4 de diciembre de 2015

«¡Déjate curar!» (3)

Lc 15,11-32

Llamado a ser hijo mayor

Nunca había pensado que pudiera ser el hijo mayor… Y realmente lo soy. He caído en la cuenta de lo obediente que he sido a lo largo de mi vida. Pero con todo, he estado tan perdido como el hijo menor. De repente, me vi. de una forma totalmente nueva. vi. mis celos, mi cólera, mi susceptibilidad, mi cabezonería, mi resentimiento y, sobre todo, mi sutil fariseísmo. Vi lo mucho que me quejaba y comprobé que gran parte de mis pensamientos y sentimientos eran manejados por el resentimiento. El hijo mayor estaba tan perdido como el hijo menor, aunque hubiera estado toda su vida en casa…

Mirada sombría, distante, resentida.

Nos sitúa ante el drama interno del alma. Pasar de la luz exterior a la luz interior. La conversión más difícil suele ser la del que se quedó en casa.

Cumplía, obedecía… pero no era libre ni feliz. Lo hacía todo bien, pero estaba resentido… Esto sólo puede ser curado desde arriba.

El padre quiere que regresen los dos. El amor del padre, no fuerza al amado. Quiere curarnos de nuestra oscuridad interior.

¡Dios te busca!

Resentimiento es igual a pesar que no se me da lo que me merezco.

Gratitud  es  pensar que recibo un don inmerecido.

El salto de la fe es amar sin esperar ser amado. Esta es la clave.

Llamado a ser padre

Tanto si eres el hijo menor como si eres el hijo mayor, debes caer en la cuenta de que a lo que estás llamado es a ser padre que no juzga, ni pregunta, sino que acoge, perdona y bendice a cada hijo. Esto es lo que realmente me ha permitido alcanzar la auténtica libertad interior… Jamás se me había ocurrido que el padre era quien expresaba más plenamente mi vocación en la vida.

Refleja la expresión humana de la compasión, de la ternura, de la misericordia, del perdón… Aquí todo se une, la historia de la humanidad y la historia de Dios. Tiempo y eternidad se cruzan, la proximidad de la muerte y la vida eterna se tocan. Pecado y perdón se abrazan, lo divino y lo humano se hacen uno.

Lo que da al retrato del padre un poder irresistible es que lo más divino está captado en lo más humano: la compasión infinita, amor incondicional, perdón eterno, ?realidades divinas?, que emanan de un padre que es creador del universo. Aquí lo humano y lo divino, lo frágil y lo poderoso, lo viejo y lo eternamente joven están plenamente expresados. Se descubre la luz que llega de un fuego interior que no muere nunca: el fuego del amor. La luz interior, el fuego del amor que se ha fortalecido a través de los sufrimientos de tantos años, arde en el corazón del padre que da la bienvenida al hijo que ha vuelto a casa.

Su mirada es una mirada eterna, una mirada que alcanza a toda la humanidad. Es una mirada que comprende el extravío de las mujeres y de los hombres de todos los tiempos y lugares, que conoce con inmensa compasión el sufrimiento de aquéllos que han elegido marcharse de casa, que han llorado mares de lágrimas al verse atrapados por la angustia y la agonía. El corazón del padre arde con un deseo inmenso de llevar a sus hijos a casa.

Con mi afecto y mi bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón 

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