27 de mayo de 2016

Nunca con una simple letra del abecedario habías podido enjugar tantas lágrimas, ni habías podido ofrecer tanto consuelo o esperanza, ni habías podido obrar tantos «milagros»… como con la « X » que has colocado en dos casillas de tu Declaración de la Renta: la del sostenimiento de la Iglesia Católica y la de Fines Sociales. Nunca con tan poco esfuerzo habías logrado multiplicar tanto tu dinero ni proporcionar tanta felicidad.

Pero más allá de las cifras, afortunadamente en alza, me gustaría que hoy sintieses el «escalofrío» que recorrería tu cuerpo si quien llamase a tu puerta fuese alguien afectado que venía para darte las gracias por este gesto, aparentemente imperceptible pero tan eficiente como fecundo.

Permíteme que sea tu obispo quien llame en esta ocasión a la puerta de tu corazón para decirte GRACIAS en nombre de tantos rostros anónimos, cuyas vidas han recobrado su dignidad como personas  y sus «historias» han podido tener un final feliz, merced a tu solidaridad.

Simplemente GRACIAS a quienes, adornados por el Señor con sus mismas entrañas de misericordia, ofrecéis el % de vuestra renta en favor del sostenimiento de la Iglesia y de los diferentes programas solidarios que ella impulsa; GRACIAS a quienes regaláis además vuestro tiempo como voluntarios (Cáritas, Manos Unidas, Frater, Misiones, etc.); GRACIAS a los que realizáis vuestra tarea humanizadora-divinizadora en la Iglesia Católica a través de la atención personal y familiar, de la educación y vivencia de la fe (celebración de los sacramentos), de la asistencia a los enfermos y ancianos, a los niños, adolescentes y jóvenes… a través de tantos sacerdotes, consagrados, laicos, catequistas, animadores de la comunidad, profesores de religión, monitores de grupos juveniles o apostólicos, movimientos, cofradías, «Prelatura Personal»…; GRACIAS a quienes ayudáis a gestionar estos recursos económicos y humanos que recibimos para que lleguen de forma justa y equitativa a cada uno.

Tu ayuda, sea del tipo que sea, no sólo se transformará en felicidad y se multiplicará, por tantos que necesitan tanto, sino que trascenderá el tiempo y el espacio. Detrás de cada gesto que tengas con los demás, por insignificante que parezca, emergerá una historia conmovedora que te dignificará y te plenificará. Que llenará de sentido tu vida.

Esta es la «revolución»  que estamos impulsando en la Diócesis. Nuestra única «arma», la ternura de Dios: «amar hasta que duela» y servir radicalmente a cada uno, especialmente a quien más lo necesite. La clave, hacerlo como Él, en silencio, sin hacer ruido, sin buscar aplausos, honores o distinciones. Así lo ratificaba el Papa Benedicto XVI al iniciar su Pontificado: «al mundo no lo salvan los crucificadores sino los crucificados». De ello tenemos probada experiencia en nuestra tierra.

Aunque no siempre hemos sabido estar a la altura, reconocerlo y pedir perdón cuando fallamos, ni nos deshonra ni nos degrada. Al contrario, creo que nos ennoblece porque nos ayuda a descubrir con humildad nuestra frágil condición y la necesidad de contar siempre con el Señor. Esto, sin embargo, no nos impide reconocer que la Iglesia es realmente un bien «ecológico» para la humanidad, no sólo por su actividad celebrativa (celebra los momentos vitales de cada persona), pastoral, educativa, evangelizadora, cultural, caritativa y asistencial, sino también por los valores humanos y trascendentes que ofrece a la humanidad.  Y le permite, paradójicamente, a cada persona sentirse más libre, más auténtica y más feliz. También más fructuosa.

Ojalá que a través de este trabajo, callado pero fecundo, sepamos «replantar» a Dios en el corazón humano, sembrar en nuestros jóvenes el anhelo de servir, de «amar hasta que duela», de ser bálsamo, buena noticia (evangelio) en toda nuestra Diócesis.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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