15 de mayo de 2015

En este tiempo de Pascua, los niños y niñas bautizados hacen su “primera comunión”. Muchos de ellos son vuestros hijos y nietos, que reciben por primera vez en su corazón a Jesucristo Eucaristía. Bien sabéis que es una fiesta entrañable, que a buen seguro permanecerá en su memoria.

A través del Sacramento de la Eucaristía, aunque no siempre logremos captarlo en toda su profundidad, se hace visible el amor que Dios tiene a la humanidad. Jesús, Hijo de Dios, “se parte” y “se reparte”, se convierte en alimento cotidiano y anhela entrar en comunión con cada uno de sus hermanos para “fundirse” con nosotros en un amor eterno.

La comunión, como expresa Henry Nowen, es el grito más profundo que brota del corazón de Dios para hacernos entender que todo ser humano ha sido creado con un corazón que sólo puede ser satis­fecho plenamente por Aquel que lo ha creado.

Resulta sin embargo paradójico, como da a entender el episodio de los discípulos de Meaux, que esta comunión profunda con Jesús se produzca siempre de forma invisible. Cuando aquellos discípulos comieron el pan que Jesús les ofreció, Él desapareció de su vista. Y, sin embargo, entonces fue cuando entraron en íntima comunión con Él. Aquel caminante desconocido, que se hizo amigo de ellos por el camino, pareció que dejaba de estar con ellos, pero entonces lo reconocieron y lo sintieron más cercano que nunca. Entonces se dieron cuenta de que estaban “habitados” por Él en lo más profundo de su ser: Jesús respiraba en ellos, hablaba por ellos, vivía realmente para ellos. Cuando comieron el pan que él les ofreció, sus vidas se transformaron. San Pablo lo dijo con estas palabras: «Ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí».

Cuando comulgamos, nuestro corazón, como en su día el vientre de la Virgen María, se convierte en un “sagrario” ambulante y toda nuestra persona en un “templo habitado por Dios”. Hacer la “primera comunión” significa, nada menos, que ofrecerse de por vida para ser “custodia” de Dios en el corazón del mundo. Cuando finaliza la Misa, uno se lleva a Cristo dentro de sí, constituyéndose en su “presencia sacramental”, esto es, en la mejor “fotografía de Dios”.

Comulgar, convertirse en Cristo, nos lleva a una nueva forma de vivir, donde las viejas distinciones entre dicha y desdicha, entre éxito y fracaso, entre bienaven­turanza y condenación, entre salud y enfermedad, entre vida y muerte…, ya no tienen sentido.

El Espíritu de Cristo resucitado nos hace vivir juntos de una manera nueva. Quienes comemos del mismo pan y bebemos de la misma copa nos convertimos en un mismo cuerpo. La comunión crea comunidad, familia. Y ésta nos urge a la misión, es decir, a abrirnos a los demás para descubrir que sólo el Dios que habita en mí me permite reconocer al Dios que vive también en los demás.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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