4 de noviembre de 2016

«Cuentan que unos gemelos hablaban entre sí en el vientre materno.

La hermana dijo al hermano:

-Creo que hay vida después del nacimiento.

Su hermano protestó con vehemencia.

-No, no, esto es todo lo que hay. Éste es un lugar, aunque oscuro y cautivo, acogedor. No tenemos otra cosa que hacer que aferrarnos al cordón que nos alimenta.

La niña insistía.

- Tiene que haber algo más que este lugar oscuro. Tiene que haber otra cosa, un lugar con luz donde haya libertad de movimientos.

Pero no pudo convencer a su hermano. Después de un rato de silencio, la hermana dijo tímidamente.

- Tengo algo más que decir, y temo que esto tampoco lo creerás, pero me parece que hay una «madre».

Su hermano se puso furioso.

- ¡Una madre! -gritó- ¿De qué estás hablando? Nunca he visto a ninguna madre, y tú tampoco. ¿Quién te ha metido estas ideas raras en la cabeza? Ya te lo he dicho, este lugar es todo lo que tenemos. ¿Por qué siempre quieres más? Éste no es un lugar tan malo, después de todo. Tenemos todo lo que necesitamos para subsistir, así que quedémonos satisfechos.

La hermana estaba bastante abrumada por la respuesta del hermano y no se atrevió a decir nada más durante un buen rato. Pero no podía abandonar sus pensamientos, y como para hablar sólo tenía a su hermano, dijo por fin:

- No notas estos apretones de vez en cuando? Son bastante molestos y a veces, incluso dolorosos.

--contestó él- ¿Qué tienen de especial?

- Pues bien -dijo la hermana-, yo creo que estos apretones están para que nos preparemos para otro lugar, mucho más hermoso que éste, en el que veremos a nuestra madre cara a cara ¿No te parece emocionante?

El hermano no contestó. Estaba harto de tonterías que contaba su hermana y le parecía que lo mejor que podía hacer era ignorarla y esperar que le dejara en paz»

Cuando leí esta hermosa alegoría descrita por Henri J. M. Nouwen me pareció una imagen potente pero, sobre todo, muy verosímil para entender las lecturas proclamadas este domingo y lo que hemos celebrado litúrgicamente esta semana, al conmemorar la fiesta de todos los santos y de los fieles difuntos. Nuestra vida, aquí en la tierra, se halla envuelta como en una «bolsa amniótica» que es alimentada y sostenida por la madre a través del cordón umbilical. Sólo cuando la madre alumbra al hijo de sus entrañas, aunque sea de forma traumática, es cuando éste puede realmente ver el rostro de su madre. Así nos sucederá análogamente con Dios al que únicamente barruntamos hasta que un día lo podamos ver cara a cara. La muerte, no es el final sino el pórtico de la VIDA.

El cielo -como sugería Susana Tamaro- es un «ámbito» donde viven las personas «transparentes». Porque todo lo que existe, en un cierto momento, cambiará de estado… pasará por una «puerta» a otro mundo, el mundo de la LUZ y allí vivirá para siempre. Allí todo vive en la LUZ del amor de AQUEL que las ha creado. Sólo el ser humano, capaz de abandonarse en Dios, es la única criatura que realmente está «amenazada», no de muerte, ni de vacío, ni de sin sentido, sino de vida y de resurrección. Nada se pierde para siempre. Cuando, el día menos pensado, cambiemos de «estado» y vayamos al cielo viviremos eternamente en la LUZ de Aquel que un día nos creó por amor.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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