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Opinión Editorial

15 de septiembre de 2017

De un tiempo a esta parte Barbastro se ha convertido en una ciudad sucia. No una ciudad en la que, en momentos puntuales como puedan ser las recientes fiestas mayores, se acumulen las basuras, sino en un lugar en el que los desperdicios forman parte del paisaje en determinadas zonas, los excrementos de las palomas se incrustan en el pavimento y los contenedores se desbordan y utilizan para colgar carteles. Son apenas tres ejemplos de una situación, real, ante la que señalar al Ayuntamiento como responsable resultaría lo más sencillo y, al tiempo, simplista porque la gravedad del asunto, a nuestro juicio, ha de mover a una reflexión más profunda y, con ella, a una actuación meditada, contundente y sostenida en el tiempo.

En los años 60-70 del siglo pasado se puso en marcha una campaña que, con el lema Mantenga limpia España, instaba a los ciudadanos a observar un comportamiento cívico y respetuoso con el entorno, con consejos tan obvios como no tirar al suelo colillas, mondas de fruta, papeles o vasos vacíos. La ciudad, afirmaba el locutor sobre el blanco y negro de la cinta, es el reflejo de sus habitantes y en pleno desarrollismo, estaba claro, la bicoca del turismo no debía ahuyentarse con pintadas en las paredes ni pequeños vertederos urbanos, más propios de pueblos atrasados y cerriles que de la Europa que entonces queríamos ser y ahora somos.

Cincuenta años después la lección no ha cambiado y si, como entonces ya sabían, la ciudad es el reflejo de sus habitantes, los barbastrenses estamos obligados a mirarnos en el espejo de nuestras calles y realizar un esfuerzo colectivo para empezar a actuar, cada uno en el ámbito que le compete. Unos, no ensuciando; otros, limpiando; y, llegados al caso, sancionando de forma clara, firme y reiterada a quienes incumplan estas normas básicas de convivencia, recogidas en ordenamientos aprobados por nuestros representantes. Los vecinos de algunas calles, por ejemplo, deberían dejar de arrojar basuras por la ventana y, de hacerlo, habrían de recibir la sanción correspondiente de la administración municipal. Aquellos que pegan carteles donde les viene en gana tendrían que ser debidamente apercibidos y las paredes recobrar su aspecto original. Y así un día y otro, hasta que lo normal sea todo lo contrario.

No acaba aquí, no obstante, la lista de deberes en esta vuelta a las aulas, dado que las responsabilidades no se reparten por igual y ha de ser el Ayuntamiento el que, en primer lugar, dé ejemplo y, en segundo, se ponga manos a la obra para analizar y remediar lo que es un clamor: esta ciudad está sucia, del centro a las afueras y vuelta a empezar. Sea por lo que manchan los vecinos o por lo que no limpian quienes han de hacerlo, sea por la suma de acciones y dejaciones, lo cierto es que hay que abordar este tema capital, poner de forma urgente medidas de choque y empezar a lucir esta ciudad, la que somos, antes de que resulte casi imposible sacarle brillo.

 

La vida vale

Aceptamos, desde el imperativo de la realidad, el comentario final de muchos compañeros de la comunicación que, después de cumplir con su deber de informar sobre el perverso atentado de Barcelona, terminaban diciendo que «la vida sigue». Así es y así debe ser. Pero queremos añadir que «la vida vale». Para dejar claro la infamia de cualquier ataque a la vida y el esfuerzo común que hay que seguir haciendo para defender a toda costa la paz que es el ambiente necesario para el desarrollo de la vida.

Es difícil hacer una valoración del trabajo que han hecho y hacen los profesionales de la policía, fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia. Sí podemos decir que el terrorismo, del signo que sea, es una miseria que envenena la sociedad y que pretende destruir el orden y la armonía de la libertad. Y lo que sí pretendemos es despertar con nuestra reflexión la conciencia de todos para que no nos olvidemos del terrorismo que acabamos de vivir en España, ni del que han experimentado y sufren otros países, porque el mal de la indiferencia, muy propio de nuestra sociedad relativista y hedonista, significaría dejar la puerta abierta a los obradores de la iniquidad. Con lo que está pasando está en juego la paz mundial y no se puede seguir entretenidos «en ver cómo podemos vivir mejor».

La realidad es que se están generando «dos  mundos» dentro de nuestro mundo, –el Norte y el Sur, los ricos y los pobres, Occidente y Oriente–, y podría ser que a esto esté contribuyendo el abandono práctico de los ideales políticos y de los valores cristianos que cimentaron la construcción de Europa. Seguimos creyendo, y lo hemos dicho otras veces desde este semanario, que ahora es necesario exigirnos ya una catarsis que nos provoque una purificación profunda de actitudes y un cambio de conducta moral. No podemos seguir fundando la sociedad en los ideales del dominio, del poder competitivo y del dinero como modo de felicidad.

Hay que frenar al yihadismo terrorista y a todos los violentos con todos los medios policiales y políticos que sean posibles pero, por fuerza además, hemos de colaborar todos construyendo una nueva sociedad moral y educando a nuestros niños y jóvenes en los valores de la paz, el respeto, la convivencia y el bien común.

 

18 de agosto de 2017

Recientemente, con motivo de la elección de una mujer al frente del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Somontano, pudimos leer y escuchar en la noticia de su nombramiento como se resaltaba, en muchos casos, su condición de fémina, constatando así cuánto camino queda por recorrer hacia eso que se llama igualdad real. Cuenta la aludida que una compañera en la mesa de ese consejo le dijo: «no estás aquí por ser mujer», reflexión casi impensable si cambiamos mujer por varón, por más que pertenecer al sexo masculino siga siendo un atajo para llegar a determinados puestos, sean o no de responsabilidad. Baste con pensar en cuantos casos, ante la ausencia de méritos, la afirmación «estás aquí por ser hombre» resultaría válida, por más sonrojos que pueda provocar.

A día de hoy aún hay a quien le sorprende que una mujer sea presidenta del CRDO Somontano, quizá porque desconozca, o minimice, el peso de las manos y los nombres femeninos en la Denominación. Mujeres, como hombres, que plantan, podan y cosechan, conducen remolques, miman los mostos, elaboran y catan son tan frecuentes en nuestras bodegas, como lo son –y lo han sido- en explotaciones agrícolas y ganaderas. Algunas, como algunos, se han comprometido con el lugar en el que han nacido o el que les ha recibido, transformando y complementando su negocio en el medio rural. Cuántas de ellas y cuántos de ellos están, ya desde hace décadas, al frente de negocios hosteleros o agroindustriales con los que han redimido explotaciones.

En el caso de ellas, muchas han tenido que bregar con la lucha añadida del reconocimiento de sus derechos laborales y sociales, tras años cuidando del campo, los bichos y su familia, sin seguro ni salario. Todas llevaban a la espalda una mochila con un peso añadido, el de ser mujer, con la responsabilidad no buscada de convertirse en la primera de cualquiera de los campos en los que desarrollara su labor y, por lo tanto, exponerse bajo la lupa de un examen más minucioso porque el especimen sea mujer. Más minucioso y quizá más rancio, cuando en su crítica se entremezclan clichés tan desfasados, como los que utilizó el defenestrado cónsul de España en Estados Unidos por sus palabras sobre Susana Díaz. 

Y, ojo, no solo en la crítica, sino también en la alabanza. ¿Imaginan a la presidenta andaluza diciéndole a un periodista, hombre, lo feliz que está por ser entrevistada por un señor tan guapo? Hace poco se lo dijo Donald Trump a una periodista, cuya sonrisa elogió y relacionó con lo bien que hacía su trabajo. Ni la aludida, una profesional de la televisión nacional irlandesa, ni sus compañeros daban crédito a lo que estaba pasando. «No está aquí por ser mujer», tendrían que haberle recordado al presidente norteamericano.

 

11 de agosto de 2017

No siempre se logra cumplir determinados proyectos en los que habíamos puesto ilusión y esperanza. Podría ser que esto se deba a que no son realistas o posibles. Pero también, y no es pequeña esta razón, puede deberse a que no se han seguido con paciencia y constancia. Estas dos virtudes requieren esfuerzo y hoy queremos subrayar esto porque en lo que llevamos de siglo XXI se va observando que hay más velocidad que paciencia, más búsqueda de satisfacciones que de quietud interior, más comodidad que esfuerzo. Una generación que no sabe afrontar el fracaso y se desanima en la primera inquietud cambiando rápidamente de rumbo buscando otra actividad más fácil, no logra objetivos duraderos ni madura convenientemente. Expertos y profesionales en educación y en psicología nos alertan diciendo que la juventud se retrasa cronológicamente demasiado, hay muchos jóvenes adolescentes, y que no se toman con suficiente madurez decisiones importantes.

El esfuerzo es esencial para obtener buenos resultados en cualquier ámbito de la vida. No sale de casualidad nada importante. Ser competente en algo exige tiempo, dedicación y esfuerzo. Para subir a una montaña es esencial dar el primer paso, por supuesto. Pero para llegar a la meta hay que mantener el esfuerzo hasta el final. Y no bastan las buenas cualidades, que se necesitan, pero la experiencia dice que aquellas personas que han logrado éxitos académicos, por poner ahora esta realidad como ejemplo, no son siempre las más inteligentes sino aquellas que han decidido y mantenido el compromiso de ser constantes.

Podríamos recordar la historia de los progresos científicos y de los intentos repetidos que se han tenido que realizar en aquello que se ha significado como avances para la humanidad. Los investigadores y científicos, además de saber de lo suyo, son maestros en constancia y en fidelidad a sus propósitos. Por eso, repetimos, si «un modo de ser» de nuestra época es querer conseguir todo al instante, –hasta decimos que se consigue todo a golpe sólo de un clik–, hay que estar atentos porque una educación que sea tal no lo será si no educa en la paciencia, en la constancia y en el esfuerzo.

 

 

28 de julio de 2017

Todo parece indicar que esta temporada turística, por lo menos el mes de julio, se va a saldar con un resultado desigual en nuestra ciudad. Caso contrario va a ser nuestra comarca que, poco a poco, se ha consolidado como un destino nacional e internacional de referencia.

Barbastro es un nudo distribuidor del turismo en la parte occidental de la provincia de Huesca. Asimismo, centro de referencia comercial del mismo. Pero lo que es virtud a nivel geográfico también representa un hándicap para el turista ocasional, sobre todo el extranjero.

Esta desventaja no es otra que la de ser una ciudad de paso hacia otros destinos más competitivos. Esta circunstancia se ha venido consolidando en nuestra ciudad estos últimos años. Y los sectores turísticos y comerciales así lo atestiguan. Por un lado con descensos de la estancia habitual y por otro con un menor gasto medio por visitante en nuestros comercios.

En nuestro país, ante sucesivos años batiendo récords en número de turistas extranjeros y últimamente nacionales, cabría preguntarse en qué medida y por qué motivos Barbastro no tiene un desempeño mejor en este sector.

La respuesta a lo anterior la dan los propios visitantes en su planificación de las vacaciones: Somos una experiencia turística que no impresiona más allá de la visita puntual. Fuera de los actos sociales consolidados no existe una fidelización aparente del turista.

Es por ello que llama la atención que lo que Barbastro ciudad no ha conseguido consolidar; la comarca, en sus zonas turísticas, lo haya realizado con notable éxito. Y que la razón de la visita a Barbastro sea más lo que ofrece nuestro entorno que la ciudad en sí misma.

Si hay una conclusión de la evolución turística de nuestra zona es que, paradojas históricas aparte, es en la ciudad y no en los pueblos donde se está de paso.

 

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