11 de noviembre de 2016

En nuestra Diócesis hemos decidido anticipar a este domingo la clausura del año de la misericordia para que sea el Papa Francisco, el día de Jesucristo Rey del universo, quien tenga la última palabra y ponga el broche de oro a este año de gracia.

Aunque cerremos la «puerta santa» de la catedral de Barbastro y de Monzón, de la Iglesia parroquial de San Pedro Apóstol en Fraga y de San Miguel en Graus o la del Santuario de Torreciudad, os invito a cada creyente a que dejéis entreabiertas las puertas de vuestro corazón —como «templos vivos de Dios» que sois— para que los que no hayan regresado todavía a casa, sientan que los seguimos esperando. Perdón, que vean realmente que hemos salido a buscarlos, allí donde se encuentren.

A pesar de que el próximo domingo se concluya el año litúrgico y se clausure oficialmente este tiempo de gracia, a los cristianos de la Diócesis de Barbastro-Monzón nos gustaría constituirnos en verdaderos «apóstoles de calle», propagando la «revolución de la ternura» en el corazón de cada uno de los hijos del Alto Aragón, es decir, irradiando el rostro del Padre que —como bien hemos podido experimentar en carne propia— tiene además entrañas de madre.

Ser «apóstol de calle» significa saberse amado y enviado, no sólo por tu obispo, sino por Dios mismo para que ninguno de sus hijos «se pierda». Esto implica mostrarles su verdadero rostro, lo que nos quiere y lo que está dispuesto a seguir haciendo por nosotros. Que experimenten su cercanía y su ternura, que está dispuesto a acogernos y cargar con nuestras heridas, curarlas y ayudarnos a que cicatricen, a ponerse en nuestro lugar, especialmente en los momentos más difíciles.

Ser «apóstol de calle» conlleva ser «sal y luz», es decir, dar sabor a la vida, iluminar, dar calor y color a cada cosa, «quemando», por otra parte, lo que nos impide ser nosotros mismos. Jesús, nos invita a colaborar con Él, mostrándonos que sólo dándose uno gratuitamente llega a descubrir el secreto mejor guardado de la humanidad, que sólo El llena realmente la vida de toda persona y es el garante de la verdadera felicidad. No hay que hacer nada especial. Simplemente ser coherente, esto es, ser tú mismo. Siempre. Y desvelar al Dios que uno lleva dentro.

Ser «apóstol de calle» implica ser valientes, es decir, ser claros y coherentes. Sin dudas ni ambigüedades. No te estoy diciendo que esto sea lo corriente ni lo más fácil pero, te aseguro, que resulta fascinante porque implica el riesgo de vivir a la intemperie, sin cobijo ni protección frente a los obstáculos de nuestro mundo y nuestra sociedad. Tener que vencer el miedo al qué dirán, la vergüenza de ser cristiano (amigo íntimo de Jesús), a que te señalen o te ninguneen… pero, a cambio, experimentarás un «subidón» en tu autoestima al descubrir que, pase lo que pase, sólo el Señor es quien respeta y garantiza tu propia y verdadera dignidad y libertad.

Ser «apóstol de calle» es, en definitiva, ser testigo de Jesucristo ante los demás, es decir, que te reconozcan por tu amor a los demás, por pasar por la vida haciendo el bien, por tu alegría de haber recibido este gran don y ser capaz de contagiarla a quienes nos rodean.

Esta es nuestra «revolución», cambiar el mundo con ternura. Servir de bálsamo de todo corazón herido, roto o vacío.

La cruz con el estigma que nos ha servido como cuasi «sacramental de la misericordia» en nuestra Diócesis, vamos a remodelarla creando un nuevo logo que identifique nuestra Diócesis de Barbastro- Monzón como una Iglesia en salida, misionera y martirial, que anhela contar con una ingente patrulla de intrépidos «apóstoles de calle» que logren difundir en cada rincón de la Diócesis la «revolución de la ternura». El boceto de este logo se repartirá en la celebración eucarística de este domingo en la con-catedral de Monzón para que nos hagáis llegar las sugerencias que debemos tener en cuenta para que nos sintamos discípulos y misioneros, «apóstoles calle», que inviten a cada uno de sus hijos a regresar a casa, donde la mesa está servida, caliente el pan y envejecido el vino. Y compartir anticipadamente la fiesta del reencuentro con el Padre que nunca dejó de creer en nosotros y en esperar nuestra vuelta.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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