30 de diciembre de 2015

El día 27 de diciembre se cumplió un año desde que el Papa Francisco me enviara a esta diócesis para sustituir a Don Alfonso Milián.

Nunca imaginé que a mis 59 años tuviera que volver a escribir a los Magos de Oriente y mucho menos que les fuera a pedir un «péndulo» como regalo. Voy a tratar de explicarme: «Cuentan que en un país lejano, comenzó a escasear el agua. Las autoridades ordenaron que se limpiaran los cauces de los ríos y se construyeran pantanos. Pero todo era insuficiente. y  hubo que restringir el agua unas horas al día. Después tan sólo permitían utilizarla para la limpieza y el consumo doméstico. Los más astutos trataron de aprovecharse de la coyuntura y comercializaron el agua del mar. Lo intentaron todo: desalarla, edulcorarla, gasificarla… Pero fue inútil. No podían utilizarla para regar porque esterilizaba la tierra y quienes la bebían, no lograban apagar su sed. La situación comenzó a resultar insostenible. La miseria, la suciedad y la deshidratación de sus habitantes hacían presagiar lo peor.

Un buen día apareció un extraño señor que recorrió los campos yermos con un péndulo en la mano. Nadie acertó a descifrar su paso misterioso hasta que algunos se arriesgaron a perforar el suelo donde había dejado una señal… Al descubrir agua potable, proveniente de un mismo y único manantial, comprendieron que aquel zahorí fue realmente un verdadero regalo del cielo».

Con esta historia quiero evocar, primero, la gracia inigualable con que Dios adornó a esta tierra de tan buenos y santos sacerdotes. Y, segundo, me gustaría urgiros para que promovamos esta vocación al sacerdocio tan necesaria como escasa actualmente en todo el Alto Aragón.

Ser «zahorí», metafóricamente hablando, es un regalo inmerecido. Por eso me he animado a escribir a los Reyes Magos. Y les he dicho que pidan prestado a Dios el «péndulo» de aquel «zahorí» con el deseo de poder detectar el «agua viva» que se halla oculta en el corazón de muchos de nuestros jóvenes para que ofrezcan radicalmente su vida a Dios en favor de los más desheredados de la sociedad.

Ardua y delicada resulta, con frecuencia, esta tarea de tender la mano a los más jóvenes para que encuentren dentro de sí mismos lo que con tanta vehemencia buscan fuera… Como el joven Agustín, otros muchos, con el paso del tiempo, se lamentan de su propio autoengaño. «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera y por fuera te buscaba (…) Gusté de ti y siento hambre y sed. Me tocaste y me abrasaste en tu paz. Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

La humanidad, aunque prefiera fingir, sigue teniendo sed… Los jóvenes también. Muchos, por desgracia, tienen sed de agua potable. Otros de justicia y de amor. La mayoría siente que el agua edulcorada o gasificada que la sociedad de consumo ofrece no logra apagar su sed. Todos, aunque lo ignoren o lo nieguen, tienen sed de Dios. Tienen necesidad de sentido y de plenitud en sus vidas.

Me niego a aceptar resignado que ser «zahorí» (sacerdote) sea una vocación en extinción. Me cuesta creer, aunque en nuestra Diócesis las cifran sean elocuentes (2 seminaristas, 20 sacerdotes diocesanos menores de setenta y cinco años, 15 no diocesanos provenientes de América Latina), que en esta tierra regada por la sangre de tantos mártires, no haya al menos cada año un joven por arciprestazgo (4 en toda la Diócesis por curso) que se sienta fascinado por seguir a Jesucristo, el Buen Pastor.

Estoy convencido de que más allá de la edad que puedan tener, del número que sean o de la relevancia que la sociedad les ofrezca, la clave está en revitalizar su vida y ministerio, esto es, «perforar» hacia dentro hasta reencontrar la veta del manantial (Jesucristo) de donde fluya agua fresca y cristalina.

Desde ahí serán fuente de sentido y de orientación a Dios para otros y mediación privilegiada para que cada uno de los hijos de esta tierra bendita descubra a Dios, le ame, le siga y le sirva consagrándose a Él o implicándose eclesial o socialmente bien como animadores de la comunidad, o como catequistas, como profesores de religión, misioneros, voluntarios de Cáritas o Manos Unidas, ministros extraordinarios de la Eucaristía, monitores de campamentos, animadores de pastoral juvenil, consagrados, monjes o monjas de clausura o de vida activa, educadores de formación permanente, miembros del equipo de liturgia, cantores, acólitos, lectores, etc.

Que el Señor suscite en nuestra Iglesia Diocesana los «zahorís» necesarios para que cada persona descubra «qué bueno es el Señor» y experimente en lo más profundo de su corazón la fuente inagotable de vida y de plenitud.

 

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón