8 de enero de 2016

El corazón de Dios está desgarrado. Roto. Sangra por tus heridas y las mías. ¡Qué razón tenía el cardenal Ravasi cuando afirmaba: «vivir sin amar, es una desgracia; pero vivir sin ser amado, es una tragedia»! Tragedia que viven tantos hermanos a nuestro lado que se «desangran» por la soledad o el desamor y deambulan «muertos por nuestras calles”.

Nuestro corazón se va «desangrando» cuando nos sentimos engañados, utilizados, manejados, ninguneados… Cuando hemos experimentado, de una forma u otra, algún fracaso, frustración, caída… Cuando nos sentimos angustiados, abatidos, decepcionados… Cuando todos nos niegan «el pan y la sal» o se nos cierran todas las puertas. Cuando una enfermedad o un contratiempo inesperado desbaratan todos nuestros planes o proyectos.

¿Quién podrá sanar nuestro corazón herido? ¿Quién podrá aliviar tanto dolor? ¿Quién podrá hacer nuevas todas las cosas? Con total humildad, pero con la misma convicción, os confieso que Dios ha sido el único que realmente ha logrado curar, liberar, aliviar…mi corazón tantas veces lastimado. Ahora tenemos una oportunidad de gracia: «clicar» y «formatear» nuestro corazón, borrando todo aquello que lo ha dañado. Dios perdona todas nuestras deudas, de forma gratuita. Podemos comenzar siempre de nuevo.¡Qué grande el Papa Francisco que, con esas entrañas de madre que le caracterizan, ofrece a toda la humanidad un año de GRACIA, de amnistía, de perdón…!

¿Qué tenemos que hacer nosotros en la Diócesis de Barbastro-Monzón? Impulsar, como sugiere el Papa Francisco, la «revolución de la ternura». Esta revolución se llama MISERICORDIA que, como podéis imaginar, va más allá del «buenismo», del voluntarismo, incluso de la misma justicia.

Hoy el Señor te invita a ¡quererte como tú eres! Pero, sobre todo, te pide que ¡te dejes querer, curar, perdonar, abrazar… por Dios! Que te fundas en sus brazos, escuches el latido de su corazón de Padre–Madre que te ama sin porqués ni paraqués. El peor pecado, todos tenemos experiencia de ello, es negarnos al amor, vivir anclados en nuestro orgullo y prepotencia.

No es el poder ni la violencia los que liberan al ser humano, sino el amor, la ternura, la compasión, la humildad… virtudes que, en absoluto, adornan a las personas más débiles sino a las almas de los más fuertes, de los que no necesitan matar o silenciar al que es distinto, de los que no amordazan al rival, ni maltratan al más débil para sentirme importantes… Al mundo no lo salvan los crucificadores sino los crucificados.

La misericordia se constituye entonces en fuente de alegría, de serenidad, de paz interior, de libertad, de plenitud de sentido, de felicidad… Dios no sólo sufre contigo ni como tú, sino que asume todas tus llagas, dolores, preocupaciones… ¡Bendito intercambio!

Traspasar la puerta de la misericordia es experimentar que todavía queda Alguien que te quiere por lo que eres, que te hace experimentar su abrazo a través del SACRAMENTO DEL PERDÓN. No nos autoengañemos: todos necesitamos del signo sacramental del perdón (confesión) que nos devuelva la dignidad de hijos.

Traspasar la puerta de la misericordia es experimentar cómo Dios asume tus heridas, tus fracasos, tus pecados… pero te constituye, al mismo tiempo, en bálsamo para los demás, en cirineo de otros crucificados que cargan con cruces injustas o insoportables. Te convierte, nada menos, que en otro Cristo… para que nadie se pierda. Y lleguen al conocimiento de la Verdad.

No sé vosotros, pero vuestro obispo quiere hacer un signo que desvele la misericordia del Padre a través de su pobre mediación: «peinar» todos y cada uno de los pueblos del Sobrarbe y de la Ribagorza visitando a los enfermos y ancianos que se hallan perdidos y abandonados en nuestros valles. Si alguno me quiere acompañar hay 3 plazas libres en mi coche. Urjo encarecidamente a cada Delegación diocesana, a cada parroquia, a cada grupo apostólico, movimiento, cofradía, comunidad religiosa o monasterio, que elijan también su signo a través del cual nuestra Diócesis visibilice que Dios verdaderamente ama a su pueblo.

Que el Señor nos bendiga copiosamente en este año de Gracia y Misericordia.

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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