26 de febrero de 2016

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

¡Enterrar a los muertos!

En la primera entrevista que me hicieron, desde la delegación diocesana de Medios de Comunicación, se me pidió que contara un recuerdo de la infancia. Compartí entonces con vosotros mi experiencia de la cruz que encontré en la solapa del traje de mi padre cuando le fui a amortajar. Conservo esta cruz.

Unos meses antes de que se cayera y se desencadenara un rápido deterioro que acabaría con su vida, con una gran serenidad y paz interior, me pidió que me sentara en su cuarto. Y me ofreció el mejor regalo, su «testamento espiritual».

Cuando yo volvía de mi trabajo en la Conferencia Episcopal, pasaba por la habitación de la residencia a darle un beso. El solía estar descansando aunque me esperaba siempre despierto. Aquel día me aguardó levantado. Y después de darle el beso y hacer ademán de marchar a mi cuarto… me comentó:

?¡Qué prisa tienes! ¡Siéntate un momento! Y, a bocajarro, me dijo:

? Ángel, tengo 88 años. Aunque me encuentro muy bien, mucho no voy a vivir. No te entristezcas. Quiero que sepas que he sido el hombre más feliz de la vida. Y si naciera de nuevo, volvería a casarme con tu madre. Lo único que siento es que te quedas solo, aunque veo que tienes muy buenos amigos.

A medida que me iba hablando se me iba poniendo la piel de gallina. En una línea y media había logrado condensar su propia experiencia de fe. Sobrecogido,  por romper el hielo, le dije:

.- El cura eres tú o soy yo.

.- Tú. Y añadió, como si todo lo tuviera muy bien pensado, calculado y medido: “¡No te salgas!” (De cura)  Aquí sí que me dio en el «punto de flotación».

.- ¿Me ves mal? Me revolví, como pidiéndole explicación.

.- ¡Todo lo contrario! ¡Te veo tan feliz, que nada ni nadie te harán sentir tan bien como te hará sentir Dios estando a su servicio!

A través de este humilde testimonio he podido aprender que sólo la fidelidad a Dios, el abandono de fe, la entrega en obediencia que vivió el mismo Jesús, te ayudan a descubrir cómo en la vida se puede «perder» y, sin embargo, «ganar».

Esta ha sido, sin duda, la gran lección de la que Dios se ha valido, por mediación de mi padre, para ayudarme a crecer por dentro, sustentando mi vida desde Dios.

Hombre recio: huérfano de padre en su infancia (criado en casa de unos tíos), se abre camino en la vida como aprendiz (sale de su pueblo, Santa Eulalia de Gállego, en busca de trabajo, Ayerbe y Ejea, donde conoció a mi madre y constituyó una familia), la enfermedad de su hija Conchita a los catorce meses de nacer (poliomielitis), las cuarenta operaciones y su muerte a los 42 años, la operación de su hijo, la muerte inesperada de su esposa Carmen…

Esposo fiel: «Me volvería a casar con tu madre, confesaba pocos meses antes de morir, aunque tuviera que pasar por las mismas tribulaciones…» Era muy frecuente, durante su convalecencia, llamarla en sueños y preguntar a unos y a otros por ella…

Padre solícito: con su hija a la que cuidó y protegió hasta su muerte. Respetuoso con la vocación sacerdotal de su hijo y su posterior vinculación a la Hermandad de Sacerdotes Operarios (la cruz en la solapa del traje cuando entré en el Seminario)…

CREYENTE auténtico: consciente de que la fe no le libraría de ninguna contrariedad pero sí le permitiría mirar las cosas y afrontarlas desde otras coordenadas invisibles…

Desde que mi padre Rodrigo se marchara a la ciudad de la luz, a las vastas y hermosas praderas donde viven eternamente los hombres y mujeres transparentes, donde se reencontraría con su chica y su esposa del alma, se me ha permitido abrir los ojos con los que mirar la vida desde adentro y desde arriba, en toda su profundidad y anchura.  Se me ha enseñado que nada se pierde para siempre… que me espera en el cielo cuando, el día menos pensado, cambie también yo de estado para vivir eternamente en la LUZ del amor de Aquel que un día me creó.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

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