Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

22 de diciembre de 2017

Cuando llegue a tus manos «Iglesia en Aragón», que puntual y diligentemente reparte cada semana una «patrulla de mensajeros» anónimos, auténticos «sembradores de esperanza» en nuestra Diócesis, estaremos a las puertas del GRAN ACONTECIMIENTO, la Encarnación del Hijo de Dios.

Dios en persona quiere ser tu huésped. Busca corazones para «habitar». Después de un breve tiempo de preparación durante el adviento, con alegría contenida, estamos expectantes ante su venida. De la mano del profeta Isaías, atónitos y desconcertados, hemos experimentado el paso salvador de Dios en nuestras vidas; de la mano de Juan el Bautista, hemos constatado que la conversión (cambio de chip) es el mejor atajo para llegar a Dios; y de la mano de María, barruntamos que algo grande se está gestando en nuestro interior… Dios, en persona, quiere «implicarte» en su proyecto liberador de la humanidad. Y con su venida, obrar en ti su «re-creación» personal y social.

Cuando lo más fácil era tener miedo, María supo confiarse a Dios; cuando lo más fácil era desentenderse, María se comprometió por la causa de los hombres más desfavorecidos; cuando lo más fácil era aceptar la infecundidad de nuestra vida, María nos mostró cómo hacer germinar en nuestros corazones la GRACIA de Dios. Con su sí, María devolvió al mundo y a los hombres la alegría y la esperanza que habían perdido.

Gracias por aceptar ser «la estrella del belén» que orienta y conduce a todos los hombres hasta Dios. Gracias por regalarte, por hacer de tu vida un verdadero don para los más necesitados. Gracias por ofrecer tu valioso tiempo, tus múltiples cualidades, tu propia vida para que todos tengamos más vida, más libertad, mayor plenitud de sentido. Gracias también por tu donativo solidario.

Perdona mi osadía si me atrevo a «provocarte» sugiriéndote que cada día, como «caricia de Dios», introduzcas en tu «hucha solidaria», unos céntimos destinados a las personas que la sociedad «descarta» o «ignora». Sólo con 0,50 € diarios, podrías desgravar, si lo deseas, hasta el 75%. Pero, más allá de lo que te ahorres, lo más importante es PREVER (fidelizar) la ayuda que tendríamos que ofrecer a nuestros pobres y no tener que depender de las subvenciones que los «poderes públicos» otorgan en función de sus criterios. Con los céntimos que echan la mayoría de nuestros mayores en el cepillo o algunos «billetes azules» de los más pudientes, la cuota de socio, los donativos o los legados que vamos recibiendo… podríamos sostener a los que la sociedad excluye. El milagro está en que muchos pocos hacen más que pocos muchos. Hazte socio de Cáritas. «¡Sé parte de este compromiso en la Diócesis!».

Abre bien tus ojos. Descubre a Dios en la hermosa naturaleza de esta tierra, entre su gente noble y sencilla, en su historia, en los acontecimientos humildes de la vida de nuestro pueblo recio y generoso. Descúbrele en tu familia. En tu parroquia, en las personas más cercanas que colaboran contigo, en tus sacerdotes, consagrad@s, monjes y monjas de clausura, en tantos seglares que conforman las comunidades parroquiales, catequistas, voluntarios, animadores de la comunidad, agentes de pastoral, grupos apostólicos, movimientos, cofradías… que prestan un SERVICIO inestimable en nuestra Diócesis. Descúbrele en tu trabajo que ilumina y llena de sentido tu vida… Descúbrele en tus vecinos, en tus paisanos y amigos. También en los más pobres y desheredados, en los enfermos, en los que no tienen un trabajo digno, en las mujeres maltratadas, en los ancianos que están solos, en los jóvenes abandonados a su propia suerte, en los niños… que tantas veces han perdido su verdadero rostro y dignidad.

¡Enciende esta noche tu estrella e ilumina el corazón de tu hogar, de tu vecindad, de tu pueblo, de tu parroquia, de tu diócesis, de la humanidad! ¡Conviértete en bálsamo de todas aquellas personas que te encuentres heridas, rotas, perdidas, vacías, desilusionadas…! Regálales al Dios que ha nacido en tus entrañas. Serán las navidades más alegres y fecundas de tu vida.

Con mi afecto y bendición ¡Feliz navidad para todos…!

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

15 de diciembre de 2017

Hace justamente un año os hacía cómplices de una iniciativa pastoral que me sugirieron los capellanes de la cárcel de Zuera: ofrecer como regalo de Navidad una tarjeta telefónica por valor de cinco euros a los presos –que carecieran de recursos– en las cárceles de Aragón para que pudieran  llamar a sus familias en estos días tan entrañables.

¡No os sintáis obligados! Entiendo los recelos que algunos podáis tener. Con este gesto sencillo, los capellanes, la delegada regional, los voluntarios y delegados de la pastoral penitenciaria pretenden prolongar la sexta obra de misericordia corporal, «visitar a los presos»; propiciar en los propios reclusos el reconocimiento de su culpa; predisponerlos a pedir perdón a las víctimas y restituir los posibles daños ocasionados; ayudarles a recobrar su dignidad como hijos que sólo Dios puede ofrecer a cada ser humano… Se trata humildemente de tener un gesto de ternura que propicie su reinserción social. Hacerles entender que «no todo está perdido».

Sólo quien realmente «ha tocado fondo» en su vida o ha experimentado en carne propia el «infierno», como les dijo el Papa Francisco a los reclusos de Ciudad Juárez (México) en febrero de 2016, puede convertirse en profeta del «cielo». Y tratar de recrear en el módulo que vive un verdadero «microclima» de respeto, de dignidad, de libertad interior…

Las cárceles, aseguraba el Papa, son un síntoma de cómo estamos en la sociedad. La reinserción no comienza en estas rejas sino «afuera», en las calles de la ciudad. Creando un sistema de salud social, es decir, evitando contaminar las relaciones en el barrio, en las escuelas, en las plazas, en las calles, en los hogares, en todo el espectro social. A veces pareciera que las cárceles se propusieran incapacitar a las personas a seguir cometiendo delitos más que promover los procesos de reinserción que permitan atender los problemas sociales, psicológicos y familiares que llevaron a la persona a una determinada actitud. El problema de la seguridad no se agota solamente encarcelando.

Los presos, aunque pueda sorprendernos, son personas como tú y como yo. Tienen corazón. Tienen familia… Son también Iglesia. Si no puedo quererlos por los errores que hayan podido cometer, sí debo hacerlo como cristiano por lo que son (criatura divina) en el corazón de Aquel que los creó por amor, como a ti y como a mí. Y les dotó, igual que a nosotros, de todas las cualidades para que pudieran ser felices. La vida, que no siempre hace justicia con todos, a veces, nos ha alejado de aquel sueño que Dios tenía sobre cada uno. Nuestro humilde servicio pastoral se torna ahora en un proyecto apasionante. Ellos, que en la tierra ya han sido juzgados y condenados, se convierten en objeto de nuestra predilección. En nuestro corazón, tocado por la «ternura de Dios», seguirán teniendo cabida y trataremos de entreabrirles al menos las puertas del cielo.

«Sólo los que estamos aquí, me confesaba un recluso de Zuera, sabemos lo que representa una tarjeta de teléfono en el Centro Penitenciario. Algunos no tienen problema para conseguir cuantas quieran porque tienen el apoyo de su familia que les ayuda, pero otros no tenemos de dónde sacarlas, a menos que alguna vez un compañero te deje hacer una llamada con la suya. Sin tarjeta no hay llamadas a la familia, ni al abogado, ni a quien te pueda solventar algún problema en un momento determinado… Es tu conexión con el mundo. Parece mentira pero después de la libertad, tal vez sea el mejor regalo que podemos hacer a un preso. Se puede vivir sin muchas cosas; pero pasar la vida sin sentir nunca la voz y el cariño de los tuyos hace las cosas más difíciles. Y en estos días de Navidad, qué duro se nos hace no poder estar con nuestras familias… Y ni siquiera poder hablar con ellos y demostrarles que, a pesar de todo, les recordamos y les queremos».

Quien pueda y quiera libremente os ofrezco tres posibles formas de colaborar: a) comprando la tarjeta telefónica en un estanco y entregarla en tu parroquia. Como no resulta fácil conseguirlas porque han desaparecido las cabinas telefónicas del mobiliario urbano… os sugiero dos opciones más; b) haciendo una trasferencia bancaria al siguiente número de cuenta: ES 47 – 2085 – 0138 – 38 – 03 – 30342277; c) depositando un sobre en tu parroquia con el importe del número de tarjetas que desees regalar. En la trasferencia o en el sobre indicad: Regalo de Navidad para los presos de Aragón.

Concluyo con el WhatsApp que recibí de una jurista: «Acabo de enterarme de la iniciativa de las tarjetas. ¡Cuánto puede ayudar a los presos! Estuve unos años como abogada en el turno de oficio penal y ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido. Defendiendo a esas personas conocí vidas muy duras y conocí un Barbastro distinto del que salta a nuestra vista hoy. Sin olvidar cuál era mi labor profesional, siempre tuve claro que eran mis hermanos. Familia, como muy bien dice usted. El turno de oficio me hizo ver la vida de otra manera. Por eso comprendo lo que puede significar para muchos de ellos estas tarjetas telefónicas».

¡No te quedes «preso» del pasado, ayúdales a abrir la puerta de su futuro! No hay nada tan gratificante como regalar esperanza.

Gracias en nombre de ellos. Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

Animador y Coordinador de la Pastoral Penitenciaria en las Diócesis de Aragón.

 

1 de diciembre de 2017

Con la fiesta de Cristo Rey coronábamos la semana pasada el año litúrgico. Singular y paradójica resulta la forma con que Jesucristo encarnó su realeza y prodigó la misericordia del Padre. Reinó desde el trono de la cruz. Su corona fue labrada con espinas; su cetro fue una caña; su púrpura, un manto raído; sus armas, la justicia y la verdad; su ley, el amor; su fuerza y su poder, la humildad y el servicio.

La mayor locura de amor, el gesto de servicio más elocuente y sublime, que ningún otro ser humano ha podido realizar, lo llevó a cabo María alumbrando a Dios en el corazón del mundo. Con su «¡hágase en mí!, según tu Palabra» («¡utilízame, Señor!» le habría dicho hoy María) cambió la inercia y la orientación de la historia: servir es reinar. Realmente vale, es decir, vive, es auténtico, se siente libre y feliz, fecundo… quien se atreve a servir, sobre todo a los más desvalidos.

Los jóvenes de post-confirmación, en el encuentro que celebraron en Sigena el 11 de noviembre pasado, descubrieron que había muchas formas de sentirse útiles a los demás en la Diócesis de Barbastro-Monzón y decidieron «engancharse» a Cristo, haciendo del servicio su nuevo modo de realización personal. Aunque parezca fuerte, aquellos jóvenes, sobrecogidos ante lo que allí aconteció, se atrevieron a decir, claro y fuerte, como lo haría hoy María: ¡utilízame, Señor! Fueron capaces de sugerir algunas acciones concretas de entrega y generosidad que les acreditara como verdaderos «apóstoles de calle», «cirineos ambulantes» que se atreven a salir a los caminos para invitar a otros jóvenes a regresar a casa o para cargar sobre sus hombros a cuantos se sientan alejados, heridos, maltrechos o extenuados.

Anótate y hazme llegar personalmente, si estás dispuesto a dejarte «utilizar» por el Señor:

