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Opinión Ahora y siempre

17 de febrero de 2012

 

La Iglesia diocesana os vuelve a ofrecer unos folletos para reflexionar y orar durante la Cuaresma, que comenzará el próximo miércoles. He comprobado que estos cuadernillos hacen mucho bien, sobre todo cuando se comparten en grupo, como ocurre, gracias a Dios, en muchas de nuestras Parroquias. Y también sirven para la oración personal de cada uno durante este tiempo de gracia.

Este año invitan a fijar la mirada del corazón en un tema tan actual y doloroso como la crisis que soportamos. Hay muchas personas y familias enteras que están viviendo situaciones críticas y profundamente dolorosas; «una crisis que a todos nos tiene preocupados, porque nos ha descabalgado de la vida próspera y cómoda que disfrutábamos», como se dice en el primero de esos folletos.

En la primera semana de Cuaresma se nos recuerdan algunas situaciones críticas, que vivió el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, así como la crisis final, anunciada por Jesús y que los evangelistas presentan con la lucidez y perseverancia que Jesús propone.

«Cuando las crisis arrecian no valen los consuelos baratos. Por eso, en esta Cuaresma, queremos buscar algo de luz y de esperanza donde los cristianos hemos encontrado siempre la paz y el ánimo para luchar: en la Palabra de Dios».

No podemos ver la crisis desde la barrera. Hemos de reconocer la responsabilidad que tenemos, en la medida en que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, ignorando las carencias de millones de hermanos. La semana pasada nos lo recordaba Manos Unidas en la Campaña contra el hambre, haciéndonos tomar conciencia de los millones de personas que mueren por enfermedades que entre nosotros no revisten la gravedad que tienen para ellos, por culpa de sus precarias condiciones de vida.

Tenemos la tentación de pensar que la solución está en las políticas financieras y laborales que se pongan en marcha, sin que tengamos que modificar nuestra forma de vivir. Pero hace falta un cambio en profundidad. «Pensamos que los responsable son otros con mucho más poder e influencia y que son los que mueven los hilos. Pero esta no es toda la verdad, porque la sociedad, en cada época de la historia, es el resultado de la acción de algunos, de la omisión de otros y de la acomodación y silencio de muchos».

Ante esta situación son clarificadoras las palabras de Pablo: sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. Las crisis afrontadas con decisión y desde el fondo de nuestro ser, con la confianza puesta en Dios, son ocasiones para crecer. ¿Acaso se puede crecer sin pasar algunas crisis? Los niños y adolescentes tienen que superar crisis de crecimiento para alcanzar la madurez. La crisis que soportamos es una llamada a fiarnos de Dios, a no querer servir al mismo tiempo a Dios y al dinero; es una llamada a sentirnos hermanos puesto que tenemos un mismo padre, nuestro Padre Dios. Esto nos lleva a abandonar la absorbente preocupación de pensar sólo en uno mismo y a aceptar los caminos que Dios nos propone.

Os invito a que recojáis estos folletos en vuestra parroquia y los uséis. Os harán mucho bien.

Con mi afecto y bendición.

+ Alfonso Milián Sorribas

Obispo de Barbastro-Monzón

10 de febrero de 2012

 

A cuantos lleváis adelante la tarea de Manos Unidas, mi admiración y gratitud. Dedicáis tiempo, ilusión, dinero y no pocos esfuerzos para que tomemos conciencia, en la Iglesia y en la sociedad, del sufrimiento de tantos hombres y mujeres, y en especial los niños, que pasan hambre y carecen de los bienes más indispensables.

Hace cincuenta y tres años, las Mujeres de Acción Católica lanzaron una llamada de atención sobre el hambre en el mundo. Con el ímpetu de su «genio femenino», hicieron público un Manifiesto en el que unían su instinto maternal y femenino con la urgencia del amor de Dios hacia los que sufren. E iniciaron la Campaña contra el hambre en el mundo, que luego se llamaría Manos Unidas. No podían permanecer tranquilas viendo el sufrimiento de quienes viven y mueren sin la dignidad que Dios quiere que tenga cada uno de sus hijos.

Desde el primer momento se propusieron luchar contra el hambre de pan, el hambre de cultura y el hambre de Dios. Con la confianza de que un grano no hace granero, pero ayuda a su compañero, Manos Unidas ha logrado realizar 25.000 proyectos de desarrollo en más de 70 países situados en la geografía del hambre.

Vosotras, las mujeres que constituís la Delegación de nuestra Diócesis, sois las herederas de aquel tesón y entusiasmo que ha llegado hasta nosotros. Este año nos proponéis uno de los objetivos del milenio: La salud derecho de todos, concretado en combatir el VIH/Sida, la malaria, el paludismo y otras enfermedades. Está gráficamente expresado en el cartel de la Campaña por medio de un fonendoscopio que ausculta el corazón de la tierra en que vivimos, con la intención de proteger la salud de los más vulnerables. Queréis que consigan unas condiciones de vida dignas frente a las enfermedades que se ceban con especial virulencia entre los más pobres de la tierra, por carecer de los elementales recursos higiénicos y sanitarios que para nosotros son habituales.

