18 de marzo de 2016

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

¡Corregir al que yerra!

Cuentan que a una abuela le tocó criar a su nieto huérfano. Enseguida se dio cuenta, con pena, de la afición a robar que tenía. Quiso ayudarle a vencer este defecto pero ni las amenazas ni las promesas le sirvieron de nada. Un día le advirtió que si volvía a robar calentaría el atizador y le traspasaría la mano. Estaba dispuesta a utilizar todos los medios a su alcance, con el fin de que su nieto se corrigiera. Un buen día el niño volvió a robar. Le quitó a su abuela un billete de la cartera. La abuela le arrastró hasta la cocina, empuñó el atizador y lo puso en los carbones del brasero. Cuando estuvo incandescente, lo sacó, soltó al niño y se traspasó la mano. Desde entonces, jamás volvió a robar.

Pensaréis que soy un exagerado. Que se trata de un cuento idílico. Sin embargo, en treinta y seis años de sacerdote, mi humilde experiencia es que las personas cambiamos muy poco. Y si lo hacemos, únicamente es «por sobredosis de amor». La Madre Teresa de Calcuta tenía razón cuando me confesó su secreto: «amar hasta que duela». Sólo se es significativo cuando uno va más allá de lo que el otro espera de ti. Coincide con el consejo que San Juan de Ávila daba a los sacerdotes: que tuvieran un corazón «maternal». A quien quisiere ser padre (sacerdote), le aconsejaba un corazón tierno, y muy de carne, para tener compasión de sus hijos, lo cual es un gran martirio; y otro de hierro para sufrir los golpes que la muerte de los hijos te proporcionen.

Y es que para un cristiano, como para cualquier madre, más allá de la justicia, está la misericordia. Esperanza, la madre de Pepe, José Antonio Pérez, el Guardia Civil que enterramos la semana pasada, me dejó sin palabras cuando la llamé por teléfono para darle el pésame: «Mi hijo ha muerto como Nuestro Señor Jesucristo, ‘arrastrado’. E inmediatamente suspirando añadió: ‘¡Pobre muchacho…!’, refiriéndose al menor que le había segado vilmente la vida a su hijo, ‘¡Dios le perdone…!’ ‘¡Cómo podría, si no rezar cada día yo el padrenuestro…!’».

Aunque pueda parecer de ciencia ficción, hay hombres y mujeres en el mundo, imbuidos por este mismo espíritu de Jesucristo, capaces de un amor oblativo, de un amor que sabe ponerse en el «pellejo» del otro. Y si no pueden amarlos por lo que han hecho, sí por lo que son en el corazón de Dios. Sólo así se obra el milagro del cambio… como hiciera Jesucristo con nosotros, muriendo voluntariamente para que nosotros viviéramos y recobráramos la dignidad perdida.

Carlos Mendi me ha enviado el testimonio de un juez de menores, Emilio Calatayud, al que se le conoce por sus sentencias ejemplares, como cuando condenó a un ladrón de 16 años a aprender a leer y a otro a terminar la Secundaria. Prefiere apostar por una justicia «que muestre al que ha faltado por qué y en qué se ha equivocado y cuáles son las consecuencias de sus actos; y que, además, le dé una oportunidad para enmendarse y enmendar, en lo posible, el daño que hayan podido causar».

El juez granadino aplica unas pautas que valen para cualquier situación en la que se debe corregir al que yerra: «Para no perder la perspectiva, conviene pensar qué habría hecho yo si hubiese vivido una situación similar o cómo me gustaría que me tratasen».

«Lo más importante es descubrir que para Dios, como Padre, no hay nadie que esté absolutamente perdido. Y menos, si es joven. Después, por supuesto, no ahorrarle la verdad: todos los actos tienen consecuencias y obrar mal lleva a un mal camino».

Esto resulta más fácil cuando quien yerra se sabe sujeto de la misericordia, de la caricia de Dios. No conviene olvidar que ninguno de nosotros somos «pluscuamperfectos». Somos frágiles, vulnerables, imperfectos… necesitados, tantas veces de que alguien nos corrija fraternalmente, con delicadeza y ternura para no volver a errar.

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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