Ahora y Siempre Ángel Pérez Pueyo

24 de marzo de 2017

Estoy persuadido de que si continuamos en esta dirección y somos pacientes lograremos impulsar todas nuestras comunidades cristianas, grupos apostólicos, movimientos, cofradías, prelatura, asociaciones… y responder así a sus propias expectativas y a las necesidades de los demás… Y, no tardando mucho, cada uno se sentirá no sólo integrado sino partícipe de este hermoso proyecto eclesial. Mi único deseo ahora es reavivar la vocación específica de cada laic@ comprometido, de cada consagrad@ y de cada sacerdote, tenga la edad que tenga.

Como habéis podido captar no se trata de una simple reestructuración o reorganización de la Diócesis sino de una profunda revitalización personal e institucional. Sólo así, cada uno podrá descubrir las gracias con que Dios le ha adornado, las valorará y las cultivará y él mismo se convertirá incluso en mediación privilegiada para llamar e invitar a otros a servir a Dios en los demás, sobre todo como sacerdotes. Descubrirán el papel fundamental, como «primer violín» (‘concertino’), que tienen en nuestra «orquesta», los sacerdotes, ya que de ellos dependerá que cada uno de nosotros pueda estar bien afinado (templado espiritualmente) y conseguir que se armonice (conjunte) nuestro timbre de voz con el de los demás.

En el mes de febrero del año pasado, el Sr. Arzobispo de Zaragoza, don Vicente Jiménez Zamora, nos animó a los obispos de las diócesis aragonesas a poner nuestras Diócesis en clave de misión y a evangelizar con planteamientos nuevos. Desde esa instancia, escribimos conjuntamente una carta pastoral titulada: «Iglesia en Misión al servicio de nuestro pueblo de Aragón». Las unidades pastorales: instrumento de comunión para la misión.

Desde entonces se está revisando en profundidad nuestra tarea pastoral, reavivando el ardor evangelizador de los sacerdotes, consagrados y laicos e impulsando equipos en misión, integrados por uno o dos sacerdotes, consagrad@s y un puñado de laic@s cualificad@s.

En los días 27 y 28 de febrero nos reunimos en Peralta de la Sal todos los obispos de Aragón con sus respectivos vicarios y arciprestes para revisar las orientaciones y líneas de actuación que establecía la citada Carta Pastoral. Cinco de nuestros animadores de la comunidad dieron un hermoso y profundo testimonio de su experiencia personal. Fueron, sin duda, la estrella del encuentro.

En nuestra Diócesis, desde hace varios años, se contaba ya con la colaboración de una docena de cristianos, «animadores de la comunidad», que venían colaborado con los párrocos en la atención pastoral de algunos núcleos pequeños del Pirineo, asistiéndoles en sus actividades pastorales y convocando a los fieles para una celebración religiosa. Esta valiosa colaboración ha permitido una presencia periódica de la Iglesia en parroquias rurales, según la población. Las celebraciones han sido, al menos, mensuales (unas, con el sacerdote y otras, con el «animador»).

Durante este curso nos habíamos propuesto extender este espíritu misionero al resto de la Diócesis, especialmente en núcleos de mayor población. Gracias a algunos párrocos que han logrado ver el alcance evangelizador y su fecundidad, se ha logrado involucrar a una virgen consagrada de Barbastro y a casi  treinta y cinco laic@s de las parroquias de Monzón, Binéfar, San Esteban de Litera y Tamarite, constituyendo «equipos de misión» (un sacerdote, alguna religiosa donde hubiera disponibilidad y uno o dos seglares). Cada equipo se ocuparía de toda la actividad pastoral de una zona geográfica. En estos días, desde la comunidad de origen, se está haciendo la celebración del envío de cada uno de los animadores de la comunidad.

Como veis, son pequeños pero elocuentes signos del Espíritu, caricias que Dios ofrece para hacernos sentir que vamos en la dirección que el Papa Francisco está queriendo resituar a la Iglesia.

Por medio de estas líneas querría haceros partícipes del gozo y emoción contenida de vuestro pastor, hermano y amigo que comparte con vosotros el mismo camino. Agradezco y felicito a los agraciados. Y animo a todos a no tener miedo de ofrecerse y responder con generosidad al Señor. Ya sólo nos quedaría que San José nos regalase los doce sacerdotes nacidos en nuestras tierras que garantizasen nuestra supervivencia como Diócesis de Barbastro-Monzón.

 

Con mi afecto y bendición.

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

17 de marzo de 2017

El día 24 de abril de 2005 tuve la GRACIA de poder asistir en la plaza de san Pedro a la misa de inauguración del Pontificado del Papa Benedicto XVI. Al acercarse mi segundo aniversario como obispo de esta Diócesis veo cómo sus palabras están resultando programáticas en mi humilde ministerio pastoral: «Era costumbre en el antiguo oriente que los reyes se llamasen a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen única: para ellos los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado.

Por el contrario, el Pastor de todos los hombres, [el Emmanuel, el Dios con nosotros, que acabamos de celebrar su nacimiento,] se ha hecho ÉL MISMO CORDERO, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados, dando la vida por sus ovejas. No es el poder lo que redime sino el amor. Este es el distintivo de Dios: Él mismo es AMOR (...) El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el CRUCIFICADO y no por los crucificadores».

Juan Bautista reconoce en Jesús al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Estas palabras se repiten cinco veces en la celebración de la eucaristía. La quinta vez, inmediatamente antes de la comunión como indicando que el que se une a Cristo sacramentalmente reconoce y asume también su condición de “Cordero sacrificial” que está dispuesto a cargar con el pecado del mundo, es decir, con el pecado propio y ajeno.

“Quitar el pecado del mundo” significa no sólo erradicar toda la situación de mal que hay en el mundo sino que supone también la victoria de la luz sobre las tinieblas y sobre la negación del amor a Dios y a los hermanos en sus múltiples manifestaciones, cuyo resumen es el EGOÍSMO, el DESAMOR. Estos pecados están dentro de cada uno de nosotros. Si echamos un vistazo, nos damos cuenta de que en la sociedad campea la explotación, la corrupción, la pobreza, el hambre, la incultura, la violencia, el sufrimiento de muchos inocentes, la marginación de los sin voz… en una palabra, la violación de los derechos humanos. A nadie se le escapa que en el mundo laboral, abunda la competencia desleal, el paro, la inseguridad y las zancadillas. Que en nuestras familias hay frialdad, falta de diálogo y de entendimiento, lucha entre las generaciones, desamor, infidelidades, divorcios y abortos. Y en el plano personal nos dominan las actitudes de soberbia, la avaricia, la lujuria, la envidia, el afán de dominio, el odio, la rivalidad y la venganza.

¿Cómo luchar contra el mal para erradicarlo de nuestras vidas, de nuestros hogares, de nuestros ambientes...? Nuestra única esperanza sigue siendo Jesús de Nazaret, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él es nuestra victoria, nuestra liberación y nuestra paz. Por Cristo y con Él somos capaces de vencer el pecado cada día y de construir el Reino de Dios y su justicia en la tierra. Jesús cargó sobre sí nuestros pecados y asumió nuestra condición pecadora, como lo demostró en su bautismo en las aguas del Jordán; pero al mismo tiempo venció nuestros pecados por medio de su muerte expiatoria y de su resurrección gloriosa, que en nosotros se actualiza a través de los sacramentos.

Pedir perdón no es una actitud propia de cobardes. Justo lo contrario. Pedir perdón nos hace creíbles, nos ennoblece, nos engrandece, nos hace más humanos y celestiales. Desde hace un tiempo, cuando termino de hablar personalmente con alguien, y ya son más de quinientas las personas con las que he tenido la dicha de “bucear por su corazón”, suelo preguntarle si desea que le regale el “abrazo de Dios”. Y mientras le impongo las manos para absolverle y fundirme finalmente en un abrazo fraterno, no es infrecuente tener que ofrecerle también un kleenex.

Os invito, por medio de esta oración de José Javier Pérez Benedí, a pedir por nuestra conversión continua como testigos del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y a mostrar con nuestra vida que vivimos todos los valores evangélicos, sobre todo el amor, la fraternidad humana, la justicia y la solidaridad con los más pobres.

Con su sangre nos compró

Juan nos presenta a Jesús

como “Cordero de Dios”:

Quita el pecado del mundo,

nos ofrece su perdón.

Por el pecado, los hombres

no aceptan al Creador.

Le vuelven el rostro al Padre,

abusando de su amor.

Y así despiden, con rabia,

un olor a corrupción,

proclamando con orgullo:

El único “dios soy yo”.

Al no creer en Dios Padre,

se buscan la perdición:

Esclavos de “falsos dioses”

les rinden adoración.

El resultado es un mundo

duro, injusto y pecador,

marcado por la violencia,

la soberbia y la ambición.

Dios, que no abandona al hombre,

nos envió un Salvador,

un Cordero que, en la cruz,

con su sangre nos compró.

Que, al recordar al Cordero,

antes de la comunión,

con fe y amor, le entreguemos

todo nuestro corazón.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

10 de marzo de 2017

¡Carnaval, carnaval…! Ha sido la expresión más tarareada durante estos días. La gente anhela la fiesta, la diversión, la alegría, el descanso… para evadirse de la rutina cotidiana tan estresante y esclavizadora como servil y deshumanizante. Se busca cualquier pretexto para organizar una celebración, la mayoría de las veces «enlatada», donde el objetivo no es otro que desinhibirse por unas horas de la realidad, llegando incluso hasta la despersonalización del propio individuo. Tal vez porque ignoren o no les interese conocer que la verdadera alegría brota del interior de uno mismo.

Perdona mi osadía si durante estos días te invito a «disfrazarte de ti mismo» con el único deseo de que llegues a descubrir cómo la fuente de la alegría auténtica nace de tu propio corazón. Y, aunque pueda parecerte paradójico, no te lo quites si quieres celebrar con emoción contenida la fiesta de la vida.

La vida que Dios te regala es celebración, fiesta y bendición. Los mismos sacramentos, que visibilizan los siete momentos cruciales de la vida: nacer, crecer, madurar, optar, rectificar… son una verdadera celebración. Ni siquiera el viático, la comunión a los enfermos, es concebido como un sacramento de muerte, sino como fortaleza para el paso, para el camino... Y la misma unción, que tanto nos cuesta ofrecer a nuestros ancianos o enfermos, porque seguimos creyendo que es presagio de muerte, sacramento de moribundos, se halla encuadrado en la celebración de la fortaleza de la vida frente al debilitamiento causado por la enfermedad o la edad. O el sacramento de la reconciliación, que nos libera de las múltiples esclavitudes y nos devuelve la verdadera alegría.

A la fiesta de Jesús han sido invitadas todas las personas, especialmente las que se hallan más perdidas, las que no tenían cabida en otras fiestas de la tierra, las personas marginadas por el signo del pecado o de la enfermedad o el miedo a la muerte: tullidos, leprosos, publicanos, prostitutas… Para todas estas personas, a partir del encuentro con Jesús, la vida empieza a ser lugar de fiesta, campo de ilusión y de plegaria, de sorpresa y gratitud y esperanza. Esta fiesta consiste en la memoria de la liberación obtenida el año de gracia que con su presencia y acción acontece en el mundo.

El miércoles de ceniza, al inicio de la cuaresma, nos ha servido como punto de inflexión para poder afrontar durante este tiempo de gracia que el Señor nos ha regalado cuál es el «área ciega», oculta, frágil, vulnerable de nuestra propia vida y redescubrir, una vez más, nuestra condición de hijos muy amados de Dios y recuperar nuestra dignidad perdida. ¡No hay nada que produzca más gozo que saberse y sentirse amado y perdonado por Aquel que te creó! Y estallar de gozo en la celebración de la vigilia pascual.

La cuaresma es una llamada a renovar la conversión. Dicha conversión supone una continua invitación de Dios al hombre para que entre en comunicación íntima con Él. Y esto a veces nos exige:

§  Cambiar de rumbo, es decir, de conducta para encontrarse realmente con Dios en los hermanos.

§  Cambiar de actitud, es decir, de ideas y criterios.

Ambas realidades indican una revolución total del hombre, un retorno integral a Dios: del ser y del actuar. Supone un cambio pleno de toda la persona. La conversión debe llegar a lo más íntimo del hombre. Y allí recobrar la alegría interior. Y hacer de la vida una auténtica fiesta.

Lo que Dios busca y espera de nosotros es que nuestro santuario interior, la conciencia, sea habitada por Dios. Es la respuesta positiva que el hombre da a la invitación que procede de Dios. Convertirse es escuchar la llamada y seguirla por encima de todo, como hizo Abrahán o como hicieron los primeros discípulos de Jesús. Es encontrar el tesoro y venderlo todo por adquirirlo.

Los medios que la Iglesia propone para vivir esta conversión son la oración, la lectura de la Palabra de Dios, el ayuno y la caridad. Te invito a rezar durante esta cuaresma con el evangelio de cada día. Te ofrezco, además, algunos actos de caridad sencillos que el Papa Francisco nos ofrece, uno para cada semana de cuaresma: 1) Sonreír al otro; 2) Dar las gracias aunque no tuvieras que hacerlo; 3) Saludar con alegría a las personas que ves a diario; 4) Ayudar sin que te lo pidan a quien pueda necesitarte; 5) Limpiar lo que uses en casa. Y te insto, como insinúa el Papa, a que ayunes de quejarte; de entristecerte; y de pronunciar palabras inútiles. Llénate de silencio y de escucha a los demás… Y toda tu vida se llenará de paz y alegría. Será una verdadera celebración.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

3 de marzo de 2017

Con exquisita belleza literaria pero, al mismo tiempo con gran contundencia, define Jesús la actitud del cristiano ante el dinero: es incompatible tener dos dueños. Dios no admite rival. El dinero, sutilmente, intenta suplantarle y apoderarse del corazón del hombre.

Ante esta disyuntiva Jesús propone abandonarse a la Providencia amorosa del Padre. Para ello se sirve de dos imágenes bellísimas entresacadas de la naturaleza: si Dios cuida de los pájaros y de los lirios del campo, y les proporciona su subsistencia espontánea, cuánto más cuidará de nosotros. Y de ahí que Jesús invite a sus oyentes:

.- A no agobiarse ni por el alimento ni por el vestido. Este aviso se dirige principalmente al rico a quien le sobra y vive esclavo de lo que tiene; pero también al que tiene menos y vive obsesionado por tener. Nuestro Padre del cielo ya sabe lo que cada uno necesita.

.- A buscar el Reino de Dios y su justicia. Lo demás, es añadidura. Esto responde a la actitud básica de todo creyente: Dios ha de ser lo primero. Las demás cosas ocuparán su lugar apropiado.

Jesús no excluye que busquemos lo que necesitamos para vivir. Él sabe lo que cuesta ganarse la vida trabajando honradamente. Lo que reclama es que seamos providentes, esto es, que confiemos plenamente en Él, sin obsesionarnos ni angustiarnos por las cosas materiales.

La semana pasada os hablaba del perdón y del amor al enemigo. En ésta quisiera que descubrieseis la nueva actitud del discípulo ante la subsistencia cotidiana. El dinero se ha constituido en SUCEDÁNEO. Hoy más que nunca, se le rinde culto. Es el dios que más adoradores tiene. Todo se sacrifica ante su altar: el trabajo y la salud, los principios éticos y la familia, la amistad y la felicidad. En el fondo nos autoengañamos. Supeditamos nuestra identidad como personas al tener y gastar. Cuando dejamos de ver el dinero como mediación para obtener comida, vestido, vivienda, estudios, educación, ocio, cultura… y lo convertimos en un fin en sí mismo, a la larga, nos sentimos esclavizados.

Este dilema planteado hace dos mil años por Cristo sigue siendo actual: No se puede servir a la vez a dos amos excluyentes. Por eso, nos invita a optar por el Reino de Dios y su justicia, es decir, elegir la soberanía amorosa de Dios y su voluntad.

El consumismo, que encaja tan bien en el hombre moderno, que vive en países desarrollados, insensiblemente va degradando su propia dignidad humana, es decir, su noble condición para convertirse en mera máquina de producción y de consumo. Bloquea también la solidaridad, el compartir, la fraternidad y la comunicación de bienes, alimentando así el egoísmo y la manipulación entre sus semejantes. Desgraciadamente, la sociedad del bienestar no está logrando, como algunos airean, que las personas sean más felices, auténticas, fecundas y libres. Nuestra actitud de creyentes, frente al dinero y frente a los bienes materiales, pone a prueba nuestra fe y nuestra confianza en Dios.

El dinero significa seguridad; por eso, lo aseguramos todo, hasta la “mascota”. Nuestra obsesión por la seguridad choca con la fe y nos hace vivir con ansiedad. Jesús nos invita a la confianza y al abandono en las manos de Dios a quien servimos con amor y por quien nos sentimos amados. A vivir desde la Providencia. Bien sabe lo que cada uno necesita en cada momento. Nos urge, ante este tiempo de GRACIA que iniciamos en Cuaresma, a cambiar de mentalidad y de actitud para conformar nuestra vida con la conducta que adoptó en su tiempo Nuestro Señor Jesucristo.

¿No habremos invertido realmente el orden de la creación que Dios nos regaló para ser plenamente felices…? ¡Qué razón tenía el Señor cuando desenmascaró a quienes deseaban tener dos amos…! El ansia por tener poder, prestigio y dinero es el «cáncer» que aqueja hoy a nuestra humanidad. Es la raíz de todos los males. De ahí brota la explotación del hombre por el hombre, la pobreza, la incultura y el subdesarrollo de unos frente a la opulencia y despilfarro de otros, las rivalidades, los odios y las guerras entre todos. Jesús, señala el camino: «invertir» en las personas, especialmente en las que la sociedad descarta, para devolverles su propia dignidad.

¡Dime ante quién te doblas y te diré a qué «DIOS» adoras! No te engañes. Ni pretendas ir de «vivo» por la vida tratando de aprovecharte de todos. Afronta con humildad y honestidad que los bienes materiales no son fines en sí mismos sino instrumentos, mediaciones privilegiadas que Dios ofrece a las personas para que, compartiéndolos, contribuyan a recrear una nueva civilización, cimentada en el amor, en el respeto al otro y en la atención al más desvalido y desheredado.

 

Con mi afecto y bendición 

 

Ángel Pérez Pueyo 

Obispo Barbastro-Monzón 

24 de febrero de 2017

Aunque los cristianos no siempre hayamos sabido estar a la altura del Maestro, fue Él quien revolucionó el mundo con su modo de ser y de proceder. El giro que Jesucristo propuso con su autoridad mesiánica fue de tal envergadura que cambió radicalmente la ley que estaba establecida en aquel tiempo: el perdón en vez de venganza y el amor al enemigo en vez del odio, son las dos últimas antítesis del Sermón del Monte. De las otras cuatro os hablé la semana pasada. Gracias, por el eco que tuvieron.

Jesús, con esta doctrina, ha escrito una de las páginas de más altura de toda la literatura universal, y que, posteriormente, inspiraría a Gandhi su campaña de «la no-violencia activa». Estas antítesis: «habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo» se oponían radicalmente a la tradición legal de los letrados y de los fariseos.

Jesús propone cambiar la ley del talión, «ojo por ojo, diente por diente», esto es, puedes vengarte en la medida en que has sido ofendido. La ley del talión, que se encontraba en el código de Hammurabi en Babilonia, nos puede parecer hoy una ley inhumana y obsoleta. Pero en su tiempo fue una ley de moderación, pues trataba de poner límite a la venganza, tanto a nivel de sentencia judicial como a nivel de individuos o de familias. El castigo no podía ser ilimitado sino que debía ser igual al daño recibido.

Hay que reconocer que este espíritu de venganza, tan inhumano como obsoleto, sigue estando vivo en el corazón de aquellas personas que, aunque se tengan por «progres» o «liberales», utilizan expresiones como estas: «el que la hace, la paga», «no te dejes pisar», «el que ríe el último ríe mejor», «la mejor defensa es un buen ataque»… Para Jesús y los que deseen seguirlo, en cambio, queda excluido no sólo la venganza efectiva sino también el deseo de la misma, hasta llegar a renunciar a todo tipo de justicia vengativa o a cualquier violencia activa, incluso como autodefensa: «No hagáis frente al que os agravia, al contrario,…» y muestra con varios ejemplos, que no deben tomarse al pie de la letra, el verdadero espíritu de perdón, de reconciliación y de fraternidad.

Además, por si no fuera suficiente, Jesús mandó amar a los enemigos: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo» Para los israelitas, todo el que no pertenecía al pueblo de Dios era considerado como «extraño» y «enemigo» a quien no era necesario amar. Este era el sentido. Pues bien, Jesús, una vez más, rompe con la tradición de los rabinos y va más allá: «Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y os calumnian».

Cristo da un paso de gigante y para gigantes. No contento con ampliar el concepto de prójimo a toda persona sin distinción y el de perdón hasta setenta veces siete, manda además amar incluso al enemigo. Según Jesús, para el que ama no hay más que hermanos.

«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» es la conclusión de las seis antítesis. La excelencia. La santidad. Al discípulo de Cristo no le basta con saludar y amar a los amigos; eso lo hace cualquiera. Al cristiano se le pide más: que sean perfectos como el Padre celestial.

El mensaje de Jesús aparece aquí en toda su radicalidad y revoluciona todos nuestros criterios y valores humanos. Duro programa de examen es el que propugna. ¿Seremos capaces de aprobarlo? Por eso, Cristo, nos avisa al principio de las seis antítesis: «Si vuestra fidelidad no es mayor (si no sois mejores) que la de los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los Cielos». Ahora entendemos mejor la sabiduría cristiana a la que se refería Pablo en la comunidad de Corinto: «la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. Por eso es absurda toda división, toda animadversión y todo partidismo, que rompen el amor entre los miembros de la comunidad cristiana, verdadero templo de Dios. La auténtica sabiduría cristiana es conocer la propia dignidad del creyente y de la comunidad en que éste vive; y establecer después la jerarquía de valores y pertenencias: «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». Dios sigue siendo el gran protagonista de tu vida, aunque lo ignores o lo niegues.

Jesucristo no propone estas normas o enseñanzas a sus discípulos como una mera utopía. Es el ideal, que si fracasa, será por la dureza del corazón humano y/o por las estructuras violentas y egoístas con que hemos creado el mundo. Jesucristo excluye conscientemente toda clase de violencia o ensañamiento, pero no una resistencia pacífica, basada en el amor. De ello dieron prueba fehaciente, muchos hijos del Alto Aragón.

 

Con mi afecto y bendición

Ángel Pérez Pueyo

Obispo Barbastro-Monzón

Más artículos...

Página 1 de 16

Inicio
Prev
1