  • Haciendo de mensajero (buzoneando «Iglesia en Aragón» por las casas, bares, hospitales, tanatorios, supermercados, tiendas, etc. para que puedan leer otras noticias interesantes que nadie les cuenta...); ejerciendo de corresponsal, reportero gráfico, presentador tv en el Informativo diocesano; colaborando en la web joven de pastoral juvenil-vocacional; colgando en Facebook o en Instagram los eventos más significativos de tu grupo apostólico, parroquia, movimiento, cofradía; twitteando con otros jóvenes amigos o de tu cole algún mensaje de esos que tocan el corazón, etc.);
  • Ofreciéndote como voluntario de cáritas, de manos unidas o de misiones (p.e. para enseñar castellano a los inmigrantes; llevar la cena de Navidad a las personas más pobres y desvalidas de tu ciudad; recoger alimentos en Navidad o juguetes para Reyes; hacer una merienda con niños pobres, jugando al amigo invisible y regalándoles los juguetes que se hayan recogido; vender tarjetas telefónicas por valor de 5€ para que los presos de Aragón puedan llamar a sus familias en Navidad, etc.);
  • Colaborando como catequista; como animador juvenil; como animador de la comunidad; participando en las noches claras; integrándote en la hospitalidad de Lourdes para llevar enfermos durante la peregrinación diocesana; visitando ancianos en la residencias de ancianos de tu propia ciudad; apadrinando a un abuelo por un mes (llamarlo por téfono, visitarlo, escucharlo, hablar o jugar con él, etc.);  
  • Haciendo de monitores de tiempo libre, de campamento, de teatro, etc.
  • Integrándose en el coro juvenil, tocando algún instrumento, cantando, organizando algún pasacalles o festival de villancicos o de jotas; etc.;
  • Integrándose en algún movimiento juvenil: Acción Católica, Barasona, Rasal, Scout...;
  • Obteniendo el título de monitor y/o de jefe de campamento que proporciona el Movimiento Scout;
  • Participando en un taller de oración que les enseñe a comunicarse personalmente con Dios;
  • Asistiendo mensualmente en las «noches claras», como ámbito de relación con los demás  y de encuentro personal con Dios;
  • Acudiendo y disfrutando del musical juvenil;
  • Participando en la Javierada con todos los jóvenes de Aragón;
  • Haciendo el camino de Santiago con todos los jóvenes de Aragón;

Concluyo con este hermoso poema que brotó del corazón de Gabriela Mistral como expresión de lo que el Señor nos inculcó: sólo se puede VIVIR sirviendo, esto es, siendo útil a los demás:

«Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú.

Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.

Donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú.

Sé el que apartó del camino la piedra,

el odio de los corazones

y las dificultades del problema.

Hay la alegría de ser sano y justo,

pero hay, sobre todo, la inmensa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo si todo en él

estuviera hecho. Si no hubiera un rosal

que plantar, una empresa que emprender.

No caigas en el error de que sólo se hacen

méritos con los grandes trabajos.

Hay pequeños servicios: poner una mesa,

ordenar unos libros, peinar una niña.

El servir no es una faena de seres inferiores.

Dios, que es el fruto y la luz, sirve.

Y te pregunta cada día: ¿Serviste hoy?»

 

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

24 de noviembre de 2017

Todavía con el buen sabor de boca que nos dejó a todos la ordenación diaconal de John Mario Moná Carvajal, celebrada en Boltaña la semana pasada… quisiera reiteraros una de las convicciones más profundas que mueven mi vida: ser sacerdote, al margen del cargo que uno ocupe, del lugar donde uno haya sido destinado, del servicio ministerial que realice o de la edad que uno tenga,  sigue siendo una de las formas más sublimes de ejercer hoy la paternidad en una sociedad lastrada por la soledad y la orfandad. Como dirían nuestros jóvenes, ser sacerdote hoy es ¡una «pasada»!

Baste como botón de muestra el testimonio que me impresionó al leer el libro «Motivos para creer. Introducción a la fe de los cristianos». Su autor manifestaba haberse quedado sorprendido ante el éxito que estaba teniendo en EEUU el libro de Tony Hendra, guio­nista descreído y satírico de la tv británica,  que paradójicamente llevaba por título: «El Padre Joe, el hombre que salvó mi alma». En él narraba su gran amistad con un sacerdote católico que durante décadas, comentaba el autor,  fue su punto de referencia: accesible, compasivo en momentos de crisis, de éxitos, de fracasos… Nunca intentó hacer méritos, ni ganar una discusión, siempre supo ser él mismo. Con paciencia fue desmontando, destruyendo mis falsas ilusiones y ambiciones.

Aquel hombre anciano, con grandes orejas de delfo, que lentamente iba menguando y envejeciendo… fue la mediación perfecta para encontrarme con Dios. El mejor regalo que jamás hubiera podido recibir. Y eso que yo no creía… pero ese hombre sirvió de conexión entre Dios y yo. Sospecho que muchos hombres y mujeres de hoy atraviesan por situaciones similares a la mía.

Podemos sentir la incertidumbre, podemos ser incapaces de ofrecer una explicación intelectualmente satisfactoria de lo que creemos pero… en alguna parte de nuestro horizonte hay personas que Dios ha puesto en el mundo para que establezcan esta conexión paradójica y misteriosa. No importa que esas personas sean tan frágiles y vulnerables como nosotros. Lo importante es que descubrimos a alguien que vive en el mundo que a nosotros también nos gustaría habitar…

Mientras haya personas, que de forma eficaz y valiente, se responsabilicen de Dios, las puertas permanecerán abiertas y existirá la posibilidad de que otros muchos podamos decir algún día: CREO, he encontrado mi hogar en Dios.

Con otras palabras, aunque con el mismo sentimiento, a los pocos días de comenzar mi ministerio episcopal entre vosotros, al celebrar la fiesta de San José, el 19 de marzo de 2015, os invitaba a dejaos habitar por Aquel que colma y llena de sentido la vida; os urgía a salir sin miedo a los caminos; a ser EVANGELIO, esto es, Buena Noticia para  todos; a invitar, sin miramiento, a ser sacerdote a aquellos jóvenes que intuyeseis que el Señor había adornado con el don de la ternura, la compasión, la sencillez, la humildad, la entrega, la disponibilidad, la capacidad de servicio…

Os pedía que no os cansaseis de importunarle para que bendijese copiosamente nuestra tierra, regada por la sangre  de tantos mártires, con nuevas y santas vocaciones (a san José le tengo pedidos 12 sacerdotes) como garantía inequívoca de su promesa de futuro. Os decía también que me negaba a creer que en nuestra Diócesis, que, según los que conocen su historia, ha sufrido y superado fuertes y profundas crisis, como el riesgo de ser suprimida, la persecución religiosa de 1936, la crisis de identidad de los años 70, entre otras, Dios no fuera a seguir suscitando también ahora un puñado de jóvenes que, fascinados por Jesucristo, estuviesen dispuestos a ofrecer su propia vida, regalarla a los demás para que pudiesen ser tan felices como ellos. Me resisto a creer que llegue un día en el que, en nuestros pueblos, cada vez más envejecidos y despoblados, los jóvenes sean tan insensibles que no se estremezcan ante tantos “crucificados” como nos salen al paso y no se ofrezcan para ser sus “cirineos” cargando con las cruces ajenas y propiciando que se sientan sanados, perdonados, amados incondicionalmente por Dios.

No se trata, como muy bien intuís, de ofrecer algo de tiempo, de conocimientos, de energías, de dinero..., sino de ofrecer la propia vida en favor de los demás, porque —como recordó el Papa Benedicto XVI al inicio de su pontificado— al mundo no lo salvan los “crucificadores”, sino  los “crucificados”. Sólo Jesucristo crucificado ha redimido el mundo y ha devuelto a cada persona su propia dignidad de hijo.  La vida y la misión del sacerdote, aunque algunos quisieran negarles “el pan y la sal”, sigue siendo la «bomba de oxígeno» que regenera la sangre de nuestro corazón, además de ser una de las formas más fascinantes y sublimes para realizarse como persona, especialmente aquellos jóvenes que desean recobrar la armonía, el equilibrio, el respeto, la libertad, la dignidad, la autenticidad, el cariño, la reconciliación entre los hombres y Dios…

Son un regalo, una gracia siempre inmerecida. Los sacerdotes, bien lo sabéis, no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas, sino que nacen y crecen en el seno de una familia cristiana como la vuestra, que es capaz de escuchar la voz de Dios a  través del grito de nuestros hermanos necesitados. A ver quién es el primero, como diría el Factbook,  que clica «me gusta» y reemplaza a John Mario en el Seminario.

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

17 de noviembre de 2017

¿Qué estás haciendo con tu vida? Desenmascara los «tópicos» que pueden deshumanizarte. No te dejes engañar. Sé sincero, al menos contigo mismo: ¿«vives» o «vegetas»?, ¿«cueces» o «enriqueces»?, ¿«ardes» o «te quemas»?

Hoy el Señor te ayuda a descubrir los «talentos» con que te adornó. Te invita a hacerlos fructificar. No dejes que te vendan bienestar por felicidad. El bienestar es la excitación emocional que te ofrecen fugazmente las cosas al satisfacer tus deseos o necesidades. La felicidad, en cambio, emerge de tu interior. No es fruto de algo concreto sino la convicción de saberse amado y sostenido por Aquel que nos creó. Acontece como un DON, como una GRACIA inmerecida e inesperada. Como TAREA, basta acogerla, disfrutarla y compartirla con los demás.

