23 de septiembre de 2016

En cierta ocasión un periodista le preguntó a un insigne sabio:

–¿Qué es lo que más le sorprende de la humanidad?

–Que los niños se aburran, le contestó de inmediato.

–¡No entiendo... si tienen de todo!

–Perdón. No me he debido explicar bien. Me sorprende que las personas quieran crecer muy rápido para llegar a ser «niños» después. Que pierdan la lozanía tratando de hacerse ricos para gastarse el dinero en recuperar la salud que tenían. Que añoren el pasado, olvidando el presente, y no acierten a vislumbrar el futuro. Que vivan como si nunca se fueran a morir y se mueran sin haber vivido (felices)…

La gran lección de la vida nos la dejó Jesucristo, nuestro Maestro: ¡déjate querer, déjate abrazar, déjate sanar… por Dios! Es verdad que en la vida uno no puede obligar a otro a que te quiera pero sí puedes dejarte querer. No es más rico quien más tiene o quien menos necesita sino quien más comparte, quien hace de su propia vida una verdadera ofrenda de amor a los que la sociedad «descarta». Aunque pueda resultarte paradójico, el dinero puede comprarlo todo menos la felicidad. Quien más quien menos ha experimentado en carne propia que lo más valioso en la vida no es lo «QUE TENEMOS» sino «A QUIÉN TENEMOS». Las personas con las que te relacionas, a través de las cuales se vislumbra el amor que Dios te tiene, son tu verdadero «tesoro».

Dios no es insensible a tu dolor, a tu sufrimiento, a tus inquietudes o a tus preocupaciones… Dios no está ausente de tu vida, aunque ni lo veas ni lo creas. No se muestra indiferente a tus anhelos y deseos. Se identifica con tu vida. Sufre contigo y sufre como tú. Goza contigo y sueña como tú.

La muerte, el sufrimiento, la enfermedad… no tienen la última palabra ni pueden ser percibidas como un fracaso cuando uno las ofrece por los demás. La salvación se tornará en triunfo para los que eran tenidos como «perdedores», «excluidos», «descartados», «pobres»… Así es el rostro misericordioso de Dios que hace justicia a los pobres, abandonados, otorgándoles lo que el mundo les negó. La soledad, que desgraciadamente viven tantas personas, es nuestro peor «infierno».

Termino con este elocuente poema de Nicanor Parra, poeta chileno, que indefectiblemente leo en cada matrimonio que celebro:

 

 

«Poco

a

poco

me

fui

quedando

solo.

Imperceptiblemente:

poco

a

poco.

Triste es la situación

del que gozó de buena compañía

y la perdió por un motivo u otro.

No me quejo de nada: tuve todo

pero

sin

darme

cuenta

como un árbol que pierde una a una sus hojas

fuime

quedando

solo

poco

a

poco».

 

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

Joomla SEO powered by JoomSEF