23 de octubre de 2015

Ministerio y vida de los sacerdotes

Os decía la semana que este nuevo modo, corresponsable y misionero, con que hemos de afrontar la pastoral y la evangelización en nuestra diócesis tiene que tener como primeros responsables a los sacerdotes y que os iba a comunicar mis reflexiones sobre la importancia del sacerdocio y de la vida y santidad de los sacerdotes.

La singularidad y originalidad de esta renovación conlleva preparar sacerdotes que sean:

1) Hombres recios, de buen carácter, cercanos, abiertos, acogedores, comunicativos, transparentes, de espíritu alegre y ánimo firme, solidarios y corresponsables en la tarea proyectada y realizada en común…;

2) Creyentes firmes, que viven una espiritualidad propia del clero diocesano: recia e integradora que centra todo su ser y actuar (el ejercicio del ministerio como fuente de santificación), enraizada en la eucaristía (espiritualidad eucarística) y en la caridad pastoral (celo apostólico ardiente), que descubren, valoran y potencian todos los carismas eclesiales…;

3) Pastores santos, libres de toda ambición de cargos y honores, de seguridades y comodidades, a los que se les encuentra para todo, con un celo apostólico ardiente y una total disponibilidad…De buena y sólida formación intelectual y capacitación práctica para el ejercicio del ministerio presbiteral. Que viven y ejercen su sacerdocio fraternamente.

Ciertamente los frutos vocacionales  son todavía demasiado exiguos. Es verdad que las leyes matemáticas no siempre se ajustan a los cálculos de la providencia… Las semillas esparcidas al viento tienen su propio lugar, -muchas veces paradójico-, y su ritmo adecuado para madurar y fructificar.

Si logramos ser pacientes e impulsamos comunidades que integren la dimensión vocacional en toda actividad pastoral irá emergiendo paulatinamente una Iglesia, como señalaba ya el Concilio Vaticano II, toda ella ministerial, que favorezca la complementariedad y la colaboración recíprocas, que valore los distintos ministerios y carismas que el Espíritu suscita.

En cada comunidad de vida y de fe habría que garantizar que cada bautizado pudiera hacer crecer y madurar su propia vocación cristiana. Sólo así nuestras comunidades, compuestas por personas vocacionadas que tienen un lugar y una misión a desarrollar, no sólo acogerían con gratitud su propia vocación y la desarrollarían, sino que se convertirían además en verdaderas mediaciones para la llamada de otros, también a la vida consagrada y al ministerio presbiteral. Los nuevos movimientos laicales o institutos eclesiales que integran en su seno laic@s, consagrad@s y sacerdotes, son ya un indicio tenue pero fehaciente de esta nueva floración vocacional. Sin duda que que este rebrote vocacional está cristalizando en nuevas formas de ámbitos donde vivir la propia fe. La semana que viene veremos la finalidad de todo lo que os he dicho hasta ahora.

Con mi afecto y bendición

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón