27 de marzo de 2015

Perdonad mi atrevimiento por invitaros a subir con Jesús a Jerusalén y revivir con Él el misterio de la redención en nuestra propia vida, al comenzar este tiempo de gracia en el que la comunidad cristiana se dispone a celebrar la Semana Santa.

San Pablo expresó magníficamente lo que implica nuestra subida a Jerusalén cuando dijo que nuestra verdadera transformación personal se produce al participar en la muerte y resurrección de Cristo (cf. Flp3, 10-11). Desde esta convicción os ofrezco cuatro claves para celebrar con toda su hondura teológica y existencial la Pascua del Señor. Hoy os propongo las dos primeras:

1ª clave: Vivir la actualidad del Misterio.

Durante la Semana Santa la Iglesia actualiza los misterios de la salvación realizados por Cristo cuando culminó su subida a Jerusalén. Aunque han pasado dos mil años, no nos contentamos con hacer eso que ahora se llama una “recreación histórica” de lo que ocurrió, ni tan sólo un recuerdo emocionado y agradecido, sino que vamos a vivir una verdadera actualización de lo que Jesús hizo por nosotros. Su muerte y resurrección vuelve a realizarse hoy en nuestras comunidades y para la salvación de todo creyente que celebra estos misterios.

La liturgia hace actual el misterio que celebramos. Esta actualización es “sacramental”, es decir, que en los signos sensibles de la liturgia (lectura de la pasión, lavatorio de los pies, memorial de la Cena, procesiones, luminosidad del Cirio Pascual, etc.) se realiza ahora y de nuevo la gracia, la fuerza salvífica y misericordiosa del Padre que nos entregó a su Hijo para que tengamos vida.

Es verdad que los creyentes tenemos diversos medios para “templar el alma”: la oración personal y comunitaria, los ejercicios espirituales, el Vía Crucis, las procesiones que protagonizan las cofradías…; además, la sensibilidad espiritual de cada uno conecta con los diferentes maestros de la vida espiritual; sin embargo la celebración litúrgica es la fuente imprescindible de todos los medios de vida espiritual y para todos los maestros espirituales. Las celebraciones litúrgicas constituyen la espiritualidad de la Iglesia y actualizan el sacerdocio de Cristo. El sacerdote que las preside hace presente, visible y sensible a Jesucristo como Cabeza de la Iglesia. Y a través de todos esos signos, símbolos, cantos y ceremonias alcanzamos el gran encuentro con el Señor.

2ª clave: Pasar de la cruz a la gloria

Las celebraciones de estos días nos ayudarán a vislumbrar la cruz, pasión y muerte de Cristo, y al mismo tiempo a presagiar la otra cara de la moneda: su triunfo definitivo, su resurrección gloriosa.

La memorable cena del Jueves Santo, la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní, su pasión y muerte en la cruz, su sepultura, el silencio y la soledad del Sábado Santo están marcadas por esta doble vivencia: nos hacen vislumbrar y presagiar un misterio de vida. Y, por fin, en el Resucitado percibiremos las heridas que le dejó la pasión, pero serán ya heridas gloriosas. Lo mismo acontece en nuestra vida.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

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