20 de marzo de 2015

La fiesta de san José, tan entrañable, tan familiar, tan nuestra, evoca siempre en el corazón de los fieles y de cada sacerdote el Día del Seminario y la campaña que siempre le acompaña.

Ser sacerdote ¾al margen del cargo que uno ocupa, del lugar donde uno sirve o de la edad que uno tiene¾ es una de las formas más sublimes de ejercer la paternidad en una sociedad lastrada por la orfandad.

De la mano de José, custodio del Redentor, invito a toda la Iglesia diocesana y a cada una de sus parroquias, comunidades y grupos apostólicos a adentraros en el misterio de esta fiesta. Dejaos habitarpor Aquel que colma y da plenitud; salid sin miedo a los caminos; sed buena Noticia para todos; invitad sin miramiento a ser sacerdote a los jóvenes en los que intuís que el Señor ha depositado esta gracia singular. No os canséis de importunarle para que bendiga copiosamente nuestra tierra, regada por la sangre de tantos mártires, con nuevas y santas vocaciones como garantía inequívoca de su promesa de futuro.

Me niego a creer que en nuestra Diócesis, que, según los que conocen su historia, ha sufrido y superado fuertes y profundas crisis, como el riesgo de ser suprimida, la persecución religiosa de 1936, la crisis de identidad de los años 70, entre otras, Dios no vaya a suscitar también ahora un puñado de jóvenes que, fascinados por Jesucristo, estén dispuestos a ofrecer su propia vida para que los demás tengan en abundancia la vida que Él prometió en su Evangelio.

Me resisto a creer que llegue un día en el que, en nuestros pueblos, los jóvenes sean tan insensibles que no se estremezcan ante tantos “crucificados” como nos salen al paso y no se ofrezcan para ser sus “cirineos” cargando con las cruces ajenas y propiciando que se sientan sanados, perdonados, amados incondicionalmente por Dios.

No se trata, como muy bien intuís, de ofrecer algo de tu tiempo, de tus conocimientos, de tus energías, de tu dinero..., sino de ofrecer tu propia vida en favor de los demás, porque ¾como recordó el papa Benedicto XVI al inicio de su pontificado¾al mundo no lo salvan los “crucificadores”, sino los “crucificados”. Sólo Jesucristo crucificado ha redimido el mundo y ha devuelto a cada persona su propia dignidad de hijo.

La vida y la misión del sacerdote, aunque algunos quisieran negarles “el pan y la sal”, siguen siendo una forma fascinante de realizarse como persona, particularmente para aquellos jóvenes que desean recobrar la armonía, el equilibrio, el respeto, la libertad, la dignidad, el cariño, la reconciliación entre los hombres y Dios… Son un regalo, una gracia siempre inmerecida.

Los sacerdotes, bien lo sabéis, no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas, sino que nacen y crecen en el seno de una familia como la tuya, que es capaz de escuchar la voz de Dios a través del grito de nuestros hermanos necesitados. Como decía Jesús, el que tenga oídos para oír, que oiga.

Con mi afecto y bendición.

+ Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón