22 de abril de 2016

Cada día estoy más persuadido de que la enfermedad más grave que aqueja hoy al ser humano es la «miopía». Cuenta Mamerto Menapace, en uno de sus libros, que un hombre al llegar al cielo se sorprendió de que no hubiera ninguna puerta. Movido por la curiosidad fue pasando por las distintas dependencias hasta que llegó al despacho de Dios. Sobre el escritorio encontró unas gafas. No pudo resistir la tentación y al ponérselas sintió vértigo. ¡Qué claro se veía todo! El dolor de los enfermos, las dificultades de los pobres, las inquietudes de los jóvenes por su futuro, la soledad de los ancianos, los intereses de los poderosos, la incertidumbre de los refugiados, la ternura de los enamorados, el amor de los esposos y la solicitud por sus hijos, las promesas de los políticos, la honestidad de tantos hombres y mujeres en el trabajo y en la vida…  Enseguida le vino a la mente qué estaría haciendo su socio en la financiera. Al ver que estaba intentando estafar a una viuda, invadido por un profundo sentimiento de justicia, agarró un taburete y se lo lanzó con tan buena puntería que le dio en la cabeza y lo tumbó.

En este momento todo el cielo se llenó de algarabía. Era Dios que volvía de paseo con sus ángeles. Sobresaltado, dejó las gafas y trató de esconderse. Pero Dios ya se había dado cuenta y con picardía le había hecho comprender que echaba de menos el taburete. Al verse descubierto, trató de excusarse por haber entrado sin permiso en su despacho y haber utilizado sus gafas. 

No, no, dijo Dios. No me molesta que hayas entrado en mi cuarto. Ya ves que en el cielo no hay puertas. Todo es transparente. Tampoco me importa que hayas usado mis gafas. ¡Cuánto daría porque todos mirasen el mundo como yo lo miro! Lo que echo de menos es un taburete que había aquí. 

–Se lo lancé a mi socio, replicó. He descubierto que es un usurero. Estaba tratando de estafar a una pobre viuda.

–Vuelve a por él, le dijo Dios. Hay un secreto que debes conocer. Sólo podrás utilizar mis gafas cuando estés plenamente seguro de tener mi corazón.

¡Cómo me gustaría que cada uno de los hijos del Alto Aragón, pudiera adquirir estas  «gafas de Dios» no sólo para tener su «visión providente» de las cosas, de los acontecimientos y de las personas sino también para que tuviésemos sus mismas «entrañas» que nos hicieran  sentir como propio el dolor ajeno y fuésemos bálsamo, medicina, caricia de Dios… que lo alivia y lo sana!

La semana pasada dábamos gracias a Dios por cada una de las vocaciones, -al ministerio ordenado (diáconos, presbíteros, obispos), a la vida consagrada y al apostolado laical-,   por ser para el mundo un auténtico regalo, don y gracia. Y nos comprometíamos a promoverlas y sostenerlas con nuestra ayuda económica y con nuestra oración, especialmente las vocaciones nativas (a los seminaristas y novici@s en tierra de misión).

Es Dios mismo quien va trazando la ruta de cada uno de sus elegidos. Sin embargo, trabajar por las vocaciones sacerdotales, como diría Mosén Sol, sigue siendo «la llave de la cosecha» porque es ir al origen mismo del bien, a la raíz de todo apostolado. Nos hace descubrir que es el medio más eficaz para la promoción de todos los demás campos pastorales, de cada uno de los carismas con que Dios ha adornado a sus hijos.

Esta es la razón por la que nos urge descubrir entre los jóvenes de nuestras comunidades cristianas, movimientos, cofradías, grupos apostólicos… a aquellos a quienes el Señor ha dotado con las cualidades necesarias. Animarles a que den el paso cuando la Iglesia se lo ofrezca, sostenerlos y prepararlos adecuadamente para que sean hombres recios, creyentes firmes y pastores santos. Los sacerdotes, sin duda, son «un bien ecológico» para todos. Nos ayudan a descubrir nuestra verdadera identidad, esto es, lo que somos y significamos para Dios. Su vida y ministerio nos permiten «abrir los ojos», mirar a las personas desde adentro y desde arriba, en toda su profundidad y anchura.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

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