No podemos permanecer indiferentes. Muchos de estos hermanos están abiertos a Dios y tienen una gran confianza en Él. De esta confianza nace su capacidad de compartir, de aceptar y también de luchar por la justicia. La fe es una fuerza que hay que potenciar en ellos para que se impliquen con decisión en la solución de los males que padecen.

Pero es indispensable nuestra ayuda y una nueva actitud de los países del Primer Mundo ante la situación sanitaria de los países menos desarrollados. Hay que erradicar las causas por las que enferman y mueren tantas personas. El amor y la solidaridad no nos permiten ser indiferentes; debemos denunciar las actuaciones interesadas y egoístas, implicar a las autoridades y unir nuestra colaboración con la de todos los hombres y mujeres de buena voluntad para encontrar solución a la acuciante problemática sanitaria del Tercer Mundo.

Animo a todos a ser generosos para conseguir financiar el proyecto elegido, y a colaborar con Manos Unidas para conseguir que la salud sea efectivamente un derecho de todos. Ya sé que estamos en tiempos de crisis, pero el amor y la solidaridad hacen milagros. Gracias.

Con mi afecto y bendición.

+ Alfonso Milián Sorribas

Obispo de Barbastro-Monzón

3 de febrero de 2012

 

Comienzo esta carta, que leeréis el día 5 de febrero, con el recuerdo de vosotras, las mujeres de esta tierra, que en esta fecha festejáis a Santa Águeda. Muchas participáis en la Eucaristía para pedir la intercesión de la Santa y yo os animo también a imitarla: Águeda significa “buena” y ella lo fue, además de constituir un modelo de fortaleza en el martirio. Sufrió un cruel martirio por no ceder a los deseos del tirano, pero en todo momento mantuvo firme su fe en Dios, hasta el punto de darle gracias en medio del tormento: «gracias te doy, Señor, Dios mío». Para ella Dios fue lo único importante. ¡Qué ejemplo para nosotros!

El próximo sábado, 11 de febrero, será la fiesta de la Virgen de Lourdes y celebraremos la Jornada Mundial del Enfermo. Los que hemos participado en la procesión de las antorchas, con los enfermos en Lourdes, hemos vivido un acontecimiento impresionante. Hemos compartido el sufrimiento y la esperanza de los enfermos y de sus familiares, así como la generosidad de los muchos voluntarios de la Hospitalidad de Nª Sª de Lourdes, que dedican su tiempo libre para ayudar con cariño a los enfermos.

Esta Jornada nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre el misterio del sufrimiento y, sobre todo, para sensibilizar más a nuestras comunidades y a la sociedad sobre la existencia de hermanos enfermos entre nosotros. Si cada ser humano es nuestro hermano, con mayor razón, el débil, el que sufre y el que está necesitado de cuidados. Que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado.

Nos decía el papa Benedicto XVI: «La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana». Palabras fuertes que hacen pensar y que no nos dejan indiferentes.

El sufrimiento está lleno de misterio y es difícil de aceptar y soportar. Los discípulos de Emaús caminaban tristes por los acontecimientos sucedidos aquellos días en Jerusalén, pero cuando el Resucitado recorrió el camino con ellos, vieron las cosas de un modo nuevo. También al apóstol Tomás le costaba creer, pero cuando Cristo le mostró sus llagas, respondió con una conmovedora profesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!» El fracaso tan rotundo de Jesús fue para ellos un obstáculo insuperable, pero se convirtió en prueba de un amor victorioso al encontrarse con el Resucitado. «Sólo un Dios que nos ama hasta tomar sobre sí nuestras heridas y nuestro dolor, es digno de fe».

Jesucristo aceptó el mayor dolor al morir crucificado y tratado como un malhechor. Así se solidarizó con el dolor humano hasta el extremo, a fin de que podamos sentirnos acompañados en nuestros momentos más duros. Él camina junto a nosotros. La cruz es la expresión más alta y más intensa de su amor y la fuente de la que brota la vida eterna.

Queridos enfermos, contemplad a Jesús en la cruz. De Él recibiréis la fuerza que necesitáis. Con mi afecto y bendición.

+ Alfonso Milián Sorribas

Obispo de Barbastro-Monzón

27 de enero de 2012

 

El próximo jueves, 2 de febrero, será la fiesta de la Presentación del Señor, popularmente conocida como de la Candelera, por las candelas que se bendicen y encienden durante la celebración. En muchas parroquias, los padres presentan al Señor los niños recién bautizados, con una emoción parecida a la que embargaría el corazón de María y José. ¡Hay pocas cosas más hermosas que un niño en brazos de sus padres! Es una imagen que expresa ternura, emoción, gratitud, compromiso, alegría, futuro…, sentimientos imposibles de describir.

Los padres podéis imaginar cuáles fueron, en aquella ocasión, los sentimientos de María y José. Para ellos, aquel rito con el que cumplían la ley de Moisés ?todo primogénito varón será consagrado al Señor? se convirtió en el primer encuentro del Mesías con el pueblo creyente de Israel que esperaba la liberación. El anciano Simeón tomó al niño en brazos, bendijo a Dios y lo señaló como luz para alumbrar las naciones y gloria del pueblo de Israel.

Es interesante observar de cerca esta entrada del niño Jesús en el templo. Entre el bullicio de la gente, ocupada en sus asuntos, nadie se entera de lo que está pasando. Jesús parece un niño como cualquier otro y aquellos sacerdotes del templo de Jerusalén son incapaces de descubrir su verdadera personalidad. Pero hay dos ancianos, Simeón y Ana, que esperaban la promesa del Señor. Ellos caen en la cuenta de quién es el que tienen ante sus ojos. Guiados por el Espíritu Santo, descubren que en este niño se cumple su larga espera. Ambos ven en él la luz de Dios, que viene para iluminar al mundo.

La Presentación de Jesús en el templo es un icono elocuente de la entrega total de la propia vida. Los hombres y mujeres, que han sido llamados a reproducir, mediante la vivencia gozosa de los consejos evangélicos, «los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente» para el bien de la Iglesia y del mundo, tienen aquí un profundo motivo de contemplación. Y, con ellos, todo el pueblo cristiano. Por esto, el beato Juan Pablo II eligió esta fiesta para vivir la Jornada de la Vida Consagrada.

Vosotros, queridos religiosos, religiosas y consagrados, sois transparencia de esa luz que emana de Jesucristo. Por la profesión de los consejos evangélicos habéis sido llamados a ser signo y profecía para la comunidad de hermanos en la fe y para el mundo entero. A vosotros se os ha concedido manifestar la primacía de Dios, la pasión por el Evangelio practicado como forma de vida y anunciado a los pobres y a los últimos de la tierra. En esta primacía, no se puede anteponer nada al amor personal por Cristo y por los pobres en los que él vive. La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con él, de la escucha atenta de su Palabra en las diversas circunstancias de la historia.

Valoro cada uno de los carismas de vuestras respectivas Congregaciones y agradezco de corazón vuestra generosa entrega a la tarea evangelizadora de esta Iglesia diocesana.

Con mi afecto y bendición.

+ Alfonso Milián Sorribas

Obispo de Barbastro-Monzón

20 de enero de 2012

Un numeroso grupo de niños de las tres parroquias de Barbastro se reunieron el 21 de diciembre en la capilla de la Casa Amparo para prepararse al nacimiento de Jesús. Después de celebrar la Eucaristía y besar al Niño, se fueron a felicitar la Navidad a los mayores que están en las residencias de ancianos.

Iban muy contentos y volvieron más contentos todavía. Se habían convertido en sembradores de estrellas. Ponían una estrella en la solapa de los ancianos y de la gente que encontraban por la calle deseándoles una feliz Navidad. Con este gesto habían comenzado su preparación para la Jornada de la Infancia Misionera, que celebramos en este domingo. Los niños, sembradores de estrellas, de esperanza, de alegría y de paz.

La Infancia Misionera es una iniciativa de la Iglesia para promover la ayuda recíproca entre los niños del mundo. Miles de niños de los cinco continentes participan en esta Obra Pontificia, cuyo lema es «los niños ayudan a los niños».

Este año se dedica a los niños de América latina con el lema: «Con los niños de América… hablamos de Jesús». Antes lo hicieron con Asia, África y Oceanía. Éste es un continente más cercano para los niños españoles. Son muchos los niños latinoamericanos que, por efecto de la emigración, se encuentran en nuestro país. Viven junto con los niños españoles en la escuela, juegan juntos, participan en la Eucaristía y en la catequesis.

En los años anteriores han vivido la triple experiencia de buscar, encontrar y seguir a Jesús. En la campaña de este año corresponde hablar de Jesús. Es lo que hicieron los discípulos que convivieron con Él; contaron lo que habían visto y oído. Es la razón por la que un misionero sale de su tierra: para decir a otros lo que le ha pasado con Jesús. El niño de la Infancia Misionera es misionero, porque cuenta a otros su amistad con Jesús.

Son muchos los niños que en América Latina y el Caribe padecen desnutrición, no tienen acceso al agua potable y un gran porcentaje sufren violencia, abusos y abandono de la familia. Esta dura realidad afecta, en esos países, a unos cuarenta millones de niños menores de quince años. El año pasado la colecta de los niños españoles ascendió a cerca de dos millones de euros, que se destinaron a financiar 2.843 proyectos de crecimiento en todo el mundo. ¿Lograremos superarnos este año?

Os recuerdo también que estamos celebrando el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, que terminará el próximo día 25, memoria de la conversión de San Pablo. A todos nos preocupa la división que existe entre los cristianos.

También preocupó a Jesús, hasta el punto de que la súplica por la unidad ocupó un lugar destacado en su oración: «Que todos sean uno, Padre, como tú estás en mi y yo en ti para que el mundo crea que tú me has enviado».

Unamos, pues, nuestra oración a todos los cristianos que en estos días rezan con mayor intensidad por la unidad.

Con mi afecto y bendición.

+ Alfonso Milián Sorribas

Obispo de Barbastro- Monzón

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