17 de febrero de 2017

Hace varios años me llamó la atención la afirmación contundente que me diera una famosa escritora, presentadora de televisión y actriz española: antes no hacía las cosas mal porque era «pecado», ahora porque temo que lo puedan «colgar en las redes». Me quedé «helado». Jesucristo te ofrece, en cambio, una motivación de fidelidad diversa, la excelencia, la santidad, el AMOR, como sentido nuevo de la ley. Compruébalo y decide tú mismo.

Jesús también utiliza como método pedagógico la antítesis: «Habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo…». En cada afirmación compromete su autoridad como Hijo de Dios. La clave es que Jesús no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. No desautoriza la ley de Moisés sino que va más allá, la perfecciona. La alternativa, aunque parezca paradójico, no es el incumplimiento sino su mayor exigencia y radicalidad, es decir, la excelencia que da sentido y plenitud a todo.

El amor sin límites a Dios y a los hermanos es la plenitud de la ley de Cristo; es la nueva justicia, la nueva santidad, la nueva fidelidad. El discípulo de Jesús, como nos recuerda Pablo, es introducido paulatinamente en esta sabiduría de Dios: una sabiduría misteriosa, escondida, que es don de Dios y que no es de este mundo; una sabiduría nueva, superior al conocimiento de los misterios paganos o de la filosofía mercantilista que impera en nuestros días. La sabiduría cristiana del Evangelio, en contraposición al conocimiento de los sabios y poderosos de este mundo, es el saber de los pobres de Dios, de los humildes y de los sencillos que optan por las «Bienaventuranzas del Reino». Y bajando al plano concreto, Jesús no se va por las ramas. Ofrece un modo de vivir nuevo, mucho más exigente pero, al mismo tiempo, más fecundo y plenificante:

Sobre el homicidio. Jesús defiende la vida humana desde su concepción y el derecho a la misma (cf. el quinto mandamiento). Condena no solo la privación de la vida física, sino también toda acción y sentimiento de malquerencia, hasta el punto de establecer el amor al prójimo como condición previa para el culto auténtico a Dios. Jesús enseña que el amor al hermano y el culto a Dios irán ya unidos inseparablemente; de suerte que para estar en orden con Dios hemos de estarlo primero con los hermanos.

Sobre el adulterio. Jesús defiende la plena fidelidad conyugal basada en el amor entre los esposos. Para Él es inmoral no solo el adulterio consumado sino también el deseo de cometerlo, o sea, el adulterio del corazón. El radicalismo de la enseñanza moral de Jesús queda patente en la exageración intencionada y consciente del ojo arrancado y de la mano cortada, como cómplices de los deseos del corazón.

Sobre el divorcio. Jesús defiende la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Restablece el orden que el Creador estableció al principio (serán los esposos «una sola carne») anulando la «tolerancia» de la ley de Moisés, sobre la que basaban su interpretación «de manga ancha» los maestros de Israel. La indisolubilidad del matrimonio que preconiza Cristo restablece la dignidad de la mujer y sus derechos y obligaciones en paridad con el varón. Éste gozaba de todos los privilegios al respecto, tan sólo con el libelo de repudio.

Sobre el perjurio. Jesús defiende la verdad, la sinceridad, la honradez y la lealtad. Excluye para el cristiano no sólo el incumplimiento del juramento hecho a Dios, sino también el mismo hecho de jurar por el cielo, por la tierra, por el templo de Jerusalén o por la propia vida, porque contra la mentira no hay más salvaguarda que vivir en la verdad y en la sinceridad de hermanos que saben que son hijos de Dios.

El hecho de que Jesús ponga la plenitud del Reino de Dios en el amor, que debe animar toda la vida del discípulo, indica la importancia del mismo. La ley es necesaria en toda sociedad civil o estado de derecho como expresión de las condiciones mínimas que hagan posible la convivencia y la salvaguarda de los derechos humanos; de otra forma se impondría la ley del más fuerte. También la comunidad eclesial tiene una ley primera y básica que es el Evangelio. Esta ley tiene la función de educar progresivamente al cristiano en el amor. Y cuando el cristiano llega a su plena madurez y perfección no se siente coaccionado por la ley; ésta le sobra. Por eso decía san Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Y san Juan de la Cruz, al final de la Subida al Monte, escribe: «Por aquí ya no hay camino; que para el justo no hay ley».

Ojalá que, cada uno de los creyentes del Alto Aragón, hagamos realidad que «más allá de la ley, está la excelencia del amor».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón