6 de mayo de 2016

El Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española nos sugiere, como motivación de la Campaña de la Pascua del enfermo, el texto evangélico: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).

Aunque pueda resultar paradójico, el evangelista Juan, según comenta el cardenal Martini, trató de desvelar el sentido trascen­dente de todo y de adentrarnos en el Misterio: sólo Dios es capaz de hacer nuevas todas las cosas. En María se vislumbra no sólo su ternura o su capacidad de mediación sino la confianza en la misericordia de Dios: “Haced lo que Él os diga”. La fe no elimina las contrariedades, ni resuelve las dificultades. La fe no nos libra de la enfermedad, ni del dolor, ni de la muerte, pero nos ofrece la clave para descubrir en Jesucristo el sentido integral de nuestra sanación (salvación).

Juan comienza su Evangelio describiendo una semana intensa. Si leemos el capítulo primero y sumamos los días, «tres días después» es cuando se celebra la boda en Caná de Galilea. Justo el día sexto será cuando Dios cree al hombre y a la mujer y cuando Jesús manifieste su Gloria en Caná de Galilea. Con este simbolismo cronológico el evangelista intenta desvelar la verdadera misión de Jesús: restaurar la humanidad caída por el pecado y llevarla a su culminación (plenitud). La Gloria de Dios refleja el amor con que se acerca al hombre para restaurar su primigenia condición de hijo muy amado.

Con la expresión: «No tienen vino», Juan trata de poner de manifiesto lo fácil que resulta que se desbaraten nuestros cálculos y proyectos perso­nales. La fiesta de bodas está a punto de estropearse. Inexplicable­mente, donde se preveía alegría, plenitud de amor, fiesta nupcial, felicidad total, de repente, se revierte la situación. Falla la previsión humana, se agotan los recursos: el hombre y la mujer se sienten perdidos, incapaces, impotentes, no saben qué hacer. Viven una experiencia de cerrazón y de bloqueo. Lo fácil ahora es echar la culpa al otro. Justificarse. El cansancio, el desgaste de la vida diaria, las diferencias de carácter, etc. servirán de perfecta coartada para no aceptar nuestra propia responsabilidad.

La Eucaristía es la transformación del agua en vino, de la fragilidad en fortaleza. Es el don del Espíritu, el único que nos da la certidumbre de ser capaces de amar. La Eucaristía es la fuerza que alimenta toda forma de amor y que crea unidad. La Eucaristía es la manifestación de la «Gloria de Dios». De la Eucaristía nos viene todo consuelo, paz y alegría.

¡Qué bueno que invitemos a María no sólo durante este mes de mayo a nuestro «hogar», a nuestra «familia», a nuestra «Diócesis»…! ¡Qué bueno que nos ofrezcamos como «tinajeros» solícitos cuando escasee el «vino», la «alegría», la «fiesta», la «solidaridad» en nuestro entorno!

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

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