1 de abril de 2016

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

¡Consolar al triste!

«Una sonrisa cada día» era más que suficiente para que aquel anciano pudiera seguir viviendo. Hay historias que te conmueven y que bien valen toda tu vida ministerial (sacerdotal o episcopal). La historia, que a buen seguro os conmoverá a más de alguno, la presencié en una residencia de ancianos. Había una sección de infecciosos celosamente separada del resto por una reja. Dentro de aquel recinto todo era rabia, desesperación, impotencia…  Pero en medio de aquella tragedia, llamaba la atención la sonrisa permanente de uno de los ancianos.  Vivía con ilusión y trataba a todos con gran dulzura. ¿Cuál era el misterio?  Todos los días, al punto de la mañana, se acercaba a la verja porque del otro lado acudía una señora también anciana.  La mujer no hablaba.  Sólo le dirigía una hermosa sonrisa. El anciano le respondía con otra sonrisa. Y luego cada uno regresaba a su pabellón. Con aquella sonrisa podía aguantar hasta el día siguiente.  Era una especie de comunión diaria... Era su mujer.  Antes, era ella quien le curaba. Le ponía la pomada en la cara, dejando unos centímetros, para poder darle un beso. “Cuando me trajeron al pabellón de los aislados,  comenta, no le permitieron estar conmigo. Su sonrisa diaria me sigue sosteniendo, confortando, consolando.  Sólo para ella me gusta seguir viviendo”. ¡Qué bien sabe hacer Dios todas las cosas! y ¡con qué poco nos conformamos para sentirnos reconfortados!

Perdonad mi osadía, cofrades que integráis la sección de instrumentos, no guardéis vuestros tambores. «Vendedle» (regaladle) a vuestro obispo, una hora de vuestro tiempo, de vuestro ocio… Pasad por nuestras residencias de mayores, «perded» («ganad») una hora a la semana alegrándoles la vida. Quién sabe si vuestra sonrisa llegue a hacer más ruido que vuestro bombo, vuestro tambor o vuestra corneta. Quién sabe,  si a la postre, serán ellos mismos quienes os devuelvan la alegría, la autenticidad, la libertad o la misma VIDA.

La medalla que con tanto orgullo colgáis de vuestro cuello, simboliza el «PASO» que cargáis sobre los hombros. Es el rostro vivo de Jesús en aquellos que están solos. Coged vuestra medalla entre las manos. Miradla. Estrechadla en vuestro pecho. Experimentad conmovidos la alegría que engendra vuestra entrega generosa. No la recojáis en todo el año. No la guardéis con vuestra túnica. Dejadla en la mesilla. Escucharéis sorprendidos cada noche cómo resuena en silencio vuestro bombo, vuestro tambor o vuestra  corneta. Sed auténticos. Sed valientes. No tengáis miedo. Atreveos, como Jesús, a ponerle rostro a los sin rostro, a ser bálsamo de Dios para sus vidas. Al terminar cada día la jornada, repasad, evocad a cuántos ha besado Dios por medio de vuestros labios. De cuántos habéis sido su caricia. Sólo así perpetuaréis la PASCUA cada día. Y antes de cerrar vuestros ojos, cada noche, elevad lentamente a Dios esta plegaria que condensa la esencia de toda la vida: GLORIA AL PADRE. GLORIA AL HIJO. GLORIA AL ESPÍRITU SANTO…!!! como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. AMEN. Verás cómo no os vais a arrepentir.

No dejéis muerto al Señor en vuestras vidas. Id más allá del Viernes Santo. Abrazad su cruz. Traspasadle vuestras «llagas». Aguardad la aurora de la pascua. Entenderéis entonces que vuestro dolor, sacrificio, cruz y muerte no habrán sido en vano, sino  únicamente el pórtico inevitable que os abrirá un día las puertas de la gloria.

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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