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Opinión Editorial

 

18 de mayo de 2012

 

Estos días se cumple el primer aniversario de un complejo fenómeno políticosocial que merece, a pesar de su dificultad, una reflexión: el llamado movimiento del 15-M. Con la aparición más o menos espontánea de este fenómeno de masas aparece una forma nueva, brusca e imprevisible de acción política a la búsqueda errática o al menos imprevisible de nuevas formas de acción política. Su devenir pacífico –más allá de leves provocaciones– indica una concepción inicial honesta de quienes desean una profunda regeneración democrática con unos cauces de participación más horizontales que miren los verdaderos problemas de la gente.

Ha habido un sinnúmero de exégesis de éste fenómeno, por otro lado poco interpretable. En el confluyen una situación económica angustiosa para una gran parte de los ciudadanos que los aleja cada día de un futuro estable y sereno, en medio de un modelo de desarrollo dominante, pero agotado, en el que conviven junto a una tendencia compulsiva a la acumulación de bienes materiales un empobrecimiento de los valores de justicia y solidaridad. Todo ello nos lleva a vivir por encima de nuestras posibilidades, consumiendo más recursos de los que realmente necesitamos y nos conduce al desencanto y la frustración al no lograrlo. Tampoco ayuda una casta política que en muchos casos se muestra vergonzosamente cargada de gabelas y beneficios descarados en un contraste humillante para la mayoría de los ciudadanos.

Estos movimientos sociales de protesta y su rápida extensión son un síntoma claro y evidente del desajuste político y social que padecemos. La solución nunca será fácil ni dependerá solo de una de las partes. Los ciudadanos debemos hacer un esfuerzo directamente proporcionado a nuestras posibilidades para tratar de revertir esta grave situación, ejercitando la austeridad, el trabajo –quien lo tenga– y la solidaridad. A los políticos debemos exigirles lo mismo pero sin olvidar nunca, como acaba de manifestar muy recientemente nuestro flamante premio Nobel Mario Vargas Llosa que «la democracia tiene sus cauces a través de los cuales se puede y se debe expresar la protesta y que es peligroso apartarse de ellos».


11 de mayo de 2012

En nuestro país la libertad de prensa quedó formalmente establecida en la tan celebrada Constitución de Cádiz de 1812. Naturalmente su dilatada existencia nos enorgullece, sin que eso nos permita en ningún momento bajar la guardia. La libertad de prensa no es sino una variante específica de la libertad de expresión y por tanto un derecho frágil que es necesario conquistar y tutelar continuamente como una muestra indiscutible de la buena salud democrática de una nación.

Hoy afortunadamente existen una enorme variedad de medios, tan vertiginosos como complejos, para poder expresar una idea. Lo que hace apenas unos años ocurría con una simplicidad extrema a través de la comunicación oral o gráfica, hoy ha quedado desbordado por un horizonte de medios instantáneos para difundir una idea, pero –no nos engañemos –el proceso moral de la comunicación sigue teniendo un mecanismo sencillo e invariable formado a base de elementos lógicos y afectivos que de una forma u otra intervienen en la comunicación social. Lo importante no es la inexorable eficacia con la que puede fluir y divulgarse una idea, sino la libertad que ahora y siempre se tiene para expresarla.

Contrariamente a lo que pudiera parecer, este derecho no pasa por sus mejores momentos y eso que en los últimos años la situación, al menos, no ha empeorado. Siguen existiendo una multitud de entornos represivos, unos más evidentes, a través de la violencia directamente ejercida sobre un medio y otros más sutiles, pero no menos de eficaces, de compra de voluntades a base de dinero, prebendas, subvenciones, publicidad, etc. Sutiles pero vigentes en los entornos más cercanos y tan eficaces que los propios medios estamos llamados a hacer una reflexión sobre cuáles son las mordazas, hoy, que silencian a la prensa.

De 197 países estudiados por la reputada Freedom House, se considera que la libertad plena existe en 66; en otros 72, de forma parcial; en el resto, carecen de prensa libre. El derecho alcanza hoy a menos del 15% de la población mundial. Por eso es vital, alrededor del Día Mundial de la libertad de prensa, seguir vindicando una prensa libre de toda presión e injerencia y entregada siempre al servicio de la verdad, la justicia y la paz.


4 de mayo de 2012

Como todos los años por estas fechas, se nos dicen las mismas cosas a la hora de hacer la Declaración de la Renta en relación con lo de poner la X en la casilla en favor de la Iglesia Católica. Se nos anima a ponerla y se nos dan las razones: lo que recibe la Iglesia por ese concepto lo va entregando a tantas y tantas actividades asistenciales y a tantas y tantas personas necesitadas que lo que resulta es que poniendo esa X hacemos el bien ayudando a la Iglesia a hacer el bien.

Desde el año 2006 se produjo un cambio importante en el sistema de financiación de la Iglesia católica: se eliminó la dotación del Estado –la Iglesia no recibe nada del Estado–, se puso en 0´7 % el impuesto asignado a la Iglesia católica y se suprimió la exención del IVA que hasta entonces tenía. La Conferencia Episcopal Española rinde cada año cuentas claras de todo lo que recibe y de cómo lo administra y esto es algo que valoramos todos muy positivamente.

La Iglesia católica, con lo que recibe libremente de los contribuyentes, sustenta al clero, –los sacerdotes perciben sueldos por debajo de los mil euros mensuales–, paga su seguridad social, sostiene centros de formación y atiende muchas actividades pastorales. Además educa la fe de sus fieles a través de las catequesis y de la preparación de los sacramentos (bautismos, primeras comuniones, confirmaciones, matrimonios), acompaña con asesoramientos espiritual y formación a muchas personas jóvenes y mayores y tiene siempre la puerta abierta para cualquiera que llegue pidiendo ayuda sin importarle etiquetas de raza, color, condición social o religión. Los que saben hacer cálculos con los números dicen que todo eso supondría un gasto de unos 2.000 millones de euros y que con mucho menos hace la Iglesia lo que hace. Y no es pequeña cosa hablar de la impagable labor evangelizadora que hacen los 18.000 misioneros repartidos por los cinco continentes o lo que, como todos sabemos ahora, hacen entre nosotros instituciones de la Iglesia católica como Cáritas y Manos Unidas.

La coyuntura social y económica que estamos atravesando ha hecho conocer a mucha gente que la Iglesia es austera, generosa y responsable. Más allá de sus limitaciones y de sus defectos sabe que tiene como misión anunciar el Evangelio cada día y quiere amar a todos como hermanos. Marcar ahora la X en favor de la Iglesia católica es ayudar a muchos con poco. Poner la X no cuesta nada y rinde mucho.

 

27 de abril de 2012

Hemos dudado a la hora de fijar el título de este editorial: podíamos conjugar ambos términos de diversas maneras y todos nos resultaban equívocos. Hemos optado por coordinarlos mediante una simple conjunción copulativa, porque pensamos que, en las fechas que vivimos, educación y crisis se relacionan y, sin embargo, no conviene subordinar una a otra.

Si los aragoneses festejábamos a nuestro patrón San Jorge el pasado lunes 23 de abril, la comunidad internacional eligió dicha fecha, en la que coincide la desaparición de Cervantes, Shakespeare y Garcilaso de la Vega del mundo de los vivos, para celebrar el Día Internacional del Libro, con el fin, entre otros, de fomentar la lectura y, con ella, la cultura. No son conmemoraciones que se opongan. Antes bien, en el contexto de crisis que soportamos, ambas aguzan el ingenio en busca de caminos hacia el futuro.

Las crisis siempre son fenómenos ambivalentes. Los recortes, que la actual acarrea en todos los ámbitos, pueden empujar a los jóvenes que acaban de graduarse hacia la desesperanza: ¿merecía la pena tanto esfuerzo para encontrarse con un mercado laboral prácticamente cerrado? Pero también estamos viendo que a otros les anima a idear salidas imaginativas. Mientras que en tiempos de bonanza ha habido estudiantes que han abandonado las aulas, casi con desprecio, atraídos por el señuelo del dinero fresco e inmediato en trabajos poco cualificados, otros caen ahora en la cuenta de lo importante que es una sólida formación y empiezan a valorar las posibilidades de estudio de que todavía disfrutan.

No sabemos hasta dónde van a llegar los recortes ni cuánto se prolongará la precariedad; podemos optar por la protesta como arma de lucha frente a la presente situación, culpabilizando a terceros; pero, en todo caso, la capacidad de esfuerzo y voluntad, y la calidad de los conocimientos siempre serán elementos indispensables para sobrevivir en la intemperie de las crisis. Y cultivar esas capacidades es algo que compete por derecho propio a la educación, la escuela y la cultura.

20 de abril de 2012

Nos toca celebrar en los próximos días el doble acontecimiento anual que concilia en una misma fecha una fiesta lúdica y cultural, como la del día del libro, y otra más institucional y política: la de nuestro patrono, San Jorge, y por tanto la fiesta de nuestra comunidad aragonesa. Este año todo viene severamente enmarcado por una crisis profunda que tiene a la mitad de los ciudadanos desconcertados y a la otra tiritando a base de recortes sociales, incrementos impositivos y siempre en prevengan, escuchando el mismo mantra monótono: «No se asusten que lo peor está por venir». Es pronto todavía para poder evaluar la eficacia de la terapia económica y social de choque que se nos está aplicando sin ninguna clase de anestesia. Por lo tanto habrá que esperar, confiar y ver, llegado el momento. Pero lo que sí puede constatarse desde ahora es una cierta percepción entre los ciudadanos de que los únicos que –hasta ahora– han quedado como una casta de intocables son los políticos y su infinidad de prebendas.

Eso ha movido a muchos ciudadanos a una clara desafección hacia la clase política que hubiera hecho necesario empezar a recortar por donde los excesos parecían más clamorosos. Los trabajadores, los funcionarios, los pensionistas, etc., tendrían que haber pasado a un segundo escalón y empezar por quienes han rodeado la legitimidad de un cargo político de oropeles innecesarios. Coches oficiales, restaurantes caros, asesores, gastos sin justificar y toda la parafernalia de lujo y derroche innecesario que acompañan al poder, tienen sus días contados. La ciudadanía – y esto es un claro síntoma de cultura democrática– pide cada día más explicaciones y no está dispuesta a aceptarlo todo. La austeridad debe ser para todos y no sólo para los de siempre.

Y junto a una obligada reconversión del poder hacía la austeridad y la contención más absoluta, hará falta revisar, uno por uno, todos los organismos, entes, instituciones, fundaciones, mesas, patronatos, gerencias, etc. y sus competencias, para evitar duplicidades y hasta quintuciplidades. Los cambios vertiginosos que se están produciendo en la sociedad obligan a los poderes públicos a adaptarse a ellos.

No puede ser que, como hasta ahora, la sociedad civil vaya siempre por delante a la hora de los sacrificios. Y ellos como si no pasara nada.

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