11 de diciembre de 2015

«¡Déjate curar!» ( y 4)

Lc 15,11-32

El corazón del Padre

¡Cuánto hubiera deseado el padre, tal como lo relata la parábola de Jesús,  hablar con ellos, como hacéis vosotros con vuestros hijos, advertirles de los peligros que les acechaban y convencerles de que en casa podrían encontrar todo lo que estaban buscando en otros lugares!

Pero su amor, verdadero, no podía forzar, obligar ni empujar. Da libertad para rechazar o responder. Quiere que sus hijos sean libres. Libres para amar.

Este es el Dios en el que creo: un Padre que extiende sus brazos en una bendición llena de misericordia, sin forzar a nadie… siempre esperando. Su único deseo es bendecir. No quiere castigar. Ya hemos recibido demasiados castigos con nuestros caprichos.

Dios me busca, sale a mi encuentro y está deseoso de llevarme a casa.

¿Cómo puedo dejar que Dios me encuentre?

¿Cómo puedo dejar a Dios que me conozca?

¿Comprenderé la alegría de Dios, me dejaré abrazar por Él?

La alegría es el mayor signo de credibilidad.

Pero no debemos confundir la alegría con el cinismo. Los cínicos buscan la oscuridad allí donde van. Siempre señalan los peligros que acechan, los motivos viciados y los motivos ocultos. Llaman a la confianza, ingenuidad, a la atención, romanticismo, y al perdón, sentimentalismo. Sonríen con desprecio ante el entusiasmo, ridiculizan el fervor espiritual y desprecian el comportamiento carismático.

Convertirse en el Padre

Mi vocación última es la de ser como el Padre y vivir su divina compasión en mi vida cotidiana.

Tal vez la afirmación más radical que hizo Jesucristo fue: «sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36), invitándonos nada menos que a ser como Dios. Estoy destinado a entrar en el lugar del Padre y ofrecer a otros la misma compasión que Él me ofrece.

Esta paternidad misericordiosa tiene 3 aspectos:

a) El dolor

Me hace reconocer los pecados del mundo, incluidos los míos, me estremece el corazón y me hace derramar muchas lágrimas por ellos. No hay misericordia sin lágrimas. El dolor es una parte muy importante de la oración.

b) El perdón

Es a través del perdón constante como llegamos a ser como el Padre. Perdonar de corazón es muy difícil. El perdón de Dios es incondicional, surge de un corazón que no reclama nada para sí. El perdón me permite ver más allá de mi muro y saltar ese muro y acoger a los otros en mi corazón sin esperar nada a cambio.

c) La generosidad

El Padre no sólo entrega a su hijo todo lo que le pide, sino que cuando vuelve lo cubre de regalos. Ofrece más, se da a sí mismo sin reservas. Desea entregarle toda su vida.

Es el retrato de Dios, cuya bondad, amor, perdón, cuidado, alegría y misericordia no conocen límites. Para llegar a ser como el Padre tengo que llegar a ser tan generoso como Él. Darse a sí mismo, como dice Jesús, es la marca del verdadero discípulo.

En esta paternidad espiritual “hay un vacío” de poder, éxito, fama, o satisfacción fácil. Y por eso, la paternidad es el lugar de la verdadera libertad. Es el lugar donde no hay nada que perder.

Los dos hijos, reflejados en la parábola de Jesús, que están dentro de mí, pueden transformarse poco a poco en padre misericordioso. Esta transformación me lleva a que se cumpla el deseo más profundo de mi corazón intranquilo. Porque ¿puede haber alegría más grande que tender mis brazos y dejar que mis manos toquen los hombros de mis hijos recién llegados, en un gesto de bendición?

Con mi afecto y mi bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón 

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