en decir que no debe pasar desaperciba esta Jornada misionera y, que desde la propia responsabilidad y cordura, cada uno debemos colaborar con ella, o desde la colaboración económica, o desde la oración, o desde el testimonio, o desde su difusión. Todo se necesita. 

 

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