Te brindo la oportunidad de que seas feliz sirviendo a los demás, implicándote en la transformación de nuestra Diócesis… ofreciéndote un modo nuevo de mirar, gustar, tocar, oler, escuchar, es decir, de saborear a Dios en todo lo que haces. Disfrutar con hondura los encuentros, las miradas, los rostros, la belleza… mirar más el lado bueno, positivo y gozoso de las personas y los acontecimientos… porque quien tiene a Dios en sus labios en todo encontrará gusto a Él.

Es lo que la parábola de los talentos, enmarcada dentro del discurso escatológico de Jesús, pretende hacernos descubrir. El Señor tarda pero su regreso es tan seguro como imprevisible. De ahí nuestra llamada a la responsabilidad personal. Las sumas entregadas y las ganancias obtenidas son muy considerables ya que un talento equivalía a diez mil denarios, el sueldo de seis mil jornadas de trabajo. Más allá de esto, lo que se destaca es la productividad de los dos primeros siervos. El tercero, en cambio, trata de conservar, a buen recaudo un depósito que consideraba cerrado. Actúa con aparente honestidad. No malgasta su talento. No hace nada malo… sin embargo es reprobado por su pasividad. Esta sociedad del bienestar ha logrado anestesiar nuestros pecados de omisión. El abstencionismo y la apatía, la pereza y la comodidad, el egoísmo y el miedo al qué dirán son fruto de una psicosis de seguridad colectiva. Dios nos pide hoy una fidelidad productiva, de lo contrario, también quedaremos descalificados.

Los talentos que recibimos por parte de Dios son, en primer lugar, las riquezas de su Reino, es decir, la salvación, la fe, su amor, su amistad (la vida de Gracia)… En segundo lugar, los dones naturales como la vida y la salud, la inteligencia y la voluntad, la familia y la educación… La fe, sin embargo, es el gran talento que resume todos los demás.

Estos talentos no son para uso privado y exclusivo. Dios no nos ha creado como «floreros». Tampoco nos ha constituido en propietarios, tan solo en administradores. Nuestro dilema insoslayable es explotarlos al servicio de Dios y de los hermanos o bien enterrarlos para no complicarnos más la vida ni ser tachados como retrógrados.

¡Cuántos hombres y mujeres viven instalados, desilusionados o fosilizados como el empleado haragán que efectivamente no malgasta su talento pero lo entierra, contentándose con mantenerlo intacto e infecundo! Los dos primeros fueron elogiados por la lealtad con la que se hicieron cargo de lo “poco”. El tercero, además de acusar al dueño, confiesa que ha sido el temor lo que le ha inspirado su manera de actuar. El Señor, que no le reprocha sus palabras injustas, desenmascara sin embargo su pasividad, su indolencia y su pereza. No ha querido correr riesgos. Al final, se desvelan las motivaciones reales de cada uno.

Lo que se exige siempre es “poco” en comparación con lo mucho que se ha recibido. El diverso comportamiento refleja las distintas maneras que cada uno tiene de enfocar la vida y la fe. Los hay que, conscientes de lo mucho que han recibido por parte de Dios, lo ponen todo al común, al servicio de su Proyecto salvífico. Otros, en cambio, viven con miedo, sintiéndose atenazados por el qué dirán  y logran enterrar todas sus potencialidades.

Lo importante no es la cantidad que cada uno produzca sino si responde al tanto por ciento de sus propias capacidades, actitudes o aptitudes. Dios no exige sin antes habernos dado con abundancia. Personalmente lo que más me conmueve es la confianza que el Señor ha depositado en nosotros. El nos impulsa a aprovechar cada día que sigamos «enganchados» a lo suyo.

Gracias, Señor, porque confiaste en nosotros, entregándonos los talentos y la responsabilidad de tu Reino. Gracias, Señor, porque desenmascaraste nuestra mediocridad y nos hiciste descubrir nuestros pecados de omisión. Ayúdanos, Señor, a redituar nuestros talentos para servir mejor a los demás.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

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