30 de abril de 2015

Cuando llegué a Roma tomé el autobús urbano y nada más entrar vi mi cara en un cartel publicitario. Como podéis suponer, me quedé de una pieza hasta que me di cuenta de que se trataba de un espejo colocado frente a la puerta de acceso. Debajo del espejo había un cartel que decía: “Gracias por permitirnos utilizar su rostro para nuestra publicidad”. Me pareció ingenioso y, sin pretenderlo, habían dado en el clavo: cada uno llevamos impreso en el rostro algo de nuestra identidad; por eso se dice que la cara es el espejo del alma. En ella se descubre la impronta del Creador y de lo que da sentido, gozo y dolor a la vida.

¡Qué bien hace Dios las cosas…! A través de la naturaleza, de los acontecimientos cotidianos, y sobre todo de las personas nos deja vislumbrar su propio rostro y nos invita a descubrir nuestra dignidad de «hijos muy amados», llamados a participar de su misma gloria.

Son muchas las pistas que Dios ha dejado para que podamos descubrir su rostro, sobre todo mirando a Jesús, su Hijo: «Felipe, el que me ha visto a mí ha visto al Padre». Me cuesta creer y me duele que algunos sigan empecinados en mantener su “miopía”. Sólo se puede amar lo que se conoce. Pero sólo se conoce lo que se descubre y resulta significativo para tu propia vida.

El desencanto que muchos jóvenes están experimentando lleva a algunos a acusar a sus padres de haberles estafado. Y podrían tener razón si les hubieran privado de una de las dimensiones más necesarias del ser humano, como es la trascendencia. Por eso deseo que todos los niños, adolescentes y jóvenes de nuestra Diócesis descubran el rostro de Dios y que cuantos fueron bautizados, además de la catequesis, elijan la clase de religión como un medio muy útil para alcanzar ese descubrimiento. ¡Ojalá esos conocimientos les lleven a un encuentro libre y gozoso con Él!

El papa Benedicto XVI insistió ante los jóvenes que Jesucristo no te quita nada, sino que te lo da todo. La fe no elimina las dificultades y contrariedades de la vida, pero te ofrece unos ojos nuevos para ver tu vida, la historia, el mundo y el corazón de las personas; te presta los ojos con los que Dios mira.

Todos necesitamos una educación integral, todos necesitamos “amueblar la cabeza” y “enardecer el corazón”. Necesitamos redescubrir en lo bello, lo bueno y lo verdadero la matriz de los valores que humanizan; necesitamos ver más allá de lo inmediato, comprender el mundo con profundidad y altura de miras, responder a las preguntas cruciales que se hace todo ser humano.

Necesitamos saber desenmascarar los intereses bastardos, apartarnos de las luchas de poder y ofrecer nuestro humilde servicio para lograr que nuestra sociedad sea más humana. Esta tarea comporta una vocación martirial, porque no podemos contemporizar ni contentar a todos, y en muchos casos nos sitúa en una postura contracultural. No me extraña que Henry Adams afirmase que la educación afecta a la eternidad, porque nunca sabes ni dónde ni cuándo va a ejercer su influencia.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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