Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

21 de julio de 2017

El Papa Francisco ha convocado un Sínodo de Obispos en Roma para octubre de 2018: quiere conocer el sentir de los propios jóvenes. Ha dado en el clavo eligiendo como lema: «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Subraya, así, lo medular. En la vida sólo hay una pregunta realmente importante a la que tenemos que responder: ¿desde dónde quieres, Señor, que te ame; desde dónde quieres, Señor, que te siga; desde dónde quieres, Señor que te sirva?

Dios ha hecho tan bien las cosas que ha adornado a cada uno de sus hijos con las cualidades necesarias para que pueda colaborar en la construcción de la civilización del amor y participar eternamente de su propia felicidad. Lo audaz es descubrir la «talla» hermosa que ha esculpido en nuestro propio corazón. Lo fuerte es dejarse modelar por Él. Nuestra tarea es ir quitando todo lo que sobra hasta que la «escultura» emerja a la superficie. Así es toda vocación: una GRACIA, un verdadero regalo al servicio de la humanidad. El Papa Francisco ha situado la pastoral vocacional dentro de la pastoral juvenil como el proceso natural que todo joven realiza hasta que hace su propia opción de vida.

Los jóvenes de nuestra Diócesis, el pasado 6 de mayo, tuvieron una «quedada» conmigo, su obispo, en Roda de Isábena para «abrir la maleta de sus sueños», recrear el futuro de la Iglesia y poder expresarle al Papa sus propios anhelos e inquietudes. Fue la respuesta que fluía del corazón de estos jóvenes que no soportan la injusticia ni aceptan doblegarse a la cultura del descarte o de la globalización. “Abrid vuestro corazón a Dios, -les exhortaba como obispo suyo acercándolos a Jesús Eucaristía-, dejaos tocar por Cristo, dejaos sorprender por su ternura, dadle la oportunidad de que os hable. Abridle de par en par las puertas de vuestro corazón. Expresadle vuestros anhelos, ilusiones, vuestros miedos y temores. Cobijaos en su amor misericordioso. Que Él ilumine con su luz vuestra mente y os toque con su gracia el corazón. No os arrepentiréis. Jesús es alguien real. Es tu amigo del alma que nunca te fallará. Háblale al corazón”.

Aquella tarde, el centenar de jóvenes que se dio cita en aquel emblemático lugar donde nacimos como Diócesis, expresaron libremente sus sentimientos, anhelos y preocupaciones. Perdonad mi osadía: que un «sesentón» se atreva ahora a responder el mismo cuestionario. Mi único anhelo es abriros el corazón y expresaros lo que siento y lo que estoy dispuesto a hacer por vosotros. Pero, sobre todo, me gustaría animaros a todos los jóvenes, entre 16 y 30 años, cercanos, indiferentes o alejados de la Iglesia, a que expreséis con total sinceridad lo que pensáis, sentís y buscáis. Mandádselo, antes del 1 de septiembre, por email a Coke y Lolo, nuestros Delegados de Pastoral Juvenil, para que se lo puedan remitir al Papa Francisco. Su email: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla  o  Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla  

 

A) JÓVENES, IGLESIA Y SOCIEDAD

 

1. ¿Sé escucha hoy a los jóvenes?

No lo suficiente. Ni siquiera a los que están más cerca de la Iglesia. Se les suele ofrecer servicios de formación, celebraciones, servicios de entretenimiento… que muchas veces no responden ni a sus expectativas ni a sus necesidades.

 

2. ¿Cuáles son los desafíos y las oportunidades de los jóvenes hoy?

Ofrecerles un trabajo digno con el que puedan abrirse camino y ganarse la vida, constituir una familia… y crecer como personas.

Darles alguna responsabilidad en el ámbito eclesial: diócesis, parroquia, grupo apostólico, movimiento, cofradía…. que les ayude a implicarse, a comprometerse, a madurar.

 

3. ¿Qué tipos, lugares y espacios de grupo juvenil, institucional o no institucional están teniendo más éxito en el ámbito eclesial o no eclesial? ¿Por qué?

Todo va mejor si en los grupos apostólicos, movimientos, cofradías… los jóvenes se sienten acogidos, escuchados, respetados y queridos. Nuestras parroquias deberían ser espacios de relación y comunión y no sólo lugares de “administración de sacramentos”. Por ahora no está cuajando ninguna comunidad juvenil.

 

4. ¿Qué pides a la iglesia?

Que me ofrezca a Cristo. El resto viene por añadidura. Cuando un joven se ha encontrado personalmente con Jesucristo, descubre cómo su vida se ilumina, se transforma, vibra y hace vibrar a los demás a través de su testimonio de vida.

 

5. ¿Cómo y dónde podéis encontrar jóvenes que no frecuentan vuestros ambientes eclesiales?

En la propia vida ordinaria, en el colegio, en la pandilla de amigos, en el barrio, en el trabajo, en los diferentes grupos deportivos, culturales, de ocio… Lo que realmente les «descoloca» a los más alejados es la alegría que contagian sus compañeros cristianos a través de su autenticidad, sencillez, humildad, coherencia de vida...

 

B) LA PASTORAL JUVENIL VOCACIONAL

 

6. La familia

El papel que ocupa la familia con los hijos, aunque muchos padres ya hayan arrojado la toalla, es insustituible. Es una iglesia doméstica para quienes aciertan a vivir la vida como llamada-respuesta a la voluntad de Dios. Es en el propio hogar donde se descubren y cultivan realmente todos los valores con que Dios ha adornado a cada uno de sus hijos. «Vocacionalizar» la familia es una asignatura pendiente. También “vocacionalizar” la parroquia y la propia Diócesis, poniéndola en «clave de SOL - MISIÓN».

 

7. Escuela / Universidad

 Aun siendo muy importantes y contribuir a la madurez de los jóvenes, siempre cumplen una tarea subsidiaria. Los maestros, los profesores, el personal no docente… son siempre una mediación necesaria, pero complementaria.

 

8.- Otros ámbitos

La pandilla, que actualmente es el ámbito natural de socialización, y todo grupo recreativo, deportivo, cultural o religioso que entrañe un sentimiento fuerte de pertenencia y de compromiso, donde pueda sentirse útil, haciendo algo por los demás.

Seguiremos la semana que viene.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón 

 

30 de junio de 2017

La liturgia de este domingo nos adentra en el discurso apostólico de Jesús. En dicho discurso agrupa varios dichos o sentencias. Sus primeras palabras no aluden al testimonio de quien evangeliza sino al encuentro personal con Jesús ante el cual todo queda relativizado. Desde aquí habría que entender también nuestro seguimiento al Señor y la misión evangelizadora que nos ha sido confiada.

La relación entre Cristo y su discípulo es tan estrecha, tan exclusiva y tan radical que se nos antoja casi imposible de llevar a cabo. Es necesario contextualizarla desde la mentalidad del siglo primero. En aquella época, la relación de parentesco lo era todo: servía como lugar de socialización, de refugio en la enfermedad, como ámbito de defensa…, de tal forma que una persona sin este grupo de referencia no era nadie; se convertía en un marginado social. En este contexto, Jesús hace una petición drástica a su seguidores: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí” como para expresar que el seguimiento incondicional va más allá del puro sentimiento. No es cuestión de afectividad sino de elección efectiva. Jesús no pide que el discípulo deje de querer a su familia; lo que exige es que si los lazos familiares fueran un obstáculo insalvable para optar por el Reino, éste tiene la primacía.

Pero no acaba aquí todo. Hay algo más todavía. La persona de Jesús y su mensaje deben anteponerse a todo. Seguir a Jesús conlleva muchas veces cargar con la cruz que no esperabas y abrazarla como Él. “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Sólo entonces puede convertirse la cruz en pórtico de gloria, en signo de seguimiento, en señal de amor y de entrega…

Cuentan que un hombre se quejaba de su suerte por la cruz que le había tocado en la vida. Cuando regresaba del trabajo, todos le parecían que eran más felices que él.  Un día el Señor lo esperó a la puerta de su casa. “Ven conmigo”, le dijo, y podrás escoger otra cruz a tu gusto.  Y le llevó a una gruta llena de cruces de todos los estilos, tamaños y calidades. “Son las cruces de los hombres”, le dijo el Señor. “Elige la que quieras”. El hombre dejó su cruz en un rincón y fue escogiendo. Probó una cruz ligera, pero era muy fea y la dejó. Luego una muy bonita, pero se le clavaba en los hombros. Después una de metales preciosos, pero pesaba mucho y no podía caminar. Probó una y otra vez, pero tenían defectos y las dejó. Por fin en un rincón encontró una pequeña cruz. No era muy bonita, pero parecía a propósito para él. La probó y dijo: “Me quedo con esta”. Al salir de la gruta se dio cuenta de que había escogido la que dejó al entrar. La besó y se la volvió a colgar sobre su cuello. Providencialmente, desde aquel momento, se convirtió en una verdadera oportunidad, en la mediación privilegiada para ofrendar su vida por los demás. Se convirtió realmente en pórtico de gloria. Cruz y amor son sinónimos para el seguidor de Jesús. Ser discípulo cristiano supone una entrega tan plena que constituye una rendición sin condiciones a Cristo, debido a la urgencia del Reino de Dios, para que nadie se pierda, ante el cual todo queda en segundo lugar, incluso la propia vida y los afectos personales o familiares. No hay otro modo de ser cristiano sino amando incondicionalmente a Jesús. «Amando hasta que duela».

Mateo describe cuatro tipos de mensajeros: los apóstoles, los profetas, los justos y los pequeños. Los apóstoles eran mensajeros del Evangelio que enseñaban y proclamaban la buena noticia. Los profetas eran predicadores itinerantes que imitaban la radicalidad de vida de Jesús e iban recordando sus enseñanzas. Los justos eran cristianos procedentes del judaísmo que buscaban ser fieles a la ley de Moisés desde las enseñanzas de Jesús. Por último, los pequeños eran los creyentes en proceso de maduración de su fe. Una de las peculiaridades, que sólo se encuentra en Mateo, es que todos los miembros de la comunidad tienen la dignidad de enviados y la misión de anunciar el evangelio. Anunciar la Buena Noticia de Jesucristo, como acabamos de ver, nos compromete a todos. Sin embargo, lo que nos caracteriza e identifica como seguidores de Jesús no es la mera proclamación de un mensaje, sino la adhesión a la persona de Jesucristo. Ser discípulo implica identificarse con Cristo. Esta identificación no está exenta de conflictos y sufrimientos, pero también ofrece una generosa recompensa. En la primera lectura la familia sunamita recibe como recompensa de su hospitalidad un hijo varón. La mayor de las recompensas, dirá Pablo en la segunda lectura, es compartir la vida en plenitud que nos ha dado el resucitado. Por su parte el evangelio alude a una recompensa doble, por una parte, la de ser representantes del Señor aquí en la tierra, y por otra, obtener la vida eterna.

Reconozco que el evangelio de hoy resulte incómodo y tengamos la tentación de pasarlo por alto. Sin embargo, al igual que nos está sucediendo en la Diócesis a la hora de implicar a todos en la evangelización (en la «orquesta»), la clave está en propiciar primero un encuentro personal con el Señor. La mayor alienación del hombre no es Dios sino la idolatría del poder y del dinero, que cierran el corazón al amor y a la justicia por el egoísmo que genera. Sólo Cristo puede liberarnos y sanarnos del único pecado, el DESAMOR.

 

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

23 de junio de 2017

El que avisa no es traidor. Esta semana no es apta para cardiacos. Algunos podrían sufrir incluso «sobredosis». Sobredosis de santidad, es decir, de autenticidad y coherencia de vida, de amor y de humildad, de sin­ceridad y de honradez, de entrega y de generosidad… Valores tan poco frecuentes hoy, que al descubrir cómo los vivían algunos santos, tratando de imitar al Señor, muchos puedan quedar «alucinados», «tocados», «descolocados» o «fascinados»… ante su testimonio de vida.

El día 21 celebramos la fiesta de San Ramón del Monte, obispo de Barbastro, nuestro patrono aunque siga siendo el gran desconocido. Fue un gran ejemplo de amor al prójimo, de espíritu conciliador y dialogante, de una fe inquebrantable… Un santo, como afirma María Puértolas, vicedirectora del Museo diocesano, cuyos valores siguen siendo un referente para todos los hijos del Alto Aragón: su figura y su legado, aún mil años después, siguen siendo únicos y están todavía vigentes. Dos días después, el 23 de junio, celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que no ofrece ninguna «póliza de seguro» sino que desvela el inmenso amor que Dios nos tiene y cómo ha de estar enardecido, purificado y conformado nuestro corazón con el de Cristo. El día 24 celebramos la fiesta de la natividad de San Juan Bautista, el hombre más grande nacido de mujer, según refiere Nuestro Señor. Profeta auténtico, austero, sincero, honrado, recto, servidor insobornable de la verdad. Valores que trató de encarnar aunque le costara la vida. Tres fiestas marcadas por el «fuego del Espíritu» que enciende, purifica  y conforma nuestros corazones con el mismo Corazón de Jesús.

La «FIESTA» es la forma que tenemos las personas de exteriorizar estos valores, de expresar el gozo y la alegría interior que cada uno vive y siente. Necesitamos agradecer y celebrar la vida. ¡Qué son los sacramentos sino la celebración de los siete momentos más importantes de nuestra propia vida! Anhelamos la fiesta. No una «fiesta enlatada» sino la fiesta que emerge desde dentro, la fiesta que nos dignifica, nos humaniza y nos diviniza. Nuestros mayores que sembraron de fiestas el calendario es lo que querían hacernos entender. La vida sólo tiene pleno sentido y fecundidad en Dios. Él es quien realmente conforma nuestro modo singular de ser y nos ayuda a  «humanizar-divinizar» la vida y nuestras relaciones con los demás.

A nadie se le escapa el desconcierto, en el que en cualquiera de sus ámbitos, se halla sumida hoy la humanidad entera. No es extraño, por tanto, que el corazón humano se sienta interiormente, en muchas ocasiones, desorientado, amenazado, manipulado, deshabi­tado… En una palabra, triste, vacío. Tal vez, una de las causas, pueda ser que el hombre ha invertido las relaciones que le vinculaban con la creación, con los demás y con Dios. Como hiciera el Beato Manuel Domingo y Sol en su tiempo,  y aunque para muchos ahora les pueda resultar insólito, también hoy podríamos encontrar en la adoración eucarístico-reparadora, ligada a la devoción al Corazón de Jesús, tan propia de su tiem­po, la clave para recrear a todo hombre y al hombre todo en Cristo. Él sigue siendo hoy el único que ciertamente puede restablecer la dignidad perdida, «reparar» a la humanidad caída, devolver a la tierra la caridad hurtada y hacer nuevas todas las cosas.

Hoy, igual que ayer, aunque tratemos de cambiar el nombre, la vida está marcada por dos tiempos. Para nuestros abuelos, que de ingenuos tenían poco, la vida venía sellada por Dios. Establecieron un «tiempo sagrado», de fiesta, caracterizado por el descanso dominical (donde se mudaban de ropa y se relacionaban con los demás en la casa de Dios o en la plaza del pueblo tomando el vermú), por las grandes solemnidades litúrgicas (la Inmaculada, la Navidad, la Semana Santa, la Pascua, la Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad, el Corpus Christi…) y por las fiestas patronales (San Ramón, San Mateo, San Pedro, el Santo Cristo de los Milagros, la Virgen del Pilar, el Santo Cristo y San Vicente Ferrer, etc.); frente al «tiempo profano», de trabajo, marcado por el ritmo de las cosechas. Para nuestros padres, en esta era secularizada y postmoderna, la vida viene caracterizada por la producción y el consumo donde nuestras relaciones son mucho más abundantes pero efímeras. Se establece el ritmo del «finde» (fin de semana) y de las cuatro fiestas religiosas (muchas veces descafeinadas o comercializadas) que cada comunidad autónoma autoriza en su calendario laboral. Los cinco días restantes de la semana, están marcados por un ritmo de vida tan frenético que, en no pocos casos, nos conducen al “estrés” o a la “depre”.

Tal vez pueda estar confundido pero, a medida que buceo por vuestro corazón, me asalta la duda de qué es lo que realmente nos hace más felices, más fecundos, más libres y más auténticos a los seres humanos. Sigo creyendo que, como imagen de Dios que somos, lo que verdaderamente nos construye como personas es querernos a nosotros mismos, relacionarnos con los demás, desvivirnos por ellos y juntos tratar de construir un mundo más humano y habitable donde todos descubran la dignidad de ser hijos de un mismo Padre que nos ha creado por amor y anhela que un día podamos compartir eternamente con Él su misma gloria.

Ojalá que el Corazón de Jesús nos haga entender a todos que no se puede permanecer cruzados de brazos esperando que Dios resuelva nuestros problemas sino hacer visible, como San Ramón o San Juan Bautista, el regalo que Él puso en nuestras manos: el de respetarnos, querernos y ayudarnos… Un verdadero milagro, aparentemente imperceptibles, pero que es el que cambia desde dentro el corazón de las personas y de los pueblos.

Durante estos meses de verano, aprovechando las vacaciones de los hijos que vuelven a sus pueblos de origen, se celebrarán multitud de fiestas y romerías. Disfrutad de la naturaleza y de un merecido descanso. Recread vuestra vida familiar. Aprovechad también para volver a las raíces cristianas, despertando al Dios que lleváis dentro, recitando esta hermosa y comprometida oración:

Señor,

no tienes manos,

tienes sólo nuestras manos

para construir un mundo nuevo donde habite la justicia.

Señor,

no tienes pies.

tienes sólo nuestros pies

para poner en marcha a los hombres por el camino de la libertad.

Señor,

no tienes labios.

tienes sólo nuestros labios

para proclamar al mundo la buena noticia que es tu Evangelio.

Señor,

no tienes corazón,

tienes sólo nuestra acción

para lograr que todos los hombres sean hermanos.

 

Con mi afecto y mi bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

 

16 de junio de 2017

El 28 de mayo de 2016 fue el día que más llena he visto la catedral de Barbastro. No cabía ni un alfiler. Más de 1.700 personas jubiladas de todo Aragón llegaron a nuestra ciudad para pasar el día. Me invitaron a recibir la ofrenda floral a la Virgen que don Francisco Javier Iriarte, como Presidente de COAPEMA (Consejo Aragonés de las Personas Mayores), hiciera en nombre de todos. Providencialmente, en esos días, un compañero de la residencia sacerdotal me había regalado un libro de don Leopoldo Abadía que me pareció muy sugerente y que leí de un tirón. Se titulaba: «Yo de mayor quiero ser joven». Fue el «grito de guerra» que coreamos todos por tres veces después de rezar la Salve a la Virgen. Si ese día no se vino abajo la catedral… os aseguro que jamás se caerá.

Don Leopoldo tiene razón. Este zaragozano de pro, de 83 años, con 12 hijos y 45 nietos, ingeniero industrial, profesor durante 31 años en el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa… asegura que se puede ser feliz y sentirse joven a pesar de la edad que uno tenga si logramos mantener la vitalidad por dentro.

Esta alegría interior que brota del corazón fue la que percibí un año más tarde, el 21 de mayo de 2017, al celebrar la pascua del enfermo y administrar la unción de los enfermos a nuestros mayores. Fue una verdadera fiesta de la ternura, del consuelo y de la paz.

Desgranando algunas de las afirmaciones de su libro logré aquella tarde componer un decálogo para la homilía, y que hoy, solemnidad del Corpus Christi, icono de la verdadera COMUNIÓN DE AMOR, quisiera regalar a nuestros padres y a nuestros abuelos como expresión de nuestro cariño, cercanía y gratitud. Ellos siguen siendo en nuestra vida el reflejo más nítido del AMOR COMPARTIDO. Por eso, yo de mayor quiero ser «ÍNTEGRO», es decir, visibilizar y regalar a manos llenas el amor de Dios que llevo dentro. Y que se trasluce en cosas tan sencillas como:

  1. Tener criterio. No hacer caso al primer «cantamañanas» que me adule o que trate de «venderme la moto» (engañarme). Es lo que distingue al que no piensa por sí mismo ni discurre.
  2. Ser responsable, es decir, maduro, sensato, honrado, trabajador, leal, sincero. Asumir lo bueno y lo malo que te pueda venir, con paz y con serenidad. Mira, majo comenta con certeza don Leopoldo si las cosas te van bien, es culpa tuya. Y si te van mal, también.
  3. Tener sentido común. Me asustan las personas sin sentido común pero me aterran todavía más –vuelve a apostillar– las que «no tienen vergüenza».
  4. Saber escuchar y callar. Aunque pueda resultar paradójico, una conversación la domina quien más calla. Y la gana quien más escucha y logra ofrecer lo mejor de sí mismo.
  5. Aprender a perdonar y a olvidar, sobre todo, si tienes razón. Es lo que realmente ennoblece tu alma.
  6. Tener detalles con las personas que me quieren y me ayudan. Tratar de ser agradecido. Intentar ser útil y servir al otro mientras tengas fuerza. Es, sin duda, lo que más incentiva tu sensibilidad.
  7. Aprender a equivocarse. Aceptar los propios errores. Nadie ha nacido enseñado. Dios no creó personas «papelera», «basura» o «descarte» como dice el Papa Francisco.
  8. Vivir con dignidad y respetar las diferencias de los demás. Nadie puede usurpar la dignidad que Dios te otorgó al crearte.
  9. Tener esperanza es aceptar como posible lo que deseamos. Generarla, es ayudar al otro a que consiga lo que desea.
  10. Ser normal, es decir, confiar en los demás y sembrar siempre a tu alrededor la paz y la comunión.

No es fácil aprender a cerrar bien la vida. Lo más difícil es dejarse ayudar pero lo más duro es tener algo pendiente (no haber compartido algún secreto con alguien, no haberse reconciliado con éste o aquél, no haber podido cumplir un sueño inconfeso…).

Asumir que la vida «OTRA» comienza realmente al nacer, es una GRACIA. A veces sólo somos conscientes cuando aparece la primera arruga o mancha de vejez en nuestra cara o en nuestras manos, cuando sobreviene el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se desvanece y se aleja, de pronto, frente a nuestros ojos... Aprender a envejecer es un don divino y, al mismo tiempo, un arte que nos permite paulatinamente desasirnos de todo lo superficial para llegar a ser uno mismo en Dios. Es vivir la vida como si hiciéramos un viaje en globo y nuestra tarea consistiese en ir soltando lastre hasta que «flotásemos», nos «elevásemos»… y llegásemos al lugar de dónde vinimos, es decir, a los brazos de Dios nuestro Padre para fundirnos en un abrazo eterno y gozar de su misma gloria.

El camino que realmente plenifica a cada persona, desde que abrimos los ojos a la vida, es ir despojándonos, desprendiéndonos, desposeyéndonos… de todo lo que nos impide ser nosotros mismos (ser en Dios), de todo lo que nos esclaviza, nos estresa, nos cosifica… Justo, el camino inverso que otros proponen como verdadero elixir de la felicidad.

Lo sublime en esta etapa final –eufemismos aparte– es que nos toca ofrendarle (regalarle) al Señor nuestra propia vida ajada por los años, debilitada por el trabajo o la enfermedad, marcada con tantas «cicatrices»… siendo conscientes de que es esta etapa, aunque nos cueste aceptarlo, la más hermosa y fecunda. Hasta ahora sólo le ofrecíamos nuestra fortaleza, nuestra sabiduría, nuestros éxitos… Ahora soy yo mismo la mejor ofrenda ante el Padre. Te regalas todo tú y sólo tú. Es entonces, sólo entonces, cuando uno llega a descubrir realmente la dignidad y el amor del que hemos sido objeto por Aquel que nos creó.

Esto es lo que celebramos aquel domingo y que hoy evocamos en la solemnidad del Corpus Christi, como nuestra mejor ofrenda. Nuestros mayores, una vez más, supieron estar a la altura y vivir este momento como una verdadera fiesta, como una gracia, como una ofrenda de su propia vida, como un anticipo de la plenitud que les aguarda cuando vuelvan a los brazos del Padre. Esta etapa de la vida es, sin duda, un verdadero tiempo de gracia y de fecundidad porque ellos también son testigos de Jesucristo aunque puedan decir o hacer menos cosas.

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

9 de julio de 2017

Nuestra catedral, un hogar con «piedras vivas»

A medida que trascurre el tiempo os confieso que cada día me siento más orgulloso de vosotros porque a través de vuestra vida estáis contribuyendo, como «piedras vivas», a la edificación del Reino de Dios. Estas piedras, tomadas de las canteras de Zaidín y Montearruego como las de nuestra hermosa catedral, han sido grabadas todas ellas a cincel y martillo en el corazón de cada barbastrense. Dos letras, Barbastro y Monzón,  expresión de una iglesia misionera y martirial, con una cruz y su estigma, signo de redención, ¡para que nadie se pierda!, son la marca de fábrica.

«Vocacionalizar» nuestra Diócesis, esto es, aflorar al Dios que cada uno lleva dentro, es ahora nuestro gran desafío. Tendremos que seguir poniendo con esfuerzo y sacrificio lo mejor de uno mismo al común si queremos conseguir entre todos ser la gran orquesta (familia) que Dios ha soñado en nuestra Diócesis.

Nuestr@ herman@ se torna ahora en nuestro mejor regalo... incluso el que parece más débil o indefenso, el enfermo o el  anciano, el que no piensa como yo, el que es menos práctico o efectivo… el más joven que apenas tiene experiencia pastoral, el que está alejado, el que renegó o nunca practicó pero anhela ser feliz… Como en cualquier hogar, también est@s herman@s nuestros tienen que ser objeto de nuestra mayor predilección, cariño y atención. Pero esto sólo podremos vivirlo desde la contemplación porque, como escribió Marcelino Legido, “mi corazón es demasiado pequeño para albergar a todos los hermanos”.

Tal vez con esta singular historia logre expresar mejor lo que bulle en mi corazón: «Cuentan que en una cantera hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le ratificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además, se pasaba el tiempo golpeando. El martillo aceptó con resignación su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo porque, dijo, había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro, que siempre andaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera el único perfecto.

En esto entró el cantero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro, el tornillo... Finalmente, la piedra tosca se convirtió en piedra de sillar, de capitel, o de columna…

Cuando la cantera quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra la sierra y dijo: "Señoras y señores, ha quedado demostrado que todos somos frágiles y vulnerables, pero el cantero se fija en nuestras cualidades. Esto es lo que nos hace valiosos. Así que no nos entretengamos en nuestros defectos, que los tenemos, sino potenciemos nuestros valores y compartámoslos con los demás". La asamblea descubrió entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un equipo capaz de producir piedras sólidas, de calidad y bien talladas. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos por los demás».

Todos somos necesarios en esta construcción aunque no todos cumplamos la misma función en ella. Así de bello lo supo expresar Paul Claudel: «No le corresponde a la piedra elegir su lugar en la construcción sino al maestro de obra que la escogió».

¡Cómo me gustaría que en este aniversario de la consagración de nuestra catedral consiguiéramos al menos estas tres cosas!:

En primer lugar, ¡que nadie se pierda!, esto es, que nadie se sienta excluido. Que todos los hijos del Alto Aragón tengan un lugar en torno a la mesa familiar.

En segundo lugar, que surjan de nuestras «canteras» (familias, parroquias, grupos apostólicos, cofradías, movimientos, colegios, etc.) «piedras vivas» diferentes (vocaciones), con las que poder construir una Diócesis evangelizadora, misionera y martirial.

Y, en tercer lugar, que se incentive la comunión y el trabajo en equipo entre todos.

Que cada hijo al regresar a casa y contemplar el rostro de su madre, «María de la Asunción», puedan repetir con el mismo sentimiento que lo hiciera Dámaso Alonso, «Virgen María Madre, dormir quiero en tus brazos hasta que en Dios despierte».

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

 

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