22 de enero de 2016

«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

¡Dar de beber al sediento, va más allá que ofrecerle simplemente agua!

“El agua es fuente de vida para la tierra, las plantas, los animales y las personas. No tener acceso a ella es sinónimo de esterilidad, enfermedad y muerte. Desgraciadamente todavía son muchas las personas en el mundo que tienen necesidad de agua potable”. Así lo expresaba don Ángel Berna, sacerdote aragonés, natural de Tauste, misionero en Guatemala desde hace cuarenta años.

A través de la ONG «MejorHa» asociada a Manos Unidas en el Departamento de Chiquimula, Berna coordina un proyecto para aprovechar el agua de lluvia. “A través de una infraestructura sencilla, varias comunidades pueden tener acceso al agua para usos tan elementales como regar algunos cultivos, asearse, lavar los alimentos antes de consumirlos, limpiar los hogares, tratar sus excretas e incluso beber”.

No se desperdicia ni una gota. Todavía en Chiquimula “hay muchos niños que mueren por diarreas y vómitos, causado por la falta de higiene”. Sin embargo, no sabéis cómo les ha cambiado la vida… Sienten que han logrado recuperar su propia dignidad personal.

Dar de beber al sediento no es sólo ofrecer agua potable, canalizarla, no malgastarla sino, primordialmente, como nos recuerda el Papa Francisco en su Encíclica ecológica «Laudato Si’», es cuidar con responsabilidad el medio ambiente. “El cambio climático es una realidad. Quienes más lo sufren son los pobres que ven cómo se alteran los ciclos de las cosechas, su fuente principal de supervivencia. Cuidar el agua y el medio ambiente, apoyar a quienes trabajan el campo es hacer que la misericordia de Dios restaure la dignidad de los pobres”.

Dar de beber al sediento es también descubrir otra sed, de justicia o de amor, que muchos seres humanos sienten. El “agua” que la sociedad de consumo nos ofrece, no logra apagar nuestra sed. Todos, aunque lo ignoremos o lo neguemos, según refleja el salmo 41, tenemos sed de Dios. Tenemos necesidad de sentido, de felicidad y de plenitud en nuestras vidas:

«Como busca la cierva /corrientes de agua, /así mi alma te busca /a ti, Dios mío.

Tiene sed de Dios, /del Dios vivo: /¿Cuándo entraré a ver / el rostro de Dios?»

Todos llevamos impresos en el «alma» el anhelo de eternidad y de trascendencia que nos impulsa, aun inconscientemente, a la búsqueda de Dios por los caminos más insospechados… Sólo quien descubre «qué bueno es el Señor» experimenta en lo más profundo de sí, la fuente inagotable de vida y de plenitud.

O como  la mujer samaritana que nos propondría que la acompañáramos hasta el pozo de Jacob y nos contaría que llegó allí con el cántaro vacío de sus carencias y dispersiones, pero que aceptó que Aquel que la esperaba realizara en ella su obra salvadora. Y que, si algo aprendió allí de Jesús, es que él no se detiene ante nuestras resistencias sino que actúa como ha visto hacer a su Padre (cf. Jn 5,19).

Jesús busca en nosotros ese “punto de fractura” en el que emerge nuestra sed más honda, como si estuviera convencido de que sólo un deseo mayor puede relativizar los pequeños deseos. Quizá por eso dejó que la mujer samaritana fuera expresando ante él sus prejuicios, sus resistencias y sus recelos, hasta que emergió el anhelo de vida que se escondía en su corazón, y entonces él “tiró” de aquel deseo: “Si conocieras el don de Dios… le pedirías tú y él te daría agua viva”.  

Ojalá, lleguemos a descubrir el manantial de agua viva que se halla oculta en el corazón de cada persona.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón