28 de octubre de 2016

Hace unos meses, con lágrimas en los ojos, una joven me confesaba decepcionada que, entre sus cientos de «amigos» y «seguidores» del facebook, únicamente había recibido tres «me gusta», aquel día. Fue entonces cuando me percaté —dada mi impericia digital— que cuando alguien te mandaba un mensaje había que corresponder clicando «me gusta». Hasta entonces sólo me había limitado a comentar o compartir algunos de los «tropecientos» que me llegan cada día. Aquella tarde, al terminar la conversación, me dediqué a cliclar los mensajes atrasados para evitar que nadie pudiera sentirse «ninguneado».

¡Qué dura debe resultar —bromas aparte— una jornada en la que nadie te llame, te recuerde, te diga una palabra o piense en ti…! ¡Cada vez son más las personas que, teniéndolo todo, sienten su alma herida o deshabitada!

¡Vivir sin amar —como afirmó el cardenal G. Ravasi—es una desgracia; pero vivir sin ser amado es una verdadera tragedia! Drama que, como Zaqueo, viven muchísimas personas, de cualquier edad, sexo o estatus social, hasta que se encuentran personalmente con Jesucristo, lo hospedan en su casa y —deponiendo toda autosuficiencia— se dejan abrazar por Él. Sólo entonces —como si de una nueva oportunidad se tratara— descubren cuál era su verdadera identidad y su dignidad personal.

Sólo el AMOR de Dios es capaz de cambiarnos desde dentro. Sólo Dios, único y verdadero AMOR, puede hacerse el encontradizo con nosotros. Quien más quien menos ha constatado en carne propia que la inteligencia sin amor, te hace perverso; que la justicia sin amor, te hace implacable; que la diplomacia sin amor, te hace hipócrita; que el éxito sin amor, te hace arrogante; que la riqueza sin amor, te hace avaro; que la docilidad sin amor, te hace servil; que la pobreza sin amor, te hace orgulloso; que la belleza sin amor, te hace ridículo; que la verdad sin amor, te hace hiriente; que la autoridad sin amor, te hace tirano; que el trabajo sin amor, te hace esclavo;  que la sencillez sin amor, te envilece; que la oración sin amor, te hace introvertido; que la ley sin amor, te esclaviza; que la política sin amor, te hace ególatra; que la fe sin amor, te hace fanático; que la cruz sin amor, se convierte en tortura; que la vida sin amor, no tiene sentido.

¡Llega hasta el fondo de tu ser como Zaqueo! ¡Atrévete a descubrir tu sueño de futuro, tus cualidades y recursos! ¡Atrévete también a mirar de frente tus miserias y defectos! Vuelve sobre tu propia historia, trata de encontrar su significado y el misterio de vida que ella encierra. En la base de la aceptación de uno mismo y del cambio radical, está el saberse querido por Jesús. Sólo Dios puede amarnos sin condiciones.

Perdona mi osadía al invitarte a que recrees en carne propia el final del pasaje evangélico: ¿qué te quita realmente la paz?; ¿qué te impide ser tú mismo (feliz)?; ¿qué te dificulta hacer la voluntad de Dios (llevar a cabo su sueño)?; ¿por qué tantas condiciones y seguridades?

Y ponte de pie ante Jesús, como Zaqueo, y dile:

?Señor, si de alguno me he aprovechado o lo he defraudado (…) estoy dispuesto a restituirle comportándome de esta o de aquella forma (…).

Y escucharás de labios de Jesús: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, la felicidad y la plenitud de sentido a tu vida, pues también tú eres hijo de Dios que me encargó que saliese a buscarte”.

En Zaqueo descubrimos que es posible un cambio total de mentalidad y de conducta, es decir, una conversión auténtica. Su pequeña estatura (catadura moral, social, económica y política) da la talla de gigante gracias al amor, que lo libera de su egoísmo explotador. La fe no es mera utopía ni opio que adormece la conciencia sino una verdadera y radical liberación. Renuncia a la codicia y a la explotación de los demás, compartiendo generosamente todo lo que tiene.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón