17 de junio de 2016

Los cristianos también nos cuestionamos cómo afrontar la crisis global o el «cambio de época» que nos está tocando vivir. Nuestra respuesta sigue siendo el humanismo inspirado en los valores del Reino que nos dejó Jesús de Nazaret. Su modo de ser y de actuar, siempre fresco, nos ayuda a ser más libres, auténticos, felices y fecundos. Es lo que realmente continúa llenando de sentido y de plenitud la vida de tantísimas personas.

Basta con que nos preguntemos ¿qué nos está pasando?, ¿por qué con los ingentes recursos que tenemos se produce tanta injusticia, tantos empobrecidos, tantos excluidos?, ¿por qué resulta tan difícil respetar la dignidad del ser humano?... para que nos percatemos, sin engaños ni falacias,  de que la verdadera crisis que aqueja a la humanidad en el siglo XXI es antropológica, es decir, del modelo de hombre y de mujer que subyace. Es la advertencia profética que nos viene haciendo el Papa Francisco.

La economía, que debería estar al servicio del hombre, se ha constituido en el criterio último desde donde se organiza toda la vida social y cultural y esto ha producido una crisis económica que está generando  unas consecuencias muy graves:

Pensemos, por ejemplo, en el trabajo. Se había logrado que fuera un bien y un derecho de todo ser humano pero hoy se organiza en función de la máxima rentabilidad. El resultado, como nos ha advertido el Papa Francisco, es el descarte, la explotación, la injusticia, el incremento de empobrecidos. Convierte a la persona en mercancía, negando su dignidad como persona y deformando la humanidad. La vida social se organiza en función de la producción y del consumo y esto conlleva una deformación social que obliga a las personas y a las familias a adaptarse y someterse al sistema.

La cultura también se ha deformado dificultando nuestra realización personal. Para poder impulsar el sistema de producción y consumo, esta cultura «fabrica» personas adaptadas a su funcionamiento. Emerge, así, una cultura economicista: individualista y hedonista.

¡Buenos sí, pero no ingenuos! ¡Que no te vivan la vida! La matriz cultural de nuestra sociedad, lo reconozcamos o no, es de productores y consumidores. La cultura que nos ofrecen constituye un proyecto de realización y felicidad humana que nos deshumaniza. Los rasgos que definen esta cultura son el individualismo, el hedonismo, el consumismo, el relativismo y el subjetivismo. La consecuencia práctica es que ha emergido en la humanidad un ferviente secularismo, que no sólo nos insta a vivir como si Dios no existiera sino también a vivir sin los demás. Te  dejan perdido en la «jungla», a merced de tu propio interés y capricho.

Creo que los cristianos, aunque para muchos resulten arcaicos o moles­tos, tienen otra propuesta de realización y de felicidad humana. Más allá de los errores que a lo largo de la historia se hayan podido cometer, considero que otra forma de sentir, pensar y actuar es posible. Los rasgos fundamentales de este modo de vivir son, entre otros, la libertad (que todo el mundo esgrime hasta que alguien afronta cualquier temática religiosa y entonces se vuelven intolerantes), la comunión (buscar el bien común, el interés de los demás es lo que más nos humaniza), el servicio a los más desfavorecidos, la dignidad de la persona, la fraternidad (formamos parte de un proyecto común fascinante)… que constituyen la vocación propia de todo ser humano. Vivir para el otro, consciente de que no es mi competidor sino mi hermano, que me complementa y me plenifica cuando le tiendo la mano.

Ruego al Señor, como pedía el Papa Francisco, que nos regale políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres. Que vivan la política como una altísima vocación de servicio a todos ya que es una de las formas más preciosas de la caridad.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón 

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