26 de mayo de 2017

A punto de terminar el mes de mayo, por medio de estas líneas, quisiera hacer llegar mi recuerdo cariñoso y mi felicitación a los cientos de niñ@s de nuestra Diócesis que este año han hecho su primera comunión. Como la Virgen María, se han convertido en verdaderas «Custodias» (Sagrarios) de Dios, llenando nuestros pueblos de vida y color.

Quien haya celebrado su primera comunión seguro que asiente conmigo que ha sido uno de los días más bonitos y significativos de su vida. Se recuerda siempre. También para mí fue el día más feliz. Y eso que no pude hacerla ni con mis amigos ni con los compañeros del cole. Durante varios meses tuve que estar en Madrid para ser intervenido quirúrgicamente del velo del paladar y posteriormente en un centro de rehabilitación de logopedia. Ahora entendéis por qué no callo. Tampoco hubo banquete. Una chocolatada con mis amigos fue suficiente. Ni regalos costosos. El que más ilusión me hizo fue el reloj de pulsera que llevé en la muñeca hasta que me regalaron otro el día de mi ordenación sacerdotal. Sin embargo, el más fecundo, fue recibir como huésped a Jesús en mi «alma» y dejarle las «llaves» para que entrara cuando quisiera.

Permitidme que os invite a hacer un juego con vuestros hijos y/o nietos que hayan hecho su primera comunión este año. Hacedles las mismas preguntas que unos comulgantes le hicieron al Papa Benedicto XVI en una audiencia el año 2005. Compartidlas con ellos. Cotejadlas con las del Papa. Y si entregáis las respuestas de los comulgantes a Mafer en el obispado, Plaza de Palacio núm. 1, además de regalaros un rosario del Papa Francisco, os prometo que leería algunas en la misa del Corpus Christi.

–¿Qué recuerdo tienes –le preguntó Andrés– del día de tu primera Comunión?

–Benedicto XVI: Fue un domingo radiante de marzo de 1936. Comulgamos unos treinta niños y niñas de nuestra pequeña localidad, que apenas tenía 500 habitantes. Pero en el centro de mis recuerdos está que Jesús entraba en mi corazón, que me visitaba precisamente a mí. Y que era un don de amor que realmente valía mucho más que todo lo que se podía recibir en la vida; así me sentí realmente feliz. Y le prometí al Señor: “quiero estar siempre contigo”. Espero que también sea para vosotros el inicio de una bonita amistad con Jesús y que dure toda la vida. Estando con Jesús os irá muy bien y seréis muy felices.

–¿Debo confesarme –le preguntó Livia– todas las veces que recibo la Comunión? ¿Aunque sean los mismos pecados?

–Benedicto XVI: Te diría dos cosas: la primera, sólo es necesario confesarse en el caso de que hayas roto tu amistad con Jesús (que se visibiliza en la amistad con tu familia, amigos, compañeros, vecinos…). La segunda, aunque no sea necesario confesarse antes de cada Comunión, es muy útil confesarse con cierta frecuencia. Es verdad que nuestros pecados son casi siempre los mismos, pero igual que limpiamos nuestra habitación al menos una vez por semana, aunque la suciedad sea siempre la misma, igual tenemos que hacer con el «alma» para preservar su belleza y que nos ayude a tener una conciencia más despierta y podamos madurar espiritualmente como personas.

–Mi catequista, me dijo –volvió a preguntarle Andrés– que Jesús está presente en la Eucaristía. Pero ¿cómo? Yo no lo veo.

–Benedicto XVI: Efectivamente hay muchas cosas que no vemos y, sin embargo, existen y, además, son esenciales. Por ejemplo, no vemos nuestra inteligencia; y, sin embargo, la tenemos. No vemos nuestra «alma» y, sin embargo, existe y vemos sus efectos, porque podemos hablar, pensar, decidir… Tampoco vemos, por ejemplo, la corriente eléctrica y, sin embargo, vemos la luz. Con frecuencia las cosas más profundas, que sostienen la vida y el mundo, no las vemos pero sentimos sus efectos. Tampoco vemos con nuestros ojos a Jesús resucitado, pero sentimos cómo cuando está El, las personas cambian, son mejores. No vemos realmente al Señor pero sentimos sus efectos: así podemos comprender que Jesús está invisible pero real en la Eucaristía.

–Todos nos dicen –le preguntó Julia– que es importante ir a misa el domingo. Nosotros iríamos muy a gusto pero nuestros padres no nos quieren acompañar porque el domingo lo aprovechan para dormir.

–Benedicto XVI: Con gran amor y respeto hacia vuestros papás que se desviven trabajando tanto por vosotros para ofreceros lo mejor, podríais vosotros mismos seducirles y arrastrarles haciéndoles cómplices de vuestra amistad con Jesús y lo importante que es rezarle a Dios por toda la familia.

–¿Para qué sirve –preguntó Alejandro– ir a misa cada día y recibir la Comunión?

–Benedicto XVI: Sirve para descubrir cuál es el centro de tu vida. Si Dios está ausente en mi vida, me falta una orientación, me falta una amistad esencial, me falta también la alegría interior que plenifica mi vida. No tendría la fuerza para crecer y madurar como persona y poder superar mis vicios y limitaciones. Su efecto no se ve enseguida. Se siente después. En los países donde el ateísmo ha gobernado durante muchos años; se han destruido las «almas», y también la tierra; y así descubrimos lo importante que es alimentarse de Jesús en la Comunión. Él es quien realmente nos da la luz y nos orienta en la vida.

–¿Qué es –preguntó Adriano– la adoración eucarística? ¿Cómo se hace?

–Benedicto XVI: La adoración es reconocer que Jesús es mi Señor, que Él me indica el camino mejor para ser feliz. Adorar es poder expresarle: “Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo”. También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo: “Yo soy tuyo y te pido que tú también estés siempre conmigo”.

Termino dandoos las gracias a cada uno de los comulgantes, a vuestros padres, hermanos, abuelos y familiares. También a los catequistas, sacerdotes, religios@s y a los profes de reli. Os animo, en este día de la Ascensión, a que hagáis presente a Jesús con vuestra vida en el mundo. Y os recuerdo, con palabras del Papa Francisco, que ningún río bebe su propia agua; ni los árboles comen sus propios frutos... El sol no brilla para sí mismo ni las flores esparcen su fragancia para ellas mismas. Vivir para los otros es una regla de la naturaleza. (...) La vida es buena cuando tú estás feliz; pero la vida es mucho mejor cuando los otros son felices por tu «culpa».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón