Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

9 de octubre de 2015

Como os decía la semana pasada, todos podemos dar gracias a Dios por lo que somos o podemos ser y por servir a los demás y a la diócesis con lo que somos.

¡Cómo no alzar, una vez más, nuestra voz agradecida al Señor por las mediaciones humanas que ha puesto en nuestro camino para escrutar y discernir la voluntad de Dios (vocación)!

¡Cómo no reconocer y valorar la tarea oculta y callada de tantos «viveros» (hogares, comunidades cristianas o de religios@s, centros educativos, grupos eclesiales, movimientos, cofradías…) donde crecen y maduran las vocaciones (laicales, religiosas y especialmente las vocaciones al sacerdocio)!

¡Cómo no empeñarnos en hacer de cada grupo eclesial una verdadera comunidad de llamados que llaman y acompañan, a su vez, a otros llamados…!

¡Cómo no integrar la dimensión vocacional en cada comunidad y colorear de manera significativa toda la actividad pastoral!

¡Cómo no seguir pidiéndole al Señor las vocaciones que la humanidad necesita para que se visibilice nítidamente el Reino de Dios!

Recemos fervientemente para que Él nos siga regalando:

- Educadores, filósofos, historiadores y artistas (literatos, pintores, músicos, cantantes…) que sepan plasmar y transmitir con belleza una imagen integral del hombre.

- Ingenieros y arquitectos que pongan la técnica al servicio de la felicidad de las familias y de las comunidades.

- Contables y economistas, administradores y directores de empresas cuyo valor máximo no sea el dinero sino la dignidad de las personas.

- Políticos, diplomáticos y militares que busquen la paz y el progreso de todos.

- Médicos, bioquímicos, farmacéuticos que colaboren con el Creador conservando la vida y preservando la salud de sus hermanos sin sentido mercantilista.

- Ingenieros agrónomos y técnicos de la industria que sepan planificar y explotar los recursos de la tierra racionalmente y en bien de todos.

- Abogados, jueces y notarios que interpreten correctamente la ley y defiendan la justicia.

- Hombres y mujeres entregados a los más pobres y marginados: asistentes sociales, auxiliares de la medicina, rehabilitadores, padres o madres de familia que ven en el rostro de los que sufren y en los más necesitados la imagen de Cristo y les proporcionan una mayor dignidad humana.

- Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, misioneros y misioneras, laicos y laicas consagradas que, ante la sed de Dios que hoy tiene la humanidad, extiendan la buena noticia a todas las gentes.

- Etcétera…

Con mi afecto y bendición

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

2 de octubre de 2015

“Dia de la Educación en la Fe”

“Os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los apocados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos” (1 Tes 5,14)

El domingo 4 de octubre celebramos la Jornada de la Educación en la Fe. En esta carta deseamos expresaros nuestro reconocimiento y aprecio, nuestra gratitud y nuestra valoración por todo lo que hacéis, por el esfuerzo que realizáis, por el testimonio de vuestras vidas y la calidad de vuestra entrega. Deseamos que experimentéis nuestra cercanía, que descubráis cada día la importancia de la vocación que habéis recibido y que valoréis la responsabilidad de la labor que se os ha encomendado. La auténtica educación en la fe incluye la trasmisión de conocimientos y de experiencias, pero, sobre todo, destaca la dimensión esencial de formar los corazones. Hay una constante necesidad de conjugar el rigor en la comunicación, de modo que sea eficaz, atractiva e integral, con la formación de los corazones en el amor a Dios, en la práctica de las virtudes cristianas, en la vida sacramental, en el cultivo de la oración personal y litúrgica y en el compromiso de la caridad.

En el contexto en que vivimos, es preciso crear redes de apoyo para coordinar el esfuerzo realizado en la familia, la escuela y la parroquia. Se ha de trabajar, con humildad y decisión, para construir un nuevo sistema de colaboración comunitaria que favorezca la transmisión de la fe.

No os desaniméis ante las dificultades que debéis afrontar cotidianamente en este tiempo de emergencia educativa. Educar no es simplemente una profesión, sino una actitud, un modo de ser, de vivir y de transmitir. Para educar en la fe es preciso estar en medio de las personas, acompañándolas en las etapas de su crecimiento, desde la proximidad y el respeto.

La educación en la fe incluye enseñar a ver la belleza y la bondad de la creación y del ser humano, que conserva siempre la huella del Creador. Dios ha escrito dos libros: uno es la Sagrada Escritura, donde queda reflejada la historia de la salvación a través de la narración de un proceso que culmina en la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. El otro libro es el de la creación, que nos remite al proyecto de amor de Dios, a su belleza y armonía.

El Papa Francisco escribe en su encíclica “Laudato si`”: “Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios” (LS 84). La creación es una continua revelación de Dios. Cuando contemplamos lo creado, escuchamos un mensaje de Dios, percibimos su voz silenciosa.

Afirma el Santo Padre: “Podemos decir que, “junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la Sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche”” (LS 85).

La educación en la fe, a través de la palabra, transmite conocimientos y valores, pero llega a ser incisiva si acompaña las palabras con el testimonio, con la coherencia de vida.

El educador en la fe percibe la presencia de Jesucristo en su vida. El educador en la fe sabe que el Señor está cerca como compañero, como amigo, y que Él ayuda y comprende, alienta en los momentos difíciles y nunca nos abandona.

El Papa Francisco ha convocado el Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes. El Santo Padre escribe en la bula “Misericordiae vultus”: “Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado” (MV 2).

Como pastores os reiteramos nuestra gratitud, y la de toda la Iglesia que peregrina en Aragón, por vuestro generoso compromiso, que va acompañado por vuestro sacrificio personal y vuestra dedicación incondicional.

Recibid nuestro cordial y afectuoso saludo junto con nuestra bendición.

+ D. Vicente Jiménez Zamora, Arzobispo de Zaragoza

+ D. Carlos-Manuel Escribano Subías, Obispo de Teruel y Albarracín

+ D. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Huesca y de Jaca

+ D. Eusebio Hernández Sola, Obispo de Tarazona

+ D. Ángel-Javier Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón

 

25 de septiembre de 2015

La semana pasada nos quedamos en continuar aquella conversación de los jóvenes. “¿Y si te equivocas de familia?”, ¿laico, religioso o sacerdote?, era la pregunta.

Es cierto que muchos hombres y mujeres pueden despistarse o desorientarse (“desafinan”) porque no logran descubrir su timbre característico (vocación). (Ya recordáis “lo de la orquesta de Dios de la semana pasada”) Por eso Dios nos coloca en la vida, a nuestro lado, personas dotadas de una fina sensibilidad para discernir nuestra verdadera vocación;  son las personas e instituciones para que, en cada tiempo y cultura, puedan ayudarnos a despertar, acompañar, discernir, formar y sostener nuestra propia vocación.

No siempre resulta fácil conseguir que cada uno descubra y escuche la música que resuena en su interior. Más difícil todavía es que la comparta con los demás.

Lo que resulta evidente es que ya no tenemos coartada ni podemos seguir lamentándonos por más tiempo...

Efectivamente. Dios sigue llamando a cada uno por su nombre y le ha dotado con la gracia necesaria para que sea testigo de su Reino en el corazón del mundo. A cada quien le toca descubrir y decidir ahora «desde dónde» desea compartir (‘poner al común’) lo mejor de sí mismo… La alegría y la paz interior serán el mejor signo de autenticidad. La plenitud de sentido y de vida, su fruto más preciado.

Cristo está en el centro y el sacerdote es mediador y signo de Cristo

La «centralidad de Cristo», -como afirma reiteradamente el papa emérito Benedicto XVI-, es la que permite que fructifiquen todas las demás gracias divinas, se multipliquen todos los carismas y se asegure la valoración correcta del sacerdocio ministerial. El sacerdote, «primer violín» (concertino) en la orquesta, ayuda a que cada uno «afine» y «armonice» (conjunte) su timbre de voz a la ‘partitura’ que Cristo interpretó. Se trata de una vocación «humanizadora-divinizadora», de servicio, que por su fina sensibilidad de espíritu descubre el carisma con que Dios ha adornado a cada uno, reconoce su propia dignidad personal y favorece su complementariedad.

Viene a mi memoria el testimonio que Mons. Abastoflor ofreció durante el I Congreso latino­americano de vocaciones celebrado en Itaicí (Brasil). Al llegar a su diócesis de Bolivia se percató enseguida del exiguo número de sacerdotes que había allí. No se resignó a creer que cualquier intento iba a resultar inútil como le auguraban. Y comenzó a trabajar pacientemente con un puñado de laicos. Les acompañó en su proceso personal hasta que fueron madurando y llegaron a descubrir y valorar su propia vocación cristiana. Lo más sorprendente fue que ellos, que acogieron su vocación cristiana, se convirtieron en verdaderas mediaciones para la llamada y el acompañamiento vocacional de otros muchos… Nueve años después aquella Diócesis tenía  una ingente «patrulla» de cristianos comprometidos y se había multiplicado el número de consagrad@s y de sacerdotes. Hay una sabia pedagogía divina que, aplicada adecuadamente, es siempre convergente.

Seguiremos la semana que viene comprendiendo cómo podemos servir cada uno desde lo que somos.

Con mi afecto y bendición

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón. 

 

18 de septiembre de 2015

Instrumentos de la «orquesta de Dios»

En mi escrito para vosotros de la semana pasada  os prometí que en semanas sucesivas compartiría cómo habría que proceder, según refiere el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, para que nuestra Diócesis entre en una dinámica de conversión misionera que relance una evangelización por contagio, por atracción, por ósmosis en todo el Alto Aragón.

Permitidme, por si os resulta más elocuente, que me sirva del diálogo que escuché a dos jóvenes al terminar la eucaristía donde les había pedido encarecidamente que me echaran una mano para poner nuestra Diócesis de Barbastro-Monzón en clave de «SOL»:

-¡Sugerente imagen!

-Formar una gran y única «orquesta», sigue siendo el sueño de Dios.

-¡Nunca se me habría ocurrido!

-Dios en su «orquesta» cuenta ya con ‘director’ (Jesucristo) y ‘partitura’ (la Palabra de Dios). El gran desafío es integrar en ella a todos los instrumentos.

-¡No entiendo!

-Está clarísimo. En la «orquesta de Dios» los instrumentos son las propias personas, agrupadas igualmente en tres grandes familias. La familia de l@s laic@s, la de l@s consagrad@s y la de los ministros ordenados o sacerdotes. Cada persona, como si de un instrumento se tratara, tiene un timbre característico (vocación) que nos permite adivinar de qué instrumento se trata y a qué familia pertenece.

-¡Y qué bien suenan todos juntos!

Os quiero decir que, sin duda, Dios ha adornado a cada persona con abundantes gracias y cualidades; les ha invitado a formar parte de su «orquesta»; les ha proporcionado las mediaciones adecuadas para que puedan descubrir su timbre característico; les ha ayudado a cultivar y desarrollar su propia singularidad; pero, sobre todo, les ha hecho descubrir su complementariedad personal y familiar:

.- la familia de l@s laic@s, colocada en el corazón del mundo, llevan a cabo su tarea evangelizadora a través del ámbito familiar, laboral, cultural, económico, político, social… Tratan de integrar la fe y la vida.

.- la familia de l@s consagrad@s, llamada a ser parábola del Reino, signo de que Dios es el único absoluto, tratan de vivir en el día a día su seguimiento radical al Señor en pobreza, castidad y obediencia.

.- la familia de los ministros ordenados (obispos, sacerdotes y diáconos), identificada con Cristo buen Pastor que no vino a ser servido sino a servir, que partió el pan y se dejó partir entregando su vida por nosotros, que estuvo al lado de los más débiles y necesitados, convoca, vertebra y preside la comunidad cristiana.

¿Y si te equivocas de familia?

Aquí se interrumpió la conversación.

¿Cómo pienso que se podría concluir? Seguiremos la próxima semana.

 

Con mi afecto y bendición

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón 

 

26 de junio de 2015

Cuando nos disponemos a cerrar el curso y estoy a punto de desearos felices vacaciones, el papa Francisco nos ha sorprendido con el regalo de su encíclica «Laudato si’», en la que nos invita a “pensar en verde”, color esperanza, y a cambiar de “chip”.

Como hacen las buenas madres, el Papa nos anima a tomar conciencia de que, cualesquiera que sean nuestras creencias, todos los seres humanos habitamos una misma “casa común”, el mismo planeta “tierra”; y nos urge a escuchar el grito profundo que emerge de sus entrañas por el daño que le hacemos a causa del uso irresponsable de los bienes que Dios ha puesto en ella.

¿Qué mundo queremos dejar a nuestros hijos?, se pregunta el Papa. Y tras ésta, late otra pregunta: ¿qué sentido tiene nuestra vida?, ¿para qué tanto trabajo y tantos esfuerzos? A fuerza de tópicos, que hemos convertido en dogmas, hemos invertido el orden de la creación y las relaciones que nos vinculan con la naturaleza, con los demás y con Dios. Sólo devolviendo al ser humano su originario sentido de creatura, su sentido fraterno que lo vincula con los demás hermanos, y su sentido de hijo que lo lleva a saberse hijo de un mismo y único Padre, la humanidad podrá recrear su identidad y vocación, que no es otra que la de participar de la plenitud divina.

En el fondo, este es el nuevo paradigma y el ángulo de visión que nos sugiere el papa Francisco, en su reciente encíclica, con el fin de que podamos recuperar la plenitud y el sentido de nuestra vida.

Te ofrezco, por si te ayuda, este decálogo, publicado por mosén Joan Bestard, para salir de la espiral de autodestrucción en la que nos hallamos inmersos y disfrutar del tiempo que se nos regala cada mañana y, en particular, de este tiempo hermoso del verano. Aprovéchalo para:

1.   Dialogar y relacionarte: Es la acción más noble del ser humano a través de la cual uno escucha y habla, recibe y da, se crece y consolida la amistad.

2.   Amar: Es la esencia de la vida, que brinda al ser humano sentido y felicidad.

3.   Servir: Es una actitud que te hará sensible a las necesidades de los demás, te ennoblecerá y te ayudará a crecer por dentro.

4.   Trabajar: Es el medio privilegiado para realizarte a ti mismo, ser útil a los demás y construir una sociedad más justa y humana.

5.   Leer: Es una manera de perfeccionarte con el saber de los demás.

6.   Viajar. Es una actividad que enriquece en gran manera, porque entras en contacto con gentes y culturas diversas que te pueden complementar.

7.   Contemplar la naturaleza: Es el arte de Dios, donde Él se ha manifestado en toda su belleza. Y Dios ha sido muy generoso con nuestra tierra. Démosla a conocer. Que unos y otros puedan disfrutar de sus encantos y de la bondad de nuestra gente.

8.   Meditar. Es un ejercicio necesario para llegar a lo más profundo de tu corazón.

9    Rezar. Es el modo de entrar en contacto con Dios y expresarle tus inquietudes, tus anhelos y tu amor.

10.Evaluarte a ti mismo: Es un momento propicio para hacer balance, decidir con energía lo que debes potenciar y lo que debes corregir. Pero, sobre todo, para que nadie te “viva la vida”.

Con mi afecto y bendición. Felices vacaciones.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

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