23 de diciembre de 2015

En este próximo domimngo tan significativo, en el que celebramos LA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA, quisiera agradecer a mis padres, en nombre propio y en el de mi hermana Conchita (q.e.p.d.) no sólo el regalo inestimable de la vida sino, sobre todo, el don precioso de la fe que supieron trasmitirnos. Y reconocer su inigualable mediación para que, en lo cotidiano del hogar, pudiéramos descubrir al Señor, amarle, seguirle y colaborar con Él incondicionalmente.

Perdonad mi osadía si al compartir con emoción contenida mi gratitud al Señor por haber sido hijo de tan buenos padres… me una hoy a la acción de gracias que vuestros hijos y nietos os quieran expresar a través de esta carta que escribí con mi hermana el día en que celebraron sus bodas de oro matrimoniales:

«Queridos papás Rodrigo y Carmen:

Quisiéramos compartir con vosotros algunas de las experiencias que hemos vivido a vuestro lado y que dejaron una profunda huella en nuestro corazón aunque, tal vez, para vosotros pasaran desapercibidas:

Cuando pensabais que no os veíamos, os escuchamos pedirle a Dios por nosotros y aprendimos que existía Alguien a quien se podía acudir siempre y hacerlo con sencillez y confianza.

Cuando pensabais que no os veíamos, sentimos muy viva vuestra preocupación, especialmente por los que estaban enfermos o atravesaban momentos de dificultad y aprendimos que debemos ayudarnos y preocuparnos los unos por los otros.

Cuando pensabais que no os veíamos, nos dimos cuenta de cómo gastabais vuestro tiempo y vuestro dinero en ayudar y socorrer a los más desfavorecidos y aprendimos a compartir y a ser solidarios con ellos.

Cuando pensabais que no os veíamos, sentimos cómo vuestro rostro acariciaba suavemente el nuestro cuando nos dabais silenciosamente un beso por la noche antes de acostaros y nos sentíamos amados y seguros.

Cuando pensabais que no os veíamos, nos maravilló el cuidado con que atendíais la casa y a cuantos vivíamos en ella y aprendimos a cuidar y a valorar todo lo que hemos recibido como don y como gracia.

Cuando pensabais que no os veíamos, nos sorprendió con qué fidelidad cumplíais con vuestras responsabilidades, aun cuando no os encontraseis bien, y aprendimos a ser siempre responsables.

Cuando pensabais que no os veíamos, pudimos darnos cuenta de vuestras lágrimas y aprender que, a veces, las cosas y, sobre todo, las personas nos hacen sufrir y hasta llorar.

Cuando pensabais que no os veíamos, nos dimos cuenta de lo mucho que significamos para vosotros y aprendimos a ofrecer lo mejor de nosotros mismos para no defraudar a nadie.

Cuando pensabais que no os veíamos, aprendimos que las mejores lecciones de la vida se aprenden en el hogar.

¡GRACIAS, de corazón, por ser como sois!»

Vuestros hijos, Conchita y Ángel.

Con mi afecto y bendición para todas y cada una de las familias, especialmente para aquellas que estén atravesando momentos delicados.

Os ofrezco, por último, como antídoto, este poema conmovedor que suelo regalar a los jóvenes cuando me dicen que están enamorados:

 

Solo

Poco/ a/ poco/ me/ fui/ quedando/ solo.

Imperceptiblemente:/Poco/ a/ poco.

Triste es la situación/ del que gozó de buena compañía/ y la perdió por un motivo u otro.

No me quejo de nada: tuve todo/ pero/ sin/ darme/ cuenta

como un árbol que pierde una a una sus hojas/ fuime/ quedando/ solo/ poco/ a/ poco.

 

Nicanor Parra (Chile 1914)

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón