21 de octubre de 2016

Hace unos días me enviaron el discurso de despedida que pronunció Bryan Dyson, Presidente de Coca-Cola, cuando se jubiló. No tiene desperdicio: La vida es como un juego en el que estás «malabareando» cinco bolas. A saber, tu trabajo, tu familia, tu salud, tus amigos, y tu vida espiritual. Debes mantenerlas siempre en el aire. Pronto te darás cuenta que el trabajo es como una bola de goma. Si la dejas caer, rebotará y regresará. Pero las otras cuatro bolas: familia, salud, amigos y vida espiritual son frágiles, como de cristal. Si dejas caer una, irreversiblemente saldrá marcada, mellada, dañada e incluso rota. Nunca volverá a ser lo mismo.

Debes apreciar y esforzarte por conseguir y cuidar lo más valioso. Trabaja eficien­temente en el horario regular de oficina y deja el trabajo a tiempo. Dale el espacio necesario a tu familia y a tus amigos. Haz ejercicio, come y descansa adecuadamente. Pero, sobre todo, crece en tu vida interior, en lo espiritual, que es lo más trascendental, porque es eterno (…) Los problemas no lo son, siempre tienen solución. Lo único que no se resuelve es la muerte. La vida es corta, ¡por eso ámala! Vive intensamente y recuerda que antes de hablar, escuchar; antes de escribir, pensar; antes de criticar, examinar; antes de herir, sentir; antes de orar, perdonar; antes de gastar, ganar; antes de rendirte, intentarlo de nuevo. Y ANTES DE MORIR…¡¡VIVIR!!»

Me ha conmovido su lucidez. Y me alegra que un hombre de negocios, Presidente de la más prestigiosa empresa del mundo, no sólo incluya la dimensión de trascendencia (Dios) entre las coordenadas que configuran la vida de todo ser humano sino que la valore sobre las demás por su carácter de eternidad.

A ver si resulta que lo «progre» y lo «moderno» va a ser lo que otros tratan de erradicar de la vida social, cultural, económica y política, reduciéndolo al ámbito estrictamente privado. Presiento que las próximas generaciones van a recriminar a sus propios padres que los hayan «estafado» privándoles de la dimensión de trascendencia (Dios) como algo constitutivo del ser humano.

La supuesta «sociedad del bienestar» lo único que ha conseguido, hasta ahora, ha sido hacernos más frágiles, vulnerables y dependientes… fracturando a la humanidad y dejando por el camino muchísimas personas empobrecidas y excluidas.

Con humildad y tesón, aprovechando que celebramos hoy el DOMUND (Domingo mundial para la evangelización de los pueblos) tendríamos que ir desenmascarando ciertos tópicos que han conducido a la humanidad a esta «anemia espiritual». Las claves, a mi corto entender, podrían ser estas dos:

1º) que lo propio del ser humano es la vocación a la comunión en el amor y la libertad

y 2º) que vivir no es competir sino «ser para los demás», vivir para que los otros vivan. Son los demás quienes realmente hacen posible mi propia realización y felicidad.

Nuestra evangelización debería pasar por ofrecer un Proyecto de humanización y felicidad que se sustentase en los valores del Evangelio, la buena noticia que nos dejó Jesucristo. A nosotros, como evangelizadores, nos tocaría encarnarlos en la vida cotidiana, buscando que las personas viviesen con dignidad y justicia. Esta misión tiene que ser necesariamente coral (comunitaria).

La fe es un don y forma parte de nuestro patrimonio más preciado. Es la mejor herencia que nos dejaron nuestros abuelos. Creer —como describe bellísimamente el Papa emérito Benedicto XVI—no es otra cosa que, en la noche del mundo, tocar la mano de Dios y así, en silencio, escuchar la Palabra, ver el Amor.

Conocer y amar a Jesucristo nos permite comprender y amar mejor nuestra cultura. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, el calendario, las procesiones, las peregrinaciones y multitud de elementos culturales de nuestros pueblos tienen en Jesucristo su punto de referencia más significativo. Felicito a los jóvenes que han escogido libremente la clase de religión como ayuda para conocer la cultura y valores de nuestro pueblo y al mismo tiempo conocer y apreciar otras culturas y religiones.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón