10 de abril de 2015

Tenemos motivos para sentirnos contentos. La Semana Santa, que acabamos de celebrar, ha calado hondo entre nosotros y no sólo en nuestro Alto Aragón. Recojo un poema de una prestigiosa revista nacional que evoca lo que en estos días se ha vivido en nuestros pueblos:

«En una calle cualquiera / me he encontrado con Jesús. / Yo iba pensando en mis cosas, / Él cargaba con la cruz. /

Me pidió ayuda al mirarme, / yo la cabeza volví / buscando hacerle pensar / que no le reconocí. /

Por temor a dar la cara / no quise ser cirineo; / me venció la cobardía, / me sentí esclavo del miedo. /

Por temor a dar la cara / le di la espalda a Jesús. / Seguí pensando en mis cosas / y Él prosiguió con la cruz.

En una calle cualquiera / yo me encuentro cada día / con un mar de nazarenos / entre olas de pesadillas / de olvido y marginación / que rompen contra las rocas / de una amnesia colectiva.

Ese mar es siempre el látigo / que, a lomos de la injusticia, / castiga a la humanidad / y es una cruz infinita / que tan solo se soporta / si es una cruz compartida.

Yo sé muy bien que esa cruz / que arrastramos por la vida / es la misma que por todos / llevó el Nazareno un día».

Quiero agradecer a todos los cofrades de cada parroquia de nuestra Diócesis el haber escenificado, en las calles de nuestros pueblos y ciudades, este misterio de amor. Sobre todo quiero dar las gracias a los cofrades jóvenes, porque con el resonar de sus tambores y cornetas han tocado nuestra conciencia y nos han despertado del letargo y de la inercia. Nos han ayudado a sentirnos solidarios y nos han urgido a hacer visible al Dios que llevamos dentro y se esconde en el corazón de cada hermano.

La medalla, que con orgullo cuelga de vuestro cuello, representa el “paso” que cargáis sobre vuestros hombros. Lleva el rostro de Jesús, el rostro de los que no tienen rostro. Por eso os invito a que cojáis vuestra medalla entre las manos, la miréis, la estrechéis contra vuestro pecho, y experimentéis conmovidos la alegría que brota de vuestra entrega generosa.

No la guardéis con la túnica, sino dejadla sobre la mesilla de noche, aunque nada más sea una semana. Escucharás sorprendido que, en el silencio de la noche, resuena tu corneta o tu tambor, simplemente siendo auténtico con tu testimonio de vida. Atrévete, como Jesús, a ponerle rostro a los sin rostro, a ser bálsamo de Dios para sus vidas..., tan sólo una semana más. Y, al terminar cada día tu jornada, antes de acostarte, evoca en silencio a cuántos ha besado Dios a través de tus propios labios, para cuántos has sido caricia suya.

Sólo así perpetuarás la Pascua cada día. Y antes de cerrar tus ojos, cada noche, reza lentamente esta oración que condensa la esencia de tu vida: ¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo! como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Con mi afecto y bendición. ¡Feliz Pascua!

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón