27 de noviembre de 2015

«¡Déjate curar!» (2)

Lc 15,11-32

El Señor, como vimos la semana pasada, ha logrado ‘descolocarnos’ una vez más. No nos va a pedir –según refiere Henri J.M. Nouwen evocando la parábola del «hijo pródigo»– que aceptemos ser buenos hijos o buenos hermanos. Nos va a hacer descubrir que nuestra verdadera vocación va a ser la de hacer de padre, esto es, acoger a cada hijo en casa sin pedirles explicaciones y sin pedirles nada a cambio. Un padre capaz de reclamar para sí la única autoridad posible, la compasión.

Pero, vayamos por partes, haciendo el proceso espiritual en tres tiempos

Llamado a ser hijo menor

El hijo menor había ido de un sitio a otro, había conocido gente de todo tipo. Era descarado, autosuficiente, manirroto, sensual, arrogante…; hambriento de fama y adulación; aficionado a costumbres extravagantes… pero al final se vio sin hogar y vacío. Aquel hijo perdido puedo ser yo mismo. Y mi mayor deseo, tal vez pueda ser volver a casa y ser abrazado por el Padre.

¡Toda la gloria que consiguió era gloria vana! La ruina interior que tan hermosa nos parece, lo es por la compasión que despierta. ¡‘Muérete’! es realmente la petición que el hijo le hace a su padre. No puede esperar ya más. Le reclama lo que todavía no le pertenece. Y el Padre se lo da. ¡Dios nunca fuerza!

La marcha del hijo menor es un acto realmente ofensivo. Supone la ruptura con la tradición (‘marchó a un país lejano’). Supone un corte drástico con la forma de vivir, de pensar, de actuar. Es realmente una traición con los valores de la familia. Dejar el hogar es más que ir a otro lugar, es negar de dónde soy y a quién pertenezco. Dejar el hogar es vivir como si no tuviera casa. El hogar es el centro de mi ser, allí donde puedo oír la voz que dice: «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco»

El hijo menor se ha marchado de casa, mendigando amor, dejando en ella el AMOR. Ha abandonado el hogar, ha huido de las manos benditas y ha corrido hacia lugares lejanos. Esta es la gran tragedia de tantas vidas. Nos hemos vuelto sordos a la voz que nos susurraba «tú eres mi hijo amado»

La historia, que es maestra de la vida, nos enseña cómo el amor del mundo siempre es efímero, condicional. Tarde o temprano uno descubre esta gran verdad: ¡Estoy solo! ¡ A quién voy a engañar ! ¡A quién puedo demostrarle lo que realmente creía valer cuando son tantos los miedos que tengo… ! Miedo a no gustar, a que me censuren, a que me dejen de lado, a que no me tengan en cuenta, a que me persigan, a que me maten…! Y trato de inventarme estrategias nuevas para defenderme y asegurarme el amor que creo que necesito y merezco. ¡A quién le importo! Esta es la pregunta fatídica

Se da cuenta hasta dónde llega el amor humano y abre los ojos. El hijo vuelve sin nada: dinero, salud, honor dignidad, reputación… lo ha despilfarrado todo. ¡Víctima del sistema! El amor que buscabas… lo tenías en casa

El camino de regreso es largo y difícil… Todavía su arrepentimiento es interesado… No ha descubierto cómo es su padre, que le va a devolver la dignidad de hijo.

La conversión es la forma de vivir la segunda inocencia. Ahora entiendo lo que significa «volver a nacer de nuevo» La inocencia del que hace opciones serias y maduras.

Llegados a este punto, es necesario dar un pasito más… que nos permita una nueva lectura, una nueva mirada, que nos permita adentrarnos en el MISTERIO.

Jesús, es el nuevo hijo pródigo… ¿No es acaso el joven destrozado, arrodillado ante su padre el ‘cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ (Jn 1, 29) ¿Acaso no es aquél que, ‘siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres’ (Flp 2, 6-7)?

Voy descubriendo que mi condición de hijo y la condición de hijo de Jesús son uno, que mi regreso y el regreso de Jesús son uno, que mi casa y la casa de Jesús son una. No hay otro camino hacia Dios que no sea el camino que Jesús recorrió.

Cuando miro la historia del hijo pródigo con los ojos de la fe, el «regreso» del pródigo se convierte en el regreso del Hijo de Dios que reúne a todo el mundo en sí mismo y les conduce a la casa de su Padre celestial (Jn 12,32).

En Jesús, la humanidad entera regresa a casa.

Con mi afecto y mi bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón