Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

11 de marzo de 2016

LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA

¡Dar buen consejo al que lo necesita!

«Nadie es padre de sí mismo». Aunque a primera vista pueda parecer una perogrullada, ha sido el mejor consejo que me dieron los educadores en el Seminario. En efecto, todos somos «criaturas», amadas y sostenidas por Aquel que nos creó para gozar eternamente de su misma plenitud. Criaturas que se saben frágiles, vulnerables, perfectibles, humildes, necesitadas de los demás. Criaturas que cuando son capaces de deponer su orgullo personal, experimentan paradójicamente una confianza inusitada. Tienen la conciencia de haber sido creadas con un corazón que sólo puede ser satisfecho por Aquel que las creó. Se saben sostenidas por un AMOR  que les precede y les envuelve.

Santa Catalina de Siena dejó escrito en el «Diálogo de la Divina Providencia» que Dios «hubiera podido hacer a los seres humanos de tal manera que todos lo tuvieran todo, pero prefirió dar a cada uno dones diferentes para que necesitasen de todos».

Sin embargo, este consejo que tanto me ha ayudado en mi maduración personal y ministerial, no resulta ni tan fácil ni tan obvio para muchos. Permitidme que comparta con vosotros una historia que refleja lo que nos está tocando vivir social y eclesialmente.

«Cuentan que un grupo de espeleólogos quedaron sepultados por un alud en el interior de una cueva. El equipo de rescate no podría llegar hasta el amanecer. Mientras, fueron recogiendo algo de leña y encendieron una fogata para calentarse. Sabían que si el fuego se apagaba, morirían irremisiblemente. Cuando se extinguió la llama y las brasas se cubrieron de ceniza, ninguno echó al fuego el puñado de leña que se habían guardado: .-.- Jamás daría yo mi leña, pensó el primero, para calentar a un negro.

.- ¡Lo tienen claro, pensó el segundo, si piensan que voy a regalar mi leña a estos holgazanes. Es mía, me ha costado muchísimo esfuerzo conseguirla.

.- Es muy probable, pensó el negro, que tenga que utilizarla para defenderme. Además, jamás compartiría mi leña con quienes me oprimen o se niegan a reconocer mi propia dignidad.

.- Este temporal puede durar varios días, pensó el que era oriundo del lugar, voy a guardar mi leña por si acaso.

.-El quinto hombre parecía ajeno a todo. Era un soñador. Mirando fijamente las brasas, jamás le pasó por la cabeza ofrecer la leña que tenía.

Cuando llegó el equipo de socorro se encontró con cinco cadáveres congelados. El responsable comentó consternado: «lo que realmente les ha matado ha sido el frío interior».

Las imprevisibles inclemencias «climatológicas» que nos está tocando vivir social y eclesialmente han dejado, una vez más, al descubierto nuestra frágil condición, lo fácil que se desbaratan nuestros cálculos, nuestros proyectos personales… Y nos han revelado, además, la verdad de todo ser humano: que ante determinadas cosas nos podemos sentir fuertes, poderosos, autónomos… pero ante lo esencial, no podemos  nada, nos sentimos desvalidos y experimentamos nuestra dependencia más absoluta. El rescate (la salvación) no está a nuestro alcance, no depende de nosotros mismos. Viene siempre de fuera.

Mantener encendida la «hoguera» se convierte también para cada un@ de nosotr@s, para cada comunidad cristiana o grupo eclesial, para toda la Diócesis, para la misma Iglesia universal, en el proyecto evangelizador más urgente e importante. Compartir nuestra «leña», toda la «leña», será la única garantía de supervivencia, para poder tener luz y calor mientras esperamos el «amanecer».

Las consultas de los psicólogos y psiquiatras están llenas. Proliferan los Centros de Orientación Familiar (COF), Vocacional (COV),  profesional (COP), etc. Cada vez están más de moda los libros o talleres de autoayuda, de relajación, de espiritualidad, etc. Aumentan las terapias grupales de desintoxicación (droga, sexo, alcohol, juego, redes sociales, etc.). Sin embargo, mientras no depongamos nuestro orgullo, nuestro individualismo, hedonismo, consumismo, relativismo, subjetivismo, secularismo… y no nos abandonemos en las manos de Aquel que nos ama gratuitamente, estaremos expuestos a  «morir congelados».

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón 

4 de marzo de 2016

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA  SE LLAMA MISERICORDIA»

¡Enseñar al que no sabe!

Carmen, la maestra más vocacionada que he conocido, tiene razón cuando confiesa que la educación de todo ser humano, especialmente la de los disminuidos físicos o psíquicos, «afecta a la eternidad». Nunca sabes, ni cuándo, ni cuál, puede ser su alcance. Pero te garantiza una libertad, autenticidad, fecundidad, felicidad... inusitada.

La vida interior (fe), de igual manera, si  no la abonamos de razones, con el rico patrimonio que hemos heredado durante siglos, se anquilosa. Enseñar algo a quien lo desconoce ayuda a crecer a la persona, esto es, a ir modelándose como Dios la ha soñado… Se logra si se enseña desde el amor y la humildad y si se ofrece lo mejor de sí pero, sobre todo, si ofrece la visión trascendente de la persona a la que se educa y en la que el educador llega a reconocer un signo de la presencia misericordiosa de Dios.

Es muy importante colaborar en satisfacer las necesidades materiales de muchos de nuestros hermanos como hemos visto en las obras de misericordia corporales pero no menos necesario resulta que aprendan a relacionarse con los demás y con Dios (ORACIÓN), a perdonar, compartir, respetar, convivir... Valores que encarnó Jesús, nuestro MAESTRO y que nos sirven hoy a nosotros como referente:

Jesús fue un maestro diferente. Su enseñanza y sus signos eran de otra categoría. Hasta la gente sencilla era capaz de captar la diferencia. Mientras los maestros de su tiempo se dedicaban a repetir una tradición heredada de sus antepasados, Jesús hacía una nueva lectura de la tradición y descubría su relevancia para la vida del hombre. Su enseñanza estaba cargada de fuerza y convicción.

Enseñó no sólo con palabras. La enseñanza de Jesús no era teórica. Tan importantes como sus palabras eran sus obras y su ejemplo. A veces, siguiendo la costumbre de los antiguos profetas, hacía algunos gestos simbólicos. Tal vez el más significativo fue el lavatorio de los pies. Algo insólito en aquella cultura que lo consideraba como un oficio propio de esclavos. Su enseñanza era integral, en la que el educador quedaba implicado, ya que lo que enseñaba era un modo de vida nacido de su experiencia profunda.

Maestro de todos. Jesús estableció diversos tipos de relación con sus interlocutores:

Con aquellos que se resistían a aceptar su proyecto liberador  (los fariseos, los saduceos, etc.) su relación fue de confrontación interpeladora, respetuosa pero, a la vez, clara y directa. A ellos también les ofreció su «buena noticia» pero la rechazaron porque se creían poseedores de la verdad.

Con los que acogieron de buen grado su palabra, Jesús estableció una relación especial. Entre éstos podemos distinguir dos grupos de personas: la gente sencilla y el grupo de los discípulos que van con él. Con los primeros, utiliza un lenguaje sencillo que todos pueden entender fácilmente. Es el lenguaje de las parábolas que, desde experiencias y realidades concretas, hace reflexionar y descubrir una enseñanza más profunda. Con el grupo de sus discípulos, mantuvo una estrecha relación, en la que progresivamente los fue educando para que comprendieran  a fondo el misterio del reino de Dios y su propia misión. Su enseñanza era también acompañamiento.

Con una pedagogía singular. El relato  evangélico que mejor la revela es el encuentro con los discípulos de  Emaús: Jesús sale a su encuentro, se hace compañero de camino, se interesa por sus preocupaciones, los escucha atentamente, les explica pacientemente las Escrituras haciendo una nueva lectura de lo acontecido, se queda con ellos, aceptando su hospitalidad, hasta que "se les abrieron los ojos" y desaparece.

Ojalá cada uno, al menos durante este año de gracia, nos hiciéramos los encontradizos  con los que vagan sin rumbo y nos constituyésemos en acompañantes,  en testigos con nuestra propia vida de los valores que hemos recibido del Maestro.

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón 

 

26 de febrero de 2016

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

¡Enterrar a los muertos!

En la primera entrevista que me hicieron, desde la delegación diocesana de Medios de Comunicación, se me pidió que contara un recuerdo de la infancia. Compartí entonces con vosotros mi experiencia de la cruz que encontré en la solapa del traje de mi padre cuando le fui a amortajar. Conservo esta cruz.

Unos meses antes de que se cayera y se desencadenara un rápido deterioro que acabaría con su vida, con una gran serenidad y paz interior, me pidió que me sentara en su cuarto. Y me ofreció el mejor regalo, su «testamento espiritual».

Cuando yo volvía de mi trabajo en la Conferencia Episcopal, pasaba por la habitación de la residencia a darle un beso. El solía estar descansando aunque me esperaba siempre despierto. Aquel día me aguardó levantado. Y después de darle el beso y hacer ademán de marchar a mi cuarto… me comentó:

?¡Qué prisa tienes! ¡Siéntate un momento! Y, a bocajarro, me dijo:

? Ángel, tengo 88 años. Aunque me encuentro muy bien, mucho no voy a vivir. No te entristezcas. Quiero que sepas que he sido el hombre más feliz de la vida. Y si naciera de nuevo, volvería a casarme con tu madre. Lo único que siento es que te quedas solo, aunque veo que tienes muy buenos amigos.

A medida que me iba hablando se me iba poniendo la piel de gallina. En una línea y media había logrado condensar su propia experiencia de fe. Sobrecogido,  por romper el hielo, le dije:

.- El cura eres tú o soy yo.

.- Tú. Y añadió, como si todo lo tuviera muy bien pensado, calculado y medido: “¡No te salgas!” (De cura)  Aquí sí que me dio en el «punto de flotación».

.- ¿Me ves mal? Me revolví, como pidiéndole explicación.

.- ¡Todo lo contrario! ¡Te veo tan feliz, que nada ni nadie te harán sentir tan bien como te hará sentir Dios estando a su servicio!

A través de este humilde testimonio he podido aprender que sólo la fidelidad a Dios, el abandono de fe, la entrega en obediencia que vivió el mismo Jesús, te ayudan a descubrir cómo en la vida se puede «perder» y, sin embargo, «ganar».

Esta ha sido, sin duda, la gran lección de la que Dios se ha valido, por mediación de mi padre, para ayudarme a crecer por dentro, sustentando mi vida desde Dios.

Hombre recio: huérfano de padre en su infancia (criado en casa de unos tíos), se abre camino en la vida como aprendiz (sale de su pueblo, Santa Eulalia de Gállego, en busca de trabajo, Ayerbe y Ejea, donde conoció a mi madre y constituyó una familia), la enfermedad de su hija Conchita a los catorce meses de nacer (poliomielitis), las cuarenta operaciones y su muerte a los 42 años, la operación de su hijo, la muerte inesperada de su esposa Carmen…

Esposo fiel: «Me volvería a casar con tu madre, confesaba pocos meses antes de morir, aunque tuviera que pasar por las mismas tribulaciones…» Era muy frecuente, durante su convalecencia, llamarla en sueños y preguntar a unos y a otros por ella…

Padre solícito: con su hija a la que cuidó y protegió hasta su muerte. Respetuoso con la vocación sacerdotal de su hijo y su posterior vinculación a la Hermandad de Sacerdotes Operarios (la cruz en la solapa del traje cuando entré en el Seminario)…

CREYENTE auténtico: consciente de que la fe no le libraría de ninguna contrariedad pero sí le permitiría mirar las cosas y afrontarlas desde otras coordenadas invisibles…

Desde que mi padre Rodrigo se marchara a la ciudad de la luz, a las vastas y hermosas praderas donde viven eternamente los hombres y mujeres transparentes, donde se reencontraría con su chica y su esposa del alma, se me ha permitido abrir los ojos con los que mirar la vida desde adentro y desde arriba, en toda su profundidad y anchura.  Se me ha enseñado que nada se pierde para siempre… que me espera en el cielo cuando, el día menos pensado, cambie también yo de estado para vivir eternamente en la LUZ del amor de Aquel que un día me creó.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

19 de diciembre de 2016

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

¡Socorrer a los presos!

Estuve en la cárcel –según relata Mateo en su evangelio– y vinisteis a verme». Es la sexta obra corporal de misericordia. Una cárcel no es un lugar al que se vaya voluntaria y gustosamente. A no ser que uno integre esa «patrulla» cualificada de voluntarios que visitan a los presos o sea uno de los sacerdotes capellanes.

En la cárcel puede captarse pobreza material e indigencia espiritual y psicológica. De esto fui testigo en las dos visitas que hice a la cárcel del Rodeo II en Venezuela. Ha sido, sin duda, la experiencia pastoral más fuerte y evangélica que he vivido y me conmovió. Como nunca, experimenté la «ternura de Dios» y que su amor misericordioso es más fuerte que los delitos que alguien haya podido cometer. Cuando estas personas son atendidas por la Iglesia experimentan que Dios puede restaurar su vida y su esperanza, que sana sus heridas y adicciones, que ayuda a caminar… Sólo la Misericordia de Dios es capaz de hacer este milagro.

Los obispos de Aragón me han encargado la coordinación de la pastoral penitenciaria en nuestra región eclesiástica. Sé que la pastoral penitenciaria es mediadora de la misericordia de Dios y que el preso necesita amor y perdón. En la cárcel todos deben sentir que Dios perdona, acompaña y ama. Muchos de los internos tienen su primera experiencia de fe en la cárcel. Deben descubrir que son los «hijos pródigos» que vuelven a la casa del Padre y que Dios que siempre les ha estado esperando con los brazos abiertos de amor.

Ojalá sepa estar a la altura de estos hermanos nuestros, más frágiles y vulnerables. Necesitaré, una vez más, vuestra oración y vuestra inestimable colaboración. 

 

12 de diciembre de 2016

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

Visitar al enfermo

Permitidme que abra mi corazón y comparta con vosotros las lecciones de vida que me ha ofrecido la enfermedad de mi hermana por si os sirve de alivio a quienes os toque vivir situaciones parecidas.

Todavía recuerdo, siendo muy niño, agarrado al cochecito donde mi madre llevaba a mi hermana Conchita, una escena que se repitió frecuentemente y que yo no había sabido procesar hasta ahora. Las vecinas, se acercaban para hacerle carantoñas. Y solían comentar: ¡Qué guapa…! Y repetían, por segunda vez, ¡qué guapa…! Y, a la tercera, indefectiblemente, les salía del alma, esta exclamación: ¡qué pena…! Mi madre, siempre guardó silencio, entornando sus ojos con dolor.

Ahora que ya han fallecido mis padres y mi hermana, descubro y valoro que en mi casa la fuente de vida y de alegría fue mi hermana. No necesité que nadie me enseñara lo que significaba estar atento, servir, compartir, ayudar… Han tenido que pasar, sin embargo, muchos años para llegar a entender lo más profundo: que ella formaba parte del Plan de salvación  de Dios, no sólo en mi vida, sino también en mi propia vocación.

La lectura de un libro de Henri Nouwen me ayudó a entenderlo.  En él se describe la historia vocacional de Ádam, un joven disminuido psíquico, a quien él cuidó. Describe la presencia y el  amor de Dios en aquel enfermo y cómo él se sentía su hijo amado. Fue en el mundo testigo silencioso del amor de Dios y reveló a todos cómo Dios se manifiesta en la debilidad. El amor es más fuerte que nada y la vida del cielo después más valiosa que la de la tierra. 

Me conmueve reconocer que esta historia es mi propia historia, es la historia de mi hermana, en debilidad, en  dependencia, pero también en fuerza, autenticidad y ofrenda. A mí me costó muchísimo llegar a adentrarme en este MISTERIO… Ojalá quienes tengáis personas enfermas en vuestro hogar lo percibáis como un verdadero DON que os hablará de Dios y os conducirá hasta Él. 

 

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