25 de septiembre de 2015

La semana pasada nos quedamos en continuar aquella conversación de los jóvenes. “¿Y si te equivocas de familia?”, ¿laico, religioso o sacerdote?, era la pregunta.

Es cierto que muchos hombres y mujeres pueden despistarse o desorientarse (“desafinan”) porque no logran descubrir su timbre característico (vocación). (Ya recordáis “lo de la orquesta de Dios de la semana pasada”) Por eso Dios nos coloca en la vida, a nuestro lado, personas dotadas de una fina sensibilidad para discernir nuestra verdadera vocación;  son las personas e instituciones para que, en cada tiempo y cultura, puedan ayudarnos a despertar, acompañar, discernir, formar y sostener nuestra propia vocación.

No siempre resulta fácil conseguir que cada uno descubra y escuche la música que resuena en su interior. Más difícil todavía es que la comparta con los demás.

Lo que resulta evidente es que ya no tenemos coartada ni podemos seguir lamentándonos por más tiempo...

Efectivamente. Dios sigue llamando a cada uno por su nombre y le ha dotado con la gracia necesaria para que sea testigo de su Reino en el corazón del mundo. A cada quien le toca descubrir y decidir ahora «desde dónde» desea compartir (‘poner al común’) lo mejor de sí mismo… La alegría y la paz interior serán el mejor signo de autenticidad. La plenitud de sentido y de vida, su fruto más preciado.

Cristo está en el centro y el sacerdote es mediador y signo de Cristo

La «centralidad de Cristo», -como afirma reiteradamente el papa emérito Benedicto XVI-, es la que permite que fructifiquen todas las demás gracias divinas, se multipliquen todos los carismas y se asegure la valoración correcta del sacerdocio ministerial. El sacerdote, «primer violín» (concertino) en la orquesta, ayuda a que cada uno «afine» y «armonice» (conjunte) su timbre de voz a la ‘partitura’ que Cristo interpretó. Se trata de una vocación «humanizadora-divinizadora», de servicio, que por su fina sensibilidad de espíritu descubre el carisma con que Dios ha adornado a cada uno, reconoce su propia dignidad personal y favorece su complementariedad.

Viene a mi memoria el testimonio que Mons. Abastoflor ofreció durante el I Congreso latino­americano de vocaciones celebrado en Itaicí (Brasil). Al llegar a su diócesis de Bolivia se percató enseguida del exiguo número de sacerdotes que había allí. No se resignó a creer que cualquier intento iba a resultar inútil como le auguraban. Y comenzó a trabajar pacientemente con un puñado de laicos. Les acompañó en su proceso personal hasta que fueron madurando y llegaron a descubrir y valorar su propia vocación cristiana. Lo más sorprendente fue que ellos, que acogieron su vocación cristiana, se convirtieron en verdaderas mediaciones para la llamada y el acompañamiento vocacional de otros muchos… Nueve años después aquella Diócesis tenía  una ingente «patrulla» de cristianos comprometidos y se había multiplicado el número de consagrad@s y de sacerdotes. Hay una sabia pedagogía divina que, aplicada adecuadamente, es siempre convergente.

Seguiremos la semana que viene comprendiendo cómo podemos servir cada uno desde lo que somos.

Con mi afecto y bendición

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón. 

 

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