2 de diciembre de 2016

El cuarto domingo antes de Navidad se inicia el nuevo año cristiano. A partir de esa fecha la Iglesia te invita a celebrar el misterio de la fe de manera progresiva: adviento – navidad – cuaresma –semana santa – pascua – tiempo ordinario, para que descubras a Dios, sientas su cercanía y su cariño, experimentes su salvación y recuperes tu propia dignidad... Y, aunque pueda resultarte paradójico, vuelven a ser los más pobres y desvalidos (los «pastores» de ayer) quienes se dejan envolver y fascinar por tan inusitado MISTERIO de amor.

El pasado 27 de noviembre iniciábamos, con el adviento, este tiempo de gracia que nos ayudará a prepararnos con expectación a esta sorprendente visita. Los cristianos, como recordaba San Bernardo, no sólo conmemoramos el recuerdo entrañable de su primera visita, o nos preparamos para su visita definitiva al final de los tiempos, sino que celebramos y actualizamos la visita de Dios hoy al mundo, a tu país, a tu ciudad o a tu pueblo, a tu familia, a tu hogar, a tu corazón… Durante las cuatro semanas que dura el adviento viviremos con alegría contenida la espera de este huésped sorprendente que llena de paz y alegría tu vida.

De la mano de Isaías, de Juan el Bautista y de María nos adentraremos en el gran misterio del amor, «Dios se ha hecho tú para que tú seas Él allí donde te encuentres».

El evangelista Mateo describe en breves trazos la figura de Juan Bautista como la de un profeta auténtico y coherente. Su poder de fascinación sobre la gente no fue tener un estilo lisonjero ni halagador, sino más bien su talante austero, penitencial, radical, servidor insobornable de la verdad, sincero hasta la dureza y hasta la falta de diplomacia. Su lenguaje, su atuendo, su menú y su hábitat nos hablan de un hombre carismático y exigente, que es el primero en vivir el mensaje de conversión que proclamaba. El contenido central de la predicación de este inconformista, de estilo netamente penitencial, es claro y rotundo: la conversión, palabra que hoy hemos logrado «descafeinar».

La disposición previa para el cambio total que pide la conversión es saberse frágil, vulnerable, humilde, necesitado del bálsamo (perdón) de Dios… Justo lo contrario de lo que hacían los dirigentes del pueblo (fariseos, saduceos, escribas, letrados, sumos sacerdotes, etc.) que buscaban su propia coartada aunque, a la larga, fuera descubierta y desenmascarada. Necesitamos convertirnos continuamente para preparar la llegada del Señor a nuestra vida y vivirla con coherencia. Pero ¿de qué nos tenemos que convertir?, se preguntarán muchos, extrañados. Del pecado que anida en nuestro corazón y que tiene múltiples manifestaciones, como por ejemplo: el egoísmo, la soberbia, la agresividad, la violencia, la lujuria, la mentira, el desamor, la hipocresía, la apatía, la desesperanza, etc., y llegar a ser altruistas, generosos, humildes, pacíficos, castos, serviciales, acogedores, sinceros, testigos de la esperanza. Sin olvidar los pecados de omisión, pues cuánto bien y cuánto testimonio cristiano dejamos de hacer por cobardía, por comodidad o por pereza.

Es hora de espabilarse / de despertar del sueño.

Ya es hora de abrir los ojos / de ver la luz.

Ya es hora de levantarse / de reconocer la aurora.

Ya es hora de contemplar la salvación / de percibir lo nuevo.

Ya es hora de descubrir la presencia de Dios / de aceptar la salvación.

Ya es hora de hacer un sitio a Dios / de acoger la salvación.

Ya es hora de decir sí a Dios / de dejar atrás el pesimismo.

Ya es hora de poner la mano en las obras del reino / de comprometerse un poco más.

Ya es hora de dejar las tinieblas / de comenzar a sentir la presencia de Dios.

Ya es hora de abrir las puertas cerradas / de dar la palabra a los sin voz.

Ya es hora de romper el miedo / de atravesar el túnel y dejar la noche.

Ya es hora de mirar con esperanza / de despertar

La luz del día está encima.

¿No veis que Dios lo llena todo?

¿No veis que Dios está naciendo en cosas sencillas?

¿No sentís que todo habla de Dios?

¿No sentís que Dios está llamando a la puerta

¿No sentís que Dios tiene un sitio aquí?

¿No sentís su brisa, su trueno, su voz?

¿Qué signo de esperanza eres tú para el mundo?

¿Qué signo de esperanza descubren en tu vida? 

Con mi afecto y bendición

 

Ángel Pérez Pueyo

 

Obispo de Barbastro-Monzón

 

 

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