10 de febrero de 2017

Con estos aragonesismos —«anieblao» (dícese de la persona que no percibe debidamente la realidad), «jauto (dícese de quien es soso, insípido, insulso, apático), «esbafao» (dícese de la persona que ha perdido gas, fuerza, vitalidad)— quisiera reflejar la antítesis de los rasgos que definen al verdadero seguidor de Cristo.

La sal es la primera de las imágenes con que Jesús define a un verdadero discípulo suyo. La sal es un elemento familiar en cualquier cultura. Se ha empleado siempre para dar sabor a la comida. Incluso, hasta que apareció el «frío industrial», era prácticamente el único medio que había para preservar de la corrupción cualquier alimento, especialmente la carne.

En la cultura bíblica, la sal significaba además sabiduría. En las lenguas latinas los vocablos sabor, saber y sabiduría tienen la misma raíz y pertenecen a la misma familia lingüística. La sal se disuelve en los alimentos y les ofrece un sabor agradable. Esa es su condición: pasar desapercibida, pero eso sí, actuando eficazmente. Bella manera de expresar el cometido de todo cristiano: ser sal de la tierra, sal humilde, fundida, sabrosa, que actúa desde dentro, que no se nota, pero que es indispensable; hasta el punto que si se volviera sosa, lo cual es imposible, no serviría ya para nada. La lección que se desprende es un compromiso que nos lleva a mostrar el rostro auténtico de Dios, es decir, ser sal y sabor de la vida, ser fuente de esperanza y de optimismo ante el cansancio o el aburrimiento en el que estamos sumidos. Sublime tarea también la nuestra como creyentes: manifestar sin alardes ni presunción alguna, como Pablo de Tarso, la riqueza de una vida cristiana repleta de amor y compromiso con los demás, especialmente con los más jóvenes que son las primeras víctimas de este mundo «decadente» y saturado de violencia, de alcohol, de sexo sin control y sin amor, de drogas, como un escape fácil del vacío y de la soledad que experimentan. De un mundo necesitado de la alegría del compartir, que nos devuelva el sabor del presente y la ilusión del futuro.

La segunda imagen que define al verdadero discípulo de Jesús es la luz, que ilumina, calienta (enardece el corazón) y purifica (quemando nuestras miserias y pecados). El simbolismo de la luz tiene un largo recorrido bíblico que va desde la primera página del Génesis en la que se describe su creación por Dios, pasando por la columna de fuego que guiaba al pueblo israelita en su salida de Egipto, siguiendo por la luz de los tiempos mesiánicos anunciada por los profetas, hasta llegar a la LUZ plena que es Cristo Jesús.

En todo tiempo y cultura el hombre ha buscado la luz de la verdad para explicar su propio misterio. En todas las civilizaciones conocidas hubo y hay explicaciones filosóficas, leyendas y teorías sobre el origen del hombre, de la vida y de la existencia humana. La fe en Jesucristo es la luz del discípulo. Cada uno de nosotros tiene su propio historial de la luz que va, desde el cirio bautismal que se encendió al nacer hasta la luz pascual definitiva, pasando por nuestra vivencia e identidad cristiana expresada en cada uno de los sacramentos recibidos.

Para ser realmente sal de la tierra y luz del mundo hemos de vivir las actitudes básicas de las bienaventuranzas predicadas por Jesús. Por un lado, anunciando esa buena noticia del Reino que Cristo ha instaurado; y por otro, restableciendo la justicia como condición para la fraternidad y la paz, que erradica el hambre, la violencia, la marginación, la soledad, la opresión, la incultura, etc.

No debemos contentarnos con buenas palabras o con prácticas religiosas. La gente tiene que ver nuestras buenas obras y nuestra fe religiosa proyectada en la fraternidad y en el amor a los más desheredados.

Termino pidiendo al Señor, con la oración de J. J. Pérez Benedí, que nos «enchufe» en Cristo a todos los hijos del Alto Aragón para que viendo nuestras buenas obras, no se confundan, diciendo lo inteligentes o lo buenos que somos sino que unos y otros DEN GLORIA A DIOS:

«SABOR DE SAL & RAYO DE LUZ»

Al contemplar nuestro mundo

nos «duelen los sentimientos».

Olvidándose de Dios

los hombres caminan «ciegos».

Te despacharon, Señor,

de sus corazones buenos

y, a los «dioses del consumo»

adoran en «otros templos».

Son los «Grandes Almacenes»

las iglesias de este tiempo.

Allí se junta la gente

dando culto al «dios dinero».

Hoy, Jesús, a sus amigos,

nos invita en su evangelio,

a ser la «sal de la tierra»

y la «luz del mundo» entero.

Como sal que se disuelve

y da su vida en silencio,

hay que dejar en los hombres

un sabor, un gusto nuevo.

Tenemos que ser la «luz»

puesta sobre el candelero.

Que, al ver nuestras buenas obras,

alaben al Dios del cielo.

Señor, sol y medicina,

pon luz en nuestros senderos,

sazona nuestras heridas

con la sal de tu consuelo